ANTIHÉROES. Cap VI: La cuenta atrás de un cargador.

– Tome, aquí tiene una toalla limpia y un pijama mío, supongo que le valdrá. Ahí tiene champú y gel. Si necesita algo más sólo tiene que pedírmelo. Ah, también le dejo una cuchilla nueva y espuma por si se quiere afeitar. ¿Quiere algo más?

– Bueno lo primero es que creo que deberíamos empezar a tutearnos, no puedo hacer menos que regalarte mi apodo después de todo esto. Y lo segundo, ¿tendrías una radio? Es que siempre fui aficionado a los programas nocturnos pero hace más de tres meses que se me rompió mi mini-cadena. Y es algo que hecho de menos.

– Claro que sí, ahora mismo te traigo la mía. En el 103.96 dan un programa muy bueno sobre literatura.

– Gracias, será perfecto.

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Mientras que el vapor se condensa en el espejo y las ondas radiofónicas comienzan a rebotar en las paredes del baño, con esa sonoridad especial que sólo es posible encontrar en la soledad de la bañera, el comisario Garcés llega a otra escena del crimen, preguntándose por qué los avisos no pueden llegar antes de que se haya servido una buena copa de whisky y haya abierto el Marca.

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– Hola comisario.

– Al grano, que no he venido en pantuflas porque me las regaló mi mujer y son horribles como ella.

– En esta ocasión el asesinado es un niño de unos ocho años.

– Joder, esos hijos de puta no tienen ningún límite… Y qué le han hecho al chaval…

– A simple vista al menos parece que no sufrió demasiado, lo mataron antes de coserle dos botones en los ojos así como una X con hilo en la boca. Hemos encontrado otra tarjeta entre las manos del niño. Todo indica que estas costuras se realizaron post morten.

– Vaya, eso es lo que siempre le han dicho los padres a los hijos: “haz lo que yo te diga y punto en boca”. Lo siento, supongo que eso es fuerte hasta para mí. Juro que se me remueven las tripas con todo esto. ¿Qué ponía en la tarjeta?

– “Os transformaremos en muñecos de trapo.” Parece como si matando a un niño demostrasen que no tienen ningún tipo de reparo en lo que respecta a lanzar su mensaje al público. Los de arriba están pensando en filtrar esta información a la prensa antes de que algún curioso dé su propia versión, así podríamos darle la forma que queramos desacreditando a los asesinos y la gente no temería a estos terroristas, por llamarlos de alguna manera.

– De eso nada, con ello estaríamos dándole el protagonismo que buscan. ¿No se dan cuenta de que así lo único que hacemos es confirmarles su éxito? Dame el teléfo…

– No hace falta Garcés. Ya estoy yo aquí.

– Vaya Ferrán, ya me sentía raro sin ti, era como un frío extraño.

– ¿Sí?

– Sí, es que el calor de tus manos tocándome los huevos es demasiado placentero. ¿A qué coño has venido?

– Je, tan soez como siempre. Pues vengo a sustituirte amigo. Arriba están algo escamados contigo, creo que tiene algo que ver con un informe de Asuntos Internos. Más vale que vayas corriendo para que los azotes no sean demasiado fuertes.

– ¿Qué? Pero… Este caso es mío, tengo algunos sospechosos y conozco todos los datos de primera mano. ¿Cómo me van a retirar ahora del caso?

– Yo cumplo órdenes. Martínez lléveme a la escena del crimen por favor. Aunque supongo que no estará muy acostumbrado a que le pidan las cosas con educación, pero créame todo es más sencillo así, que con gritos y blasfemias.

– Ahora mismo comisario.

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Antes de hacer que la escena del crimen cuente con más cuerpos inertes Garcés se monta en su Seat Toledo, enciende la radio en busca de algún programa al estilo de El larguero y aprieta las manos contra el volante hasta ponerlas blancas. No sabe qué querrán esos asquerosos de asuntos internos, siempre tocando las narices. Lo mejor que puede hacer es meterse una raya y disfrutar de las estrechas caderas de Lola.

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– Hola Ramiro, invítame a un poquito de polvo. Y sin gilipolleces que tengo un humor de perros.

– Bueno eso no es novedad.

– Venga anda, por favor.

– Pues no tengo nada que ofrecerte.

– Ya claro, pero si aquí cuando limpiáis el polvo lo guardáis en bolsas. Venga no me toques la moral.

– Es que ya se te ha acabado el negocio gilipollas. Sé que los de asuntos internos te han cazado y que estás con pie y medio fuera de la comisaría. Así que ya no te tengo que comer el culo más.

– ¡Pero serás cabrón! Con todos los favores que te he hecho, todo los documentos que he destruido para ti. Pues antes de que me echen lo destaparé todo. Te vas a cagar maldito camello de tres al cuarto.

– ¿En serio Garcés? No haces caso de tus propias ideas. Always the money… ¿Crees que eres el único madero que se deja untar? Haz el favor de levantarte y cerrar al salir.

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Se coloca la larga gabardina sobre los hombros, que por alguna extraña razón le pesa más de costumbre y emprende el camino por el pasillo esquivando jeringuillas y colgados mientras que de fondo suena la carcajada penetrante de Ramiro.

Aminora el paso, poco a poco algo se va formando en su cabeza, su mano se va tensando y acercándose al cinturón. Una, dos, tres, hasta cuatro 9mm Parabellum salen de su Beretta 92 y todas impactan en el pecho sudado del narco, aún quedan seis en el cargador: tres son para un par de secuaces que intentan sacar sus armas, otras dos son para el gorila de la entrada y la última que quedaba se aloja en la delicada cabeza de esa pequeña princesa con más cristal que oxígeno en los pulmones. Garcés corre hasta su coche, con la imagen de la única mujer que en alguna ocasión le dio el cariño mejor fingido de todos, ahora sangrando por un sitio distinto a la nariz.

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