Cerdos y huchas.

Alberto le contó aquella noche el cuento de Los Tres Cerditos a Julia justo antes de acostarse. Él se metió en su cama aún con el libro lleno de colores cogido por una mano. Aún le parecía mágico ese momento del día y pensaba inocentemente que aquello iba a suceder siempre. Y no tenía motivos para pensar que esto no fuera a ser así.

Julia lo miraba embobada, reconfortada ante tanta seguridad en sí mismo. Él lo podía todo. Lo conseguía todo. Se hizo la dormida para que Alberto le hiciera cosquillas y la “despertara”, propiciando unos minutos de juego antes de calmarse y ver el cuento. Ella no tenía cosquillas, claro que no. Lo fingía para esto. Siempre lo decía y nunca era verdad.

Alberto comenzó a leer el cuento, extrañamente emocionado aquel día, señalando en los dibujos del libro cualquier referencia que hiciera el texto, leyendo pausadamente las palabras más largas que Julia repetía tras él absorta y cansada.

Dos páginas más y ella caería rendida. Aún los cerditos vagos estaban disfrutando en la charca mientras el cerdito responsable seguía haciendo su casa de ladrillos. “¡Despierta, despierta! El cuento no ha acabado, aún queda lo mejor”, dijo Alberto mientras aullaba como el lobo con sombrero y tirantes. Julia abrió los ojos feliz e intentando aguantar despierta mientras le terminaba de leer el cuento.

El malo del cuento consiguió derribar la cabaña de paja. Los dos comenzaron a soplar con todas sus fuerzas imitando al lobo feroz. Siguieron en el dibujo el recorrido que hacía el cerdito pequeño hasta la casa de madera. Volvieron a soplar junto al depredador y derribaron la cabaña de madera. Por más que soplaron sabían ya que no se caería la casa de cemento.

Julia no dejó que el lobo intentara subir por la escalera para caer finalmente en la caldera. Cerró el libro de golpe y acostó a su hijo. Era un simple cuento que Alberto le había leído. Costumbre que habían tomado desde que habían vuelto a casa de sus padres. La casa de cemento. La que un lobo ya había intentado asaltar por un maldito aval de su piso, no ya de madera, sino de paja. Un lobo con el que no quería volver a toparse pero que sabe que volverá y que la próxima vez no les serán suficientes las cacerolas.

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