Buena Vista Social Club.

 

Esta es la historia de un músico de son que vivió la Revolución Cubana. Pocas veces dejó sola su guitarra y cuando lo hizo, fue una para hacer un corte de manga en honor de Fulgencio Batista, cuya cara vio en un papelón de esos que servían para la propaganda y otra para fumar un habano en el ocaso del 2 de mayo de 1962, en el cuatro de la calle Concordia, acompañado de su amigo Compay que desde pequeño tocaba los bongós.

Lo apuró rigurosamente, se llenó de calor húmedo los pulmones y de amargura aterciopelada la lengua. Mantuvo un segundo la esencia en su interior, y con un cañón de humo que lanzó con los labios ligeramente contraídos, reflexionó. Los días eran más claros desde que Cuba era libre. O al menos el sol lucía más intenso en las mañanas que salía del club, después de noches de concierto y luces tenues abigarradas todas en las cuatro esquinas del Buena Vista Social Club. Ya le decía la Negra Tomasa, “disfruta guajiro, que las noches del Buena Vista recién se acaban”.

Y es que el nuevo gobierno, ese que decían del pueblo, no tenía mucha simpatía por los clubes sociales, ya que eran los vientres donde se gestaba la Cuba hedonista, la de casino y traje blanco. La nueva Cuba había de tener las manos manchadas de dignidad, y los músicos tendrían que cantar a la libertad de todos, esa libertad que tanto cuesta entender. Porque la libertad nocturna, la del juego, la de las caderas de las señoritas que se mueven al tanteo de las trompetas no la había conquistado el pueblo.

Y por supuesto la libertad de discriminar a los negros y la de hacer dinero del vicio se habían convertido en delito. Los clubes sociales tanto de blancos como de negros eran ahora comunas donde ahogar el tiempo al ritmo de la Nueva Trova, porque el son ya no era del agrado de las autoridades, por ser un canto a la tradición y a la adormecida isla, que era tiempo atrás el burdel de los Yankees.

Pero también pensó que quizá yo no llevaba su bombín a todas horas, y que por eso los días perecían más claros y largos. Ya podía caminar erguido entre los hijos de la Cuba blanca, de esa que en un tiempo atrás no sufrió la esclavitud. Porque así era, aunque muchos se negaran. Los hijos de los esclavos habían estado siempre un tanto apartados. Sus clubes sociales eran más pequeños y sus instrumentos tenían que compartírselos, sin miedo a suciedades y menos escrúpulos. Porque ya no había hijos de padre, ahora solo había hijos de la patria.

“Ay, si yo te cantara las noches del Buena Vista… Los estribillos eran largos, las señoritas bellas y los compases cortos. El bamboleo del tiempo nos acompañaba, y solícitos los viernes eran lo mismo que los lunes. Nosotros éramos el alma de aquella Cuba inesperada, y las trompetas nos decían al alba que las dejáramos dormir, que el son era muy duro para ellas.” Así empezó Compay un silencio que fue apagado por un “¡Viva Cuba!” que salió de un balcón. Pasaron tres coches y dos perros, ya se hacía de noche.

¿Qué vamos a hacer ahora que el Buena Vista cerró?

Vivir libres, trabajar dignos y dar clases de música a los niños. Quizá alguno se interese en secreto por el son.

A mí me gustaba el tiempo del Buena Vista.

Éramos monos de feria, Compay.

Yo quiero ser mono de feria.

Viviremos libres, trabajaremos dignos y daremos clases de música a los niños.

 

PD:Graffiti-in-Cuba

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