Frío matinal (II): Inmortal

Y bien, así lo hizo. A la mañana siguiente tomó todas sus pinturas , el caballete y el lienzo, y a las 07:15 bajó a la calle. Se puso detrás de ella con todo el descaro del mundo, a retratar la escena mágica. Sabía que ella no se giraría, que no se iría, que no reaccionaría ante su presencia. Empezó por el cielo. Se propuso terminar el retrato al completo ese mismo día, aunque las prisas causaran estragos en el resultado, pero no podía correr el riesgo a que ella no apareciera al día siguiente, cosa que dudaba. Mientras, ésta permanecía inmutable. El artista se notaba diferente, demasiado innovador. Había empezado a usar colores variados, vistosos y vitales, algo que nunca antes había hecho. Sus obras hasta entonces sólo eran un amasijo abstracto de colores que no derivaban más allá del blanco al negro, excepto algunos toques de azul o verde oscuro. Tenía algunas otras pinturas realistas, de paisajes invernales inventados, así como retratos de figuras del ámbito musical como Morrissey o Robert Smith. El tiempo pasaba, ella se acurrucaba en su abrigo, se quitaba el pelo de la cara, suspiraba, pero no giraba la cabeza en ningún momento. Pensó que quizá se trataba de alguien que detestaba su condición de humana, a pesar de gozar de una perfección envidiosa, y tan solo quería vivir en el mar, sin nadie más. Rechazando de ese modo todo lo referente al mundo humano y sus máscaras. «Ella es pura, y por eso no encaja entre nosotros», pensaba mientras trazaba su pelo con pintura negra y ligeros trazos para simular el trato del viento.

Pasaba el tiempo, ninguno de los días anteriores había pasado tanto rato en la escena. Se paró a pensarlo, en algún momento ella se tendría que ir de allí, y eso nunca lo había visto antes. Ya eran las 09:53, y aún le quedaba gran parte de la que sería su «obra maestra», a pesar de los detalles que se saltarían las prisas y el desenfreno por inmortalizar algo único. En realidad él nunca había pintado nada al detalle, sino que era de esos que con una serie de ligeras pinceladas difusas, acababas encontrando un paisaje de arboles secos en la ribera de un río imaginario. Esto no era tarea difícil, entonces.

A eso de las 10:45, ya había una mayor circulación de gente por el paseo marítimo, pero pocos pasaban entre la pintura y la escena. Pasó un tiempo desde que el artista se percató de la presencia de un señor de unos cincuenta y tantos años a su lado. Tenía un aspecto humilde, sin llegar a considerarse desaliñado, aunque no extrañaría verlo sentado en el suelo entre cartones. Tenía una barba grisácea y una gorra negra de pescador. Miraba el lienzo del artista desde atrás de su hombro, con una sonrisa moderada, admirando su arte desde sus adentros. El artista lo miró en un par de ocasiones, pero no mediaron palabra. Aunque agradecía su apreciación, la presencia de aquel hombre lo incomodaba un poco a la hora de seguir pintando. Se preguntaba el por qué de mirar al lienzo, teniendo la escena real frente a sus propios ojos. «No creo que las demás personas entiendan la esencia de esta imagen, será algo muy personal, supongo», pensaba. Ya le quedaban los últimos retoques. Cada vez que alejaba la cabeza para ver el conjunto final, sentía la verdadera grandeza que tenía ante sus ojos. Advirtió la magia que escondía la fusión entre el mar y la mujer como algo inexplicable.

 

Se sentía realizado. Había creado algo más que arte. Quizá nadie lo apreciaría como él, pero aquella mujer de espaldas, apoyada en la barandilla, observando el mar en la lejanía una mañana de invierno cualquiera, era lo más hipnotizante que había visto nunca. Quedó maravillado por el resultado, sin levantar la mirada del lienzo durante unos instantes. El hombre de la barba y el gorro de pesca comenzó a aplaudir lentamente.

-Admiro profundamente su técnica, amigo. Es usted realmente un artista. En cuanto a ella, no importa que la pintaras de espaldas, pues no me cabe la menor duda de que es la mujer más hermosa que jamás haya existido en la mente humana.

En efecto, levantó la mirada por encima del lienzo, y ella no estaba. Nunca había estado. Ni volvería a estar.

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