Musicales y sombras

Había empezado a odiar su trabajo. Subirse a un escenario nunca había sido un engorro, todo lo contrario, disfrutaba actuando. Pero aquella obra era distinta. La obra en sí no estaba mal, tenía presupuesto y le había dado estabilidad económica. La buena crítica y la acogida del público le iban a permitir estar otra temporada más en cartel. Pero él no aguantaba más. No era la presión, estaba orgulloso de haber sido escogido como el protagonista. No eran sus compañeros, ni el director, ni el teatro… Era la música. La realidad teatral sufría un empujón cada vez que el guión exigía que los actores danzaran y cantaran su historia. Después volvía a su sitio cuando la canción terminaba y los diálogos no estaban artificialmente musicalizados. Él sabía cantar. Había aprendido también a tocar la trompeta aunque en aquella obra no le era necesario. No podía ser injusto con la música, nos despierta una sintonía de radio, los auriculares nos salvan de camino al trabajo. No era ella, era su uso en el espectáculo.

En cada actuación, en cada ensayo, se preguntaba por qué se habrían puesto de moda los musicales, qué necesidad habría de hacer una ficción tan disparatada, donde todo el mundo canta, tiene una voz preciosa y la música suena en la calle sin que se sepa de dónde viene.

Así que decidió que los musicales fueran la realidad. Se empeñó en que toda palabra que saliera de su boca sería parte de una canción. La gente enseguida cambió su actitud hacia él. A los dos días se cansaron de la broma. Decían que estaba loco, pero ellos seguían representando su absurdo musical. Sólo hablaba cuando lo exigía el guión. La obra seguía teniendo éxito, aunque se extendió el rumor de que la relación entre el protagonista y el director era insostenible. Uno exigía hacer lo que le viniese en gana mientras el otro le pedía profesionalidad también fuera de la función.

Un día cantó también las partes habladas de la obra. Él se negaba a que lo sustituyeran a mitad de la obra, el público ni siquiera se había dado cuenta. Tras la canción final, una mancha roja en su camisa sucedió a una pequeña explosión sorda. Las cortinas se corrieron rápidamente.

 

Tras unos minutos de aplausos, el elenco al completo volvió a verse en el escenario. Él había sido despedido. Había vuelto a la realidad, donde no hay música de fondo sino un ruido permanente. Borró de su currículum que sabía cantar.

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