Por un ramo de flores

Se bajó del tren y al salir de la estación todo el paisaje no era más que una imagen en blanco. Cerró los ojos extrañada, pues esperaba ver la bella ciudad que le habían prometido. Una leve brisa agitó su vista y su pelo durante un instante. Unos pocos colores se aparecieron, reflejando que bajo aquel manto blanco había edificios, bancos y coches. Sin embargo todo volvió a su estado original, como si simplemente hubieras sacudido una sábana. Sacó su teléfono móvil y llamó a su novio, extrañándose de que no hubiera llegado a la estación para recogerla, solía ser puntual. Caminó por donde esperaba que hubiera una acera, pisando aquella extraña materia blanca, compactándola, marcando de esta manera dónde estaba el suelo. Su novio no cogía el teléfono, estaría conduciendo, supuso. Volvió la vista atrás y se sobresaltó al no ver la estación. Dio media vuelta, no quería perderse en aquella nada absoluta. Anduvo varias decenas de metros, la puerta de la estación había desaparecido, al parecer nadie había salido de allí, o todos se habían vuelto de ese color que la estaba empezando a poner nerviosa.

Miró al cielo. Éste brillaba azul, sin una nube y con un sol que calentaba los motores de la primavera. La frontera entre el cielo y los edificios más altos era algo así como la imagen de una sierra con montañas nevadas construidas por el hombre. Pero allí en tierra firme era imposible orientarse. Se sentó en el suelo, reticente a tocar con las manos aquella alfombra blanca y al fin y al cabo siniestra. Volvió a llamar a su chico, no podía creer aquella extraña escena y que hubiera viajado a aquella ciudad fantasmagórica para que éste pasara de ella. Descubrió que había una pared tras una fina capa lechosa. Apoyó su espalda sobre ella y sin querer fue cerrando poco a poco los ojos, apenas le preocupaba que estuviera en la calle o que tuviera su maleta al alcance de cualquiera, por aquel lugar no pasaba ni un alma.

Al despertar se frotó los ojos varias veces. El panorama seguía ofreciendo la misma visión, a excepción de unas nubes grises que habían añadido un nuevo color a aquel espectáculo y corrían a través del cielo para tapar a un sol que huía hacia arriba camino del mediodía. Su novio no la había llamado, su maleta seguía allí y sus ojos brillantes amenazaban con dejar correr las lágrimas como las nubes lo hacían con sus gotas de lluvia. La maleta de un rojo encendido había sido cubierta por esa especie de telaraña y ya no hacía juego con el color de sus labios. Hasta entonces no se había dado cuenta de que si no se movía ella misma también sería enterrada, y las piernas ya estaban parcialmente cubiertas de aquella cosa extraña.

Unas coordenadas en un mensaje de texto, el idiota de su novio se había olvidado de recogerla y encima le decía que fuera a su piso sin conocer la ciudad, menudo galán. O gañán. Para colmo ni siquiera le decía la calle sino unas coordenadas, como si del lanzamiento de un misil se tratara. Seguía sin responderle al teléfono, así que comenzó a andar en aquella supuesta dirección siguiendo las indicaciones de un mapa. Quizá no hubiera sido tan mala idea recibir unas coordenadas, en aquella ciudad blanca no había calles con letreros que facilitaran su búsqueda.

Estuvo andando durante varias horas, las cuales se le hicieron eternas debido a la dificultad que sufría para orientarse y a las múltiples veces que chocó con un obstáculo oculto y blanco. El sol apenas estaba a dos dedos de distancia del horizonte y ella se encontraba en un bosque a las afueras de la ciudad. La ausencia de edificios le habían indicado tal circunstancia, a la vez que le habían proporcionado más luz que siguiera reflejando aquel color. Quizá se podría acostumbrar a aquel mundo y llegara a distinguir más tonalidades de blanco que una esquimal que trabajase para Pantone.

Dentro del bosque era distinto. El suelo ofrecía zonas verdes salpicadas de blanco, los troncos eran grises y con cortes trasversales que dejaban a la luz su corazón marrón, pero era ahora el cielo el que le recordaba a una pared recién encalada.

Encontró a su novio tirado e inmóvil en medio de aquellos chopos cuyas semillas habían vuelto blanca a la ciudad en su totalidad. Su cara estaba deforme, su nariz hinchada y los ojos tan rojos como los labios de ella. Se acercó a subcara para escuchar un ya débil estornudo.Había estado recogiendo flores el muy idiota y alérgico. Se lo tenía merecido.

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