MÛNSK

La imaginación es más importante que el conocimiento. Sin imaginación no puede haber progreso, ni esperanza de descubrir lo que se oculta tras el próximo horizonte. (Albert Einstein)

 

Olsen apenas podía abrir los ojos. Sentía que los párpados le pesaban. Apenas podía moverse. Estaba inmovilizado, aplastado contra su asiento. La presión se estaba convirtiendo en dolor. El dolor en lágrimas. Las lágrimas en grito. El grito en silencio.

Los oídos zumbaban frenéticamente, las manos permanecían engarrotadas y el sudor brotaba de cada poro de su piel. Su cuerpo estaba siendo sometido a la prueba más dura de su vida, muy superior a los entrenamientos del centro de preparación.

A duras penas permanecía consciente, a diferencia de algunos de sus compañeros que se habían desmayado. La presión y la temperatura los estaban matando. Debía hacer algo para salvarles, pero apenas podía moverse.

Se desabrochó el cinturón que le amarraba a su asiento e intentó ponerse en pie. Sus piernas no respondieron y cayó de rodillas.

Hizo acopio de fuerzas pensando en todos sus compañeros en situación crítica. Debía conducir sus cuerpos a la cámara de criogenización para intentar mantenerlos con vida hasta que hubieran llegado al otro lado, si es que eso ocurría alguna vez.

Al ver sus intenciones, Neal, aún consciente, siguió sus pasos y le ayudó a cargar los cuerpos hasta sus respectivos tubos criogénicos. La distancia a recorrer era de apenas diez metros, pero el esfuerzo físico requerido en esos momentos superaba el necesario para correr una maratón.

Cuando consiguieron congelar el cuerpo de la Capitana Swan, la última tripulante en situación crítica, decidieron regresar a las butacas de control, dónde sólo tres compañeros permanecían conscientes según los paneles médicos del muro derecho. Ninguno de ellos parecía capaz de moverse y todos respiraban trabajosamente. Una de las que aún aguantaba consciente era la última incorporación: Marlène, la joven mecánica especialista en núcleos de salto.

Con horror, Olsen contempló cómo Neal se desplomaba antes de alcanzar su asiento. Había sucumbido igual que sus compañeros. Olsen no tenía fuerzas para cargar con otro cuerpo pero debía hacerlo.

Cuando dio el primer paso hacia Neal, una voz llegó a sus oídos mezclada entre el horrible zumbido que los inundaba. Una voz que intentó ser un grito pero que acabó siendo un susurro apenas audible. Olsen se giró. Era Marlène, quién con el rostro completamente rojo del esfuerzo y la cara cubierta por una terrible expresión de dolor, señalaba hacia la pantalla principal del control de mando de la nave.

Entre todos los avisos de fallos de la nave que inundaban la pantalla, Olsen supo a cuál de ellos se refería Marlène: el impulsor warp se había desactivado, lo que significaba que habían perdido la hipervelocidad y que, a una más reducida, se verían obligados a sufrir aquellas condiciones infernales durante meses o incluso años. Aunque no durarían tanto, claro, morirían en apenas diez horas si no lograba volver a accionar la velocidad por curvatura.

Sintiendo dejar a Neal inconsciente sobre el suelo, dirigió sus pasos hacia el mando de aceleración. Sólo debía mover aquélla palanca roja hacia delante, pero el camino hasta ella podía costarle la vida.

Incapaz de caminar más, comenzó a arrastrarse. Su cuerpo no respondía pero su mente permanecía fuerte a pesar de todo. Su mente, decidida, estaba convencida de que sería capaz de llegar. Sería capaz de llegar y mover esa maldita palanca. Era la única opción. Salvarles la vida. Salvar la vida de los demás y, quizás, la suya propia.

Imágenes de su pasado en la Tierra inundaron su mente. La recordaba tal y como era antes, en su infancia. Visualizó los verdes árboles de su calle, el rostro de sus padres, sus hermanos, su perro. Recordó el frescor del mar y el murmullo de las olas. Recordó la risa de Anne y el calor de su cuerpo.

Pero también vio la destrucción, el fuego, el oscuro cielo y las aguas negras. Recordó el porqué de la misión: La Tierra estaba muriendo, quemada por la codicia humana. Debían llegar a “Lamp”, el planeta elegido como próxima colonia de su raza. Debían asegurar su estabilidad para  iniciar el exilio. Y para llegar a Lamp había que atravesar el agujero negro de Karmstak, que convertiría un viaje de un siglo en otro de tan sólo varios meses. Un portal intraespacial que nunca se había atravesado. Ellos debían ser los primeros en hacerlo como exploradores. Era una misión arriesgada porque nadie sabía qué pasaría en el interior. Su fracaso condenaría a su especie. No había otra opción. Si no eran capaces de llegar al otro lado, nadie lo conseguiría, y la historia del ser humano quedaría reducida a un breve lapso de tiempo en mitad de la infinidad del universo.

Concentró su pensamiento en la sonrisa de Anne y en el deseo de volver a verla algún día. Gritando se irguió junto a la mesa de control y estirando el brazo derecho colocó sus dedos en torno a la palanca roja. Con un último alarido dio fuerza a su cuerpo y la empujó hacia delante. El aviso de reducción de velocidad desapareció de la pantalla y sintió cómo la nave volvía a acelerarse. Sintió cómo daba el último empujón.

Con la mano aún sobre la palanca su mente se nubló, y su cuerpo se desplomó.

 

 

Una voz se abrió paso entre sus sueños, y lo arrastró de nuevo a la vida. Sentía aún el frío suelo de la nave bajo su cuerpo, pero ya no temblaba. Ya no sentía la presión. No sentía el calor. Aún así, estaba mareado, perdido. Era incapaz de articular palabra o de mover su cuerpo.

–          Despierta Olsen, estás a salvo

Olsen miró a la mujer que le hablaba. Su voz dulce le pareció la más bella del mundo. La miró. Una larga melena rubia rodeaba un rostro pálido y alargado. Unos ojos azules brillaban sobre una nariz recta y sus labios rojos y carnosos dibujaban una suave sonrisa. Era preciosa.

–          Lo habéis conseguido. Habéis llegado – susurró la mujer –, todos lo habéis conseguido.

–          Pero, ¿dónde estamos? – Preguntó Olsen intentando erguirse.

–          Al otro lado del agujero, en la órbita de Mûnsk, planeta que según vuestras cartas de navegación llamabais Lamp…

Olsen reaccionó ante esas palabras. Sus ojos abiertos como platos miraban a la mujer, mientras su boca medio abierta balbuceaba intentando pedir una explicación:

–          Pero, ¿cómo…? – volvía a quedarse sin fuerzas –, ¿cómo…habéis…llegado? – Logró preguntar justo antes de desmayarse.

La mujer lo miró fijamente con cariño y acariciándole el pelo mientras contemplaba como volvía a cerrar los ojos, susurró:

–          Ya estábamos aquí.

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