había que cerrar las luces y encender de una vez por todas las ventanas, saludar a la mañana, mirarse al espejo, acordarse de la contraseña del ordenador, apagar la tele, hacer tres problemas diarios de matemáticas, pasarse la media hora escribiendo, limpiar el polvo, cambiar los muebles de sitio

Soñaba tres veces cada noche. Cuatro a lo sumo, cuando se acostaba borracho. Tenía un sueño verde, otro azul y el último negro, con sus respectivas musas desnudas (valga la redundancia), sus telas de araña y los quinientos veintisiete escalones de una escalera de caracol que acababa en una irremediable caída. Infinita, lenta, sutil… Nadie recordaba aquella caída al día siguiente, pues de lo contrario el sueño no se repetiría con tanta frecuencia. ¿O es que quizá era propio del ser humano caer miles de veces en el mismo sueño, como caía mil veces en la misma piedra?

Del tiempo no se hablaba en aquellos sueños. De la luz tampoco, en aquellos sueños el color era en sí mismo una realidad superior que no atendía a física alguna, porque la luz es la muerte de los sueños, como los sueños son catacumbas de luz, agujeros negros que no provienen de supernova alguna.

En los sueños tampoco había libertad de expresión. Él intentaba huir de los sueños porque le afectaban en exceso las lágrimas que lloraba, sobre todo en el sueño verde. En él, un pasillo atestado de flores que se iban deshojando solas y solitarias, porque no hay nada más solitario que el pétalo de una flor que cae por su propio peso. Entonces, y sintiendo pena de las flores, comenzaba a llorar. Ojalá pudiera ayudar a las flores.

Él sabía que tales términos eran irreales, pero el sueño era el sueño y si alguna vez te atrevías a modificarlo, te expulsaba. Te arrojaba a una disidencia imposible y sin término, en la que la huelga de hambre era irreductible, en la que buscar alimentos en bombos de basura clásicos y repletos de los sueños sobrantes de otros, era necesario para sobrevivir. Porque en un mundo repleto de sueños, vivir en los sueños de otros es casi una exigencia. Los expertos calculan que si los sueños de todos los habitantes del planeta se cumplieran, nos haría falta Π•1025 planetas, con sus respectivos mares y sus respectivos dioses.

En los sueños no había libertad de expresión. Un sueño era el que era, y la mujer que tenías enfrente no podía cambiarse, al igual que no podían cambiarse la calle que recorrías mientras te perseguía una sombra. Algo le decía que esa sombra no era la misma todos los días. Incluso hubo una vez en que creyó reconocer a su tío Luís. Si el tío Luís estaba muerto…

No sabía si alguien podía soñar libremente. Él desde luego no.

Pero había tanto ruido, “que al final llegó el final.” Y se despertó con la mañana, con las sábanas pegadas y las doce de la mañana pinchándole la espalda. La vida y un ruido descastado. La vida y la vida rotunda. Otro día más.

 

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