Llueve.

Llueve. Y en mi cabeza los sucesivos diques impiden que rompan tus olas pacíficamente en la escollera. Si bien te sobran dos piernas humanas, te pido que no te sumes al canto de las sirenas, harías que se desbordasen los afluentes de mis arterias e inútiles los esfuerzos de la ambulancia por llegar antes.

Perdona si desoigo tus latidos. Me recuerdan demasiado al tambor de las galeras, ya fueron suficientes cuarenta años de tamborileo por escapar de corrientes de pensamiento. Quiero que sepas que no por ello no te ayudaré, si así deseas, a que hagas conmigo y un par de salmones amigos una excursión por la montaña, sé dónde alquilan escaleras de arrecife.

Suerte que sorber la sal del mar sí sube la tensión, si no fuese así bebería de tu piscina sin temor a la diabetes. Han dado las tres de la madrugada en la clepsidra de pared, quizá es tarde para bucear en el archivo de los helados post-depresiones. Dentro de la categoría de lights, pues ahora el aceite se coloca arriba y es tan terco que no hay manera de que cambie de postura.

Si no consigo regar el ficus que te sustituye tendré que mojarlo con lágrimas, y ya me advirtió mi fontanero de cabecera que no habrá barriles de espuma de cerveza con limón que me devuelvan los isotópicos iones de no sé ya qué metálico elemento. Titanio o Uranio me valen a falta de uno con símbolo ‘Tú’.

Me perdería en el océano si me hubieran dejado alguna isla en la que naufragar, pero hay demasiados cruceros para tiburones insaciables. La única salida era culpar al iceberg para evitar chocar con el submarino dirigido por torturadores que nos adelantó por la derecha. Todo es demasiado frío como para haber venido de un bazar de las Antillas. Y demasiado cálido para que pueda acompañarme mi pingüino imaginario, así que tengo que dejarlo en su iglú de terrones de azúcar glaseada. La salivación excesiva y pasajera al acariciarte cesa usando dos cubitos de hielo de un litro a modo de fregadero en el que me lavo la cara cada mañana. No hay más vuelta de tuerca pero aún así el velero bergantín sigue teniendo una fuga que nos obligará a llevar flotadores en forma de pato, ya es más que suficiente con tener las corbatas al cuello. Abrazos de parte del Kraken.

Y sin embargo no puedo dejar de verte sonreír en apnea. Lástima que sea para no hacer ruido y que vengan los guardacostas, yo no puedo hacer más que seguir con la caña puesta por si pescase un atún amaestrado. Llevo así demasiado tiempo y el nivel del mar continúa subiendo por encima del IPC. Lo mejor será que acepte que Noé no me rescatará, exceptuando tratos puntuales, sigue faltando alguien de mi especie, que ni siquiera tiene término latino. Aquí no queda Nada más lejos en este lago hasta que dejes de ver la costa y esta bomba pintada de verde enterrada en la orilla. Apenas quedan trece segundos para que estalle y yo prefiero seguir con mi cubito y pala, haciendo un castillo de cartas sin sello, con recortes de poemas de Alberti, con cartulinas de algas. Mi derrota es La Victoria, restos de tu collar de La Concha, grano de sal en El Sardinero o gol en contra en el descuento en Riazor. Diez, nueve, y miro esas fotografías en sepia pensando que quizá aún esté a tiempo. Siete, seis. Cinco, mis pies ya están cubiertos de arena por el vaivén de las olas, el pilla-pilla de la marea a la espera del tsunami. Tres y dos. Me ahogo de pares de átomos de hidrógeno por cada uno de oxígeno, de sal, de llanto, de sangre de Neptuno, de gota malaya, de nubes inconscientemente condensadas. Uno. Pero estoy fuera. Fuera y totalmente seco. Siempre uno.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s