Manos a voces

Había quedado con Dafne en la cafetería más concurrida del centro de la ciudad. Los camareros pasaban por su lado mientras él le decía que no era sitio aquel para hablar de algo así. Que habían acabado, que aquella relación no daba más de sí, que esperaba que llegasen a ser amigos, que lo apreciaba pero no lo amaba, que seguro que encontraría a alguien, seguro muy especial, que se diera cuenta de lo buen chico que era, que lo quisiera tal y como era, y que esta persona definitivamente no era ella. Se marchó y pagó los cafés en la barra, liándose la bufanda al cuello, dando así su perfume un último coletazo en su olfato. Se quedó sentado, mano sobre mano, tras haber estado dos minutos mirando a la puerta con un gesto propio de un jugador italiano que le reclama al árbitro una falta no pitada. ¿Por qué? Ninguna de esas les parecieron razones argumentadas, él la seguía queriendo, como antes incluso de que fuese el primer día. Creía que estaban predestinados, que la suya era una historia con guión, que las líneas de las manos describían sin dudas su romance juntos y que éste no acabaría jamás.

Se marchó a su piso cabizbajo, arrastrando los pies en un paseo en el que repasó toda la relación que acababa de terminar con un simple letrero de “FIN”, sin créditos ni aplausos. Al principio todo era distinto. Pensó en cuando se conocieron en la fiesta de un amigo común, en la sensación que le produzco el tacto de su piel al ser saludados mientras se miraban a los ojos con una sonrisa de oreja a oreja. En que a los dos meses caminaban por un parque y ella lo tomó de la mano apartando la vista, dejándolo petrificado de la alegría. En las horas acariciándose en silencio tumbados en su cama, en el código mediante pestañeos que establecieron para comunicarse sin que nada rompiera aquellos momentos mágicos: Guiño con el ojo derecho: “Bésame”, guiño con el ojo izquierdo: “Abrázame”, pestañeo: “Te quiero”.

Atrás quedaron las luchas de pulgares para decidir quién fregaba los platos de la cena, aquella vez que se disfrazaron de mimos provocando risas incómodas. También las contadas discusiones que se acababan cuando uno de los dos se daba media vuelta. Ni siquiera hacía falta un portazo que no iba a ser escuchado.

El mundo a su alrededor estaba más quieto que de costumbre. Era como si los planetas hubiesen dejado de orbitar desde entonces. Acostumbrado a analizar la realidad con un simple vistazo, sentía que algo fallaba desde que Dafne lo dejase en aquella cafetería. Volvió sobre sus pasos, esperando encontrar la explicación que devolviera a la vida su ritmo y que se le debía haber pasado por alto. Se sentó en la barra esta vez. El camarero intentó entablar conversación con él sin éxito. Saboreó su dulce favorito tomando otro café. Vio su bufanda, olió su perfume, pero en distintas personas que ni siquiera se parecían a ella. Su tacto. Su tacto era lo único que nadie podría imitar. ¿Su voz? Su voz también era su tacto, con sus manos veloces haciendo gestos en el aire, las únicas e inimitables que habían cortado como si de unas tijeras reales se tratasen su conexión con el mundo, las que le habían hecho escribir en su libreta que quería un café solo y que obviamente no podía seguir la conversación que el camarero le daba.

En aquel momento el silencio que lo cubría de manera continua desde que nació era tan pesado que incluso lo abrigaba.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s