Corre que te pillo

Estaba borracho como una cuba, no voy a negarlo. Había sido una tarde perfecta en el hipódromo, por lo que decidí ponerme hasta arriba de licores varios, extasiado por la magnitud de mis ganancias. No es que me hubiera convertido en millonario, pero sí es cierto que me había solucionado muchos problemas con una dosis de fortuna demasiado improbable para ser real. A esas horas de la noche, con Chicago como único testigo, decidí que era la hora de volver a casa y tomarse lo que algunos llaman como el descanso del guerrero.

De repente, adiviné una figura oscura abalanzarse sobre mí y mi reacción tuvo que ser tan patética que mi persecutor soltó una espontánea carcajada. Caí al suelo del susto y él aprovechó para sacar su pistola, con la seguridad de que yo no tenía los reflejos necesarios para escapar de aquella situación. Pero bien es sabido que la muerte, o al menos el olor que se desprende de su cercanía, reaviva cualquier sentido del ser humano. Y con esta exquisita ironía me desperté de mi alcoholizado letargo y le arrojé la piedra más cercana que encontré, golpeándole justo en el rostro. Entonces sí me levanté y corrí en pos de mi vida.

Mi mente dibujó el camino que debía seguir. Primero doblar a la izquierda. Escuché su maldición, lejana, y luego un disparo. Un disparo que probablemente sacudiera el aire de plena rabia, pero que hizo que mis tripas se encogieran. Corrí más deprisa (aunque creía que no podría). Ahora a la derecha. A ese callejón. Oía sus pasos. Joder, yo estaba borracho. A la derecha de nuevo. Estaba cerca. ¿Y si él sabía a dónde yo iba? ¿En qué estoy pensando? Si voy a mi casa me matará allí, tengo que despistarlo.

Otro disparo. Volví mi cabeza y lo vi desaparecer al entrar en una avenida. Mierda, en aquella calle tendría espacio de sobra para alcanzarme. Al callejón de nuevo. Un escondite, un escondite, un escondite. Las palabras retumbaban en mi cabeza tal y como lo hacían mis pies contra el suelo.

Al salir del callejón observé un puente. Allí abajo estaría seguro. Di un rodeo. Tenía ganas de vomitar. Lo escuchaba cerca. Me giré. Aún no tenía disparo. Vamos, vamos, vamos.

Me deslicé bajo la penumbra del puente, que parecía poder protegerme de todo mal. Sus pasos se frenaron. Me había perdido y ahora me buscaba. Por mi cabeza pasaron varios nombres, me concentré en intentar respirar lo menos posible. No hacer ni un ruido. Sus pasos se alejaban. ¡Sí, se está yendo!¡Se va!

Justo entonces me entró hipo.

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