El Nuevo Apartamento

Era la segunda noche en su nuevo apartamento pero ya se había acostumbrado perfectamente a su nueva cama. Era muy amplia, perfecta para compartirla con ella. La habían estrenado bien y por segundo día consecutivo habían terminado exhaustos, listos para pasar sin más preámbulos a los brazos de Morfeo.

Se había despertado después de no sabía cuántas horas de sueño ininterrumpido. No pudo ver qué hora era, pero aún era noche cerrada. Se centró en disfrutar de la suavidad de la almohada contra su rostro, el frescor de las sábanas sobre su piel, la comodidad del colchón sobre el que descansaba su cuerpo…

De repente sintió una caricia en la espalda. Estiró su brazo derecho hacia atrás en busca del cuerpo de su compañera, con el fin de responderle, de contactar con su cuerpo. Estiró el brazo todo lo que pudo, y sorprendido de no encontrar obstáculo, se incorporó y observó que junto a él no había nadie.

– ¿Amanda? – preguntó con un suave susurro.

No la había oído levantarse. Supuso que estaría en el baño. Se levantó y abrió la puerta del mismo, que se encontraba entornada. Allí no había nadie. Extrañado, cerró, volvió junto a su cama e intentó encender la luz del flexo colocado sobre su mesita de noche. Por más que pulsó el interruptor no obtuvo ni el más mínimo atisbo de luz. Comprobó que la bombilla estuviese bien enroscada y volvió a intentarlo. Sin éxito.

Se dirigió hacia el interruptor de la lámpara del techo pero éste tampoco respondió. Aún estaba tranquilo. Supuso que se habría producido algún corte de luz. Quizás ella se había levantado para comprobar si los interruptores automáticos del cuadro de luz habían saltado.

Recorrió el pasillo en silencio. Probó suerte con la luz del mismo pero tampoco se encendió. Alcanzó el salón y miró hacia la puerta de entrada. Junto a ella estaba el cuadro de luz, pero no había ni rastro de Amanda. Comprobó que no hubiera saltado ningún automático y terminó de recorrer el apartamento. Amanda se había esfumado.

Abrió la puerta de entrada y miró hacia el pasillo. El silencio que acompañaba a la profunda oscuridad exterior era casi palpable.

Cerró y apoyó su espalda sobre la puerta, pensando qué hacer. El regreso repentino de la luz le sobresaltó y le devolvió a la realidad.

Aprovechó entonces para buscar alguna pista sobre el paradero de Amanda. Sus llaves del apartamento estaban en una cesta sobre el aparador de la entrada, junto a las del coche. El bolso que había estado usando los últimos días estaba colgado de un perchero situado poco más allá. En él encontró el monedero de Amanda con dinero y carnés. No parecía haber salido. En la cocina nada parecía haber sido removido. En el pequeño salón, estaba todo como lo habían dejado antes de irse a la cama. Una botella de vino vacía, dos copas usadas y sus ropas repartidas por el suelo y el sofá.

– ¿Amanda? – Volvió a insistir –. No me hace gracia. Si es una broma déjalo ya, estás empezando a asustarme.

No obtuvo respuesta. Volvió a la habitación y al llegar las luces comenzaron a parpadear.

Desvió su mirada hacia el alargado espejo que ocupaba gran parte de la pared opuesta al cabecero de la cama.

Permaneció allí varios segundos observándose a sí mismo, hasta que vio algo detrás de él.

Un escalofrío recorrió su espalda y sus vellos se erizaron.

En una de las esquinas de la habitación había alguien o algo. No sabía quién o qué era, pero aquello no era Amanda.

Cuando pudo reaccionar se giró rápidamente pero la oscuridad volvió a inundar la estancia.

No pudo ver nada pero sintió que algo se acercaba a él.

Su mente, dominada por el miedo, sólo contempló una opción: huir.

Quería escapar, alejarse de allí.

Comenzó a correr a oscuras en dirección a la puerta de salida pero cuando atravesaba el pasillo tropezó con algo y cayó de bruces contra el suelo.

Cuando consiguió alzar la mirada contempló en la penumbra que a escasos centímetros de su cabeza había alguien.

Unos pies descalzos daban paso a unas delgadas piernas y a un cuerpo enfundado en un vestido oscuro. Una mujer de pelo negro largo y enredado lo observaba desde arriba. Era pálida y sus ojos eran dos cuencas vacías y oscuras.

Su miedo se transformó en grito, y el grito en reflejo. Actuó sin pensar. El instinto de supervivencia le hizo atacar y casi desde el suelo saltó hacia delante para placar a aquella mujer y evitar que le hiciera daño. Intentó levantarse para seguir corriendo pero ella agarró su tobillo derecho y lo hizo caer de nuevo.

Se dio media vuelta, aterrorizado, y contempló el horrible rostro de la mujer situado a menos de un palmo de distancia del suyo. Emitió un sonido mezcla de ruido, respiración y voz humana.

– Fuera… mi hogar – fue lo único que entendió en medio de aquella psicofonía que inundaba sus oídos.

Él sólo gritaba descompuesto. Consiguió levantarse y corrió hacia la puerta. Intentó abrirla pero las llaves no respondían. Estaba cerrada.

Sintió de nuevo en la espalda la misma caricia que había notado en la cama. Se quedó inmóvil. No quería girarse. Sabía que ella estaba detrás.

Lentamente comenzó a girar su cabeza hacia la izquierda. Sorprendido observó finalmente que detrás de él no había nada.

Pero ella aún no se había marchado.

Estaba ahí, entre la puerta y él, esperando que volviera a girar su cabeza para que observase de nuevo aquél rostro de ojos vacíos y boca desfigurada. Por última vez.

 

 

Veinte minutos más tarde, algunos vecinos salieron a la calle para averiguar a qué se debía todo aquél alboroto. Había coches de policía y ambulancias. La zona estaba acordonada y grupos de personas en pijama conjeturaban sobre lo ocurrido. En el centro de todo, algunos miembros del servicio médico atendían a un cuerpo que según testigos se había precipitado desde el cuarto piso. Aunque el cuerpo estaba tapado con una manta, había numerosos rastros de sangre  debidos al impacto de la caída.

A un lado junto a una ambulancia, había una chica joven, en evidente estado de shock, siendo atendida por un pequeño grupo de policías y médicos. Incluso a cierta distancia era fácil entender sus palabras mezcladas con gritos y sollozos.

<<… encerrada en el baño y lo oía gritar… romper cosas… había alguien allí con él… él no se habría tirado…sólo dos días viviendo juntos…>>

Uno de los policías que la escuchaba se separó del grupo y se dirigió hacia un superior que acababa de llegar en otro vehículo.

– Aunque los sucesos son extraños todo apunta a un suicidio, señor – dijo el primero dirigiéndose al recién llegado – No hay ninguna puerta o ventana forzada. A ella la encontramos encerrada en el baño con la puerta atrancada desde fuera…

Su superior dejó escapar un improperio en voz baja.

– ¿Ocurre algo, señor? – Preguntó el policía sorprendido

– Sí, Rivas. Sí que pasa – hizo una pausa-. No es la primera vez que ocurre algo así en este lugar.

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