50 shades of Brey

Él era un hombre de bien, nunca podría confesar ninguno de esos secretos impuros. Ni siquiera su perfecta esposa se imaginaba las escenas con las que su marido fantaseaba. En su dormitorio no había ningún tipo de exceso, sus relaciones tenían lugar las vísperas de festivos o sábados alternos y seguían un protocolo casi propio de un quirófano. Simple, rápido, eficaz, aséptico. Por eso ella no tenía ningún indicio para pensar que en el despacho de su pequeña empresa él anhelara ser puesto contra las cuerdas, que lo asfixiaran un poco, que lo ataran de pies y manos, que lo dejaran completamente desnudo, expuesto a todo tipo de vejaciones.

Aquel tipo de cosas no las podía contar en confesión. Acudía a misa bastantes más veces de las que los acontecimientos familiares le obligaban y siempre que se retiraba a rezar esas imágenes llegaban a su cabeza al mismo tiempo que el olor a incienso. Se imaginaba a solas con su párroco, acariciándolo, tirando de él como si se tratara de Grenouille en el final de El Perfume, arrancándole la ropa a dentelladas, recorriendo todos los rincones de su cuerpo con su lengua impaciente, llegando a lugares donde la castidad se retiró desde que el cura era monaguillo. También soñaba con ser él ahora quien era forzado, con el anciano padre poniéndole un pañuelo en la boca para que no pudiera alzar la voz, arrojándole cera caliente en el torso… Todo aquello en el altar mayor bajo la mirada de un Jesús crucificado que sonreía.

Ninguno de sus conocidos, ni sus más íntimos amigos, ni siquiera nadie que lo viera por la calle podría pensar que ese señor, con una presencia intachable, tenía unas ganas tremendas de que cualquier desconocido con uniforme lo obligara a hacerlo en cualquier lugar, que lo esposara, que lo embistiera por detrás sin previo aviso, dejándolo exhausto, dolorido, agotado, rendido.

Y cuando leía apaciblemente el periódico cada domingo fantaseaba con un amo benevolente y salvaje, que le susurrara que era un buen chico mientras apretaba aún más la correa que ceñía su cuello, que le prometiera que lo inundaría de placer mientras lo fustigaba, que le asegurara que no le iba a doler mientras le acercaba un puro encendido a su piel…

Por todo eso seguiría votando al PP, porque quería seguir siendo un autónomo agobiado por las deudas con facturas por cobrar, porque quería lamer todos los culos clericales que se le pusieran por delante, porque quería que la policía ejerciera la violencia impunemente, porque quería que la prensa cavernaria le contara mentiras mientras la realidad palpable era bien distinta y dolorosa. Por eso soñaba cada noche con Mariano Rajoy Brey.

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