Historia de Verano, Capítulo II – A: Con sangre entra

Notó el sabor a sangre en la boca. A pesar de la gigantesca cabeza de mono, el derechazo que había recibido segundos antes le había roto alguna muela.

La adrenalina del momento lo impulsaba a mantenerse en pie y a devolver el golpe. Su corazón latía desbocado, presa del pánico, y su musculatura al completo se encontraba tensionada al máximo.

En un último arrebato de valor embistió a aquél policía, derribándolo, y, colocándose a horcajadas sobre él, le atizó una sarta de directos a la mandíbula que pronto lo dejaron K.O. Se detuvo cuando observó que aquél hijo de puta había dejado de moverse.

El miedo lo invadió por un instante. ¿Lo había matado?

 

A pesar de su carácter apacible y tranquilo, Orlando no había podido contener la furia cuando encontró a aquél hombre entre los coches de los feriantes con Lili, la hermana de Wei.

El cabrón la había esposado y empotrado contra una furgoneta, le había levantado la falda e intentaba penetrarla con su asquerosa, repugnante y sucia verga, mientras Lili luchaba con todas sus fuerzas por evitarlo.

Ante semejante escena, una furia como nunca antes había sentido se prendió en su interior. Agarró a aquél hombre y lo arrastró casi sin dificultad hasta la zona de paso del gentío que comenzaba a llenar la feria a primera hora de la noche. Allí en medio lo soltó sin ningún tipo de miramientos, con la picha al aire, y a voz en grito para que todos lo oyeran a través de la gigantesca cabeza de mono dijo:

– ¡Éste sinvergüenza ha intentado violar a esta mujer!

El derechazo le llegó de sopetón, justo cuando se había girado para señalar a la mujer de quién hablaba; y él por supuesto, había devuelto el golpe.

 

El maldito Wei debía de haberse forrado con aquella esperpéntica pelea, más aun teniendo en cuenta que su contrincante era un conocido policía del pueblo, famoso por su tosco carácter, su falta de tacto y su tendencia a la violencia.

 

Orlando miró horrorizado los inocentes guantes del Mono Botas, manchados de sangre. No sabía si se sentía peor por haber dado un desagradable espectáculo o por haber convertido la figura de un infantil y embotado mono parlanchín en un cruel castigador. Levantó la mirada y observó rápidamente a su alrededor para asegurarse de que no había por allí ningún niño al que pudiera haber traumatizado. Sólo encontró caras de sorpresa, horror, angustia y alguna que otra risa.

Cuando se levantó y se dispuso a marcharse con calma del círculo de espectadores que se había formado en torno a la pelea, se abrió un silencioso hueco ante él. Su vía de escape. Lentamente comenzó a caminar y a alejarse de allí.

– ¡Corre mono! ¡La policía!

El grito de algún espectador le sacó de su ensimismamiento y le hizo regresar a la realidad. Se olvidó de la calma y la tranquilidad, la adrenalina volvió a segregarse en su cuerpo y comenzó a correr despavorido, campo través, rumbo al monte.

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