Historia de verano II-B: por qué luchamos.

Lo más curioso de todo era cómo el chino había salvado la posibilidad de que los instintos humanos no salieran a relucir. Porque, aunque era difícil, podía ser que no hubiera peleas en la feria y que por tanto las ganancias se redujeran hasta el punto de hacer inviable el negocio. No se podía vivir solo de vender hamburguesas.

Una red de chinos con vidas ajetreadas se extendían cada noche en el recinto ferial, se apostaban junto a los pilares que levantaban el alumbrado. A todo aquel que veían con cara de morlaco hormonado, le regalaban una flor de plástico de un color aleatorio. Cuando al alcohol barato hiciera efecto, se levarían la flor bien a la oreja cual lápiz de carpintero, bien al cuello de la camisa de mangas cortas, cual Don Juan de los años 20. Luego la ofrecería a cualquier chica de esas que llevan “pantalones negativos”. Con un poco de suerte, esta tendría novio. Y ya estaba todo preparado para la función. El comportamiento de los sujetos denominados como “catalizadores” había sido convenientemente estudiado para propiciar que las peleas se desarrollaran en los lugares establecidos, donde la Guardia Civil tenía un acceso más difícil por la aglomeración de observadores que se formaría. Del establecimiento de estos lugares surgió el “te espero fuera”.

La conducta de los sujetos catalizadores era totalmente aleatoria, por lo que perfectamente las estadísticas podían de nuevo fallar. Pero entonces entraría en escena el último elemento desencadenante: los porteros de las casetas. Estos aprendían todas sus mañas en escuelas de Kung Fu, chino por supuesto. La labor de enseñanza no era solo marcial, tenía también una importante carga ideológica. Los porteros estaban predispuestos para hacer que las peleas se produjeran a vista de todos, con la simple y llana excusa de que unos borrachos no dañaran el interior de la caseta de la que ellos eran salvaguarda.

De esta manera, todo el negocio de apuestas estaba organizado, atado y bien atado. Pero, incluso con todo el entramado montado, el hermetismo mental chino no podía prever todos los aspectos e incidencias del mayor y más importante acto social al sur de Despeñaperros. Todo se sobredimensionaba en el sur, todo lo visceral claro. Y es que curiosamente el 6 de julio, cuando empezaba las fiestas de Santa Conchita del Ébola, se organizó una manifestación feminista en todo el medio del paseo ferial. Ningún chino podía imaginar que en la tierra de la siesta y el vino existiera algún tipo de reivindicación. Pero así fue.

Orlando estaba mas que harto del trato de Wei, o como él lo llamaba, el huevón. Se había estado informando, y lo que más molestaba a una feminista empedernida es que no se tuviera en cuenta el género femenino. Sabía perfectamente cómo caerle los palos del sombrao al chino. En las servilletas se podía ver: “cornudos vs adúlteros”, pero no “cornudos/as vs adúlteros/as”.

La feria de Santa Conchita del Ébola empezó con una manifestación feminista que clamaba frente a un puesto de hamburguesas. La noche estaba fresca y el lote de ron a 12 euros.

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