Historia de verano III-B: Espartanos/as

Con la furia que dan el rencor y el vino dulce del puesto de la entrada de la feria Orlando entró en la furgoneta El chino estaba atendiendo a un par de adolescentes con camisetas de tirantes y rosarios fosforescentes, porque Dios está en todas partes, con la condición lumínica que sea. Y su hermana, una chinita menuda pero bien formada, estaba siendo acosada por un par de esos vendedores de rosas de colores imposibles, que con una cicatriz en el mentón y una pistola en lugar de flores de plástico con luces en la mano podrían haber pasado por miembros de la mafia china. Así que la oportunidad era perfecta.

Cogió las servilletas que estaban cuidadosamente dobladas en el bolsillo de la cazadora de Wei,las metió en el bolsillo de atrás del pantalón y se dirigió directo a la cabecera de aquella manifestación de, lo que a él le parecieron, amazonas con vaqueros.

Se acercó a la que parecía ser la líder, tenía el megáfono y gritaba a voz en grito «Toño sal de mi coño» a la par que los tendones de su cuello, que su pelo cortado a lo garçon dejaban ver, se tensaban como cuerdas de un arpa.

– Perdona.

– ¿Qué quieres? Si vas a decirnos que dejemos de molestar lárgate porque te juro que te meto esta pancarta por el culo.

– No no, si estoy de vuestro lado, faltaría más. ¡Nosotras parimos, nosotras decidimos! Verás quería informarte de algo que bueno, quizás te interese saber.

– ¿De qué se trata?

– ¿Ves aquel puesto de allí? Pues el dueño es un corredor de apuestas ilegales sobre las peleas que surgen aquí en la feria.

– ¿Y qué?

– Pues mira estas servilletas.

– Mmmm, sí, son grupos bastante enfrentados normalmente.

– ¿Pero acaso no ves algo raro? No hace ninguna mención a algún grupo de mujeres, no os considera lo suficiente fuertes cómo para originar peleas dignas de una apuesta. A no ser que sea dentro de una piscina con barro.

– Já, podría coger a ese rollito de primavera y partirlo en dos. Pero no busco líos, allá él.

– Vaya, bueno se lo comentaré. ¿Ves aquella chinita de allí? Es su hermana y es la que se encarga de limpiar todo, según él es su obligación como mujer. Bueno hasta luego, os deseo una buena manifestación.

– ¿Qué eso dice el muy gilipollas? Eso sí que no lo puedo consentir.

En un abrir y cerrar de ojos la amazona jefe movilizó a todas sus tropas que marcharon directas hacia la furgoneta-hamburguesería. La cara de Wei se iluminó pensando que aquella noche tendría que cerrar por falta de existencias. Pero sus ojos rasgados no tardaron en abrirse como platos para las tazas del té al ver que aquellas guerreras comenzaban a empujar su furgoneta haciéndola oscilar de un lado a otro, cada vez con un equilibrio más precario. Una botella de cerveza se estampó a sólo un centímetro de la cabeza del chino.

Todo parecía que iba a acabar con otra portada en los periódicos hablando de una manisfestación violenta mostrando lo peligrosa que puede llegar a ser la libertad de expresión cuando una voz se oyó entre la melodía inconfundible de los coches de choque.

– ¡Eh vosotras, tortilleras, id a hacer la tijera a vuestra casa!

Engominados, con camisas de marca, un jersey bien atado a los hombros, mocasines sin calcetines y un pantalón bien apretado y cargando a la derecha como un buen macho typical spanish un grupo de hombres de pelo en pecho cuadraba sus fuerzas sobre el albero. La guerra había comenzado.

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