Historia de Verano, Capítulo IV-A: Croqueta

A mitad de camino hacia el sitio donde fueran, a Orlando le asaltó un sentimiento de tristeza tremendo. Sintió como su pecho empequeñecía y parecía que los pulmones se quejaban por no poder explayarse por completo. Los agentes comenzaron a cachondearse del panchito asmático y alguno lo imitó con muy poca gracia. Durante un instante, el cuerpo de Orlando funcionaba de nuevo a la perfección, pero el pinchazo que se alojaba antes en su tórax decidió mudarse al bajo vientre y el coche policial se empapó de una amalgama de cocido y perrito caliente que su estómago había decidido expulsar.

-¡Me cago en la puta!-El bigotudo que conducía tuvo que retirarse al arcén ante la insistencia de los demás por limpiar aquel estropicio, pues no aguantarían hasta comisaría empapados en vómito sin hacer ellos lo propio. El otro coche patrulla había decidido avanzar hasta su destino para ir informando sobre la acontecido. Además, tampoco querían ponerse a limpiar la suciedad de aquel inmigrante asqueroso, según aseguraron.

Orlando permanecía en el suelo, con la espalda en la tierra del arcén y su cabeza como una olla a presión. Observaba a aquellos tres hombres limpiar la tapicería del auto mientras maldecían. Estaban demasiado lejos, todo le daba vueltas cada vez a más velocidad, e incluso sintió como la rama de un arbusto le golpeaba violentamente la cara…

-¡Que se va el hijoputa!

-¡Hostia!

-¡Será mamón!

Así que eso era, había comenzado a rodar cuesta abajo sin quererlo, dejando atrás la carretera y a los subnormales que ahora le perseguían entre matorrales. Sintió cómo iba perdiendo el conocimiento. ¿Qué coño le pasaba? ¿Había perdido demasiada sangre o qué? Tuvo un vano intento de abrir los ojos pero los párpados se le hicieron demasiado pesados para levantarlos.

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-El arrestado intenta escapar por una cuesta, cambio.-a su lado, uno de sus hombres caía torpemente frente a una gran piedra.-Necesitamos refuerzos.-siguió saltando matorrales sin perder de vista a aquel ‘vendedor de discos’ que hacía la croqueta para huir.-Estamos en el kilómetro 23 de la nacional.

¿A dónde iba a parar semejante cuesta? No sabría ni decir en qué parte de la provincia estaban. El despropósito que acababa de suceder frente a sus ojos parecía tan irreal… Un momento, se había parado. El cerdo se había detenido tras una roca. Los dos agentes que quedaban en pie se situaron en una posición ventajosa y le chillaron al panchito:

-¡Salga de ahí ahora mismo, con tranquilidad!-No puedes fiarte de un sudamericano que agrede a tu compañero y luego se autoinflinge tanta fatiga como para vomitar y así escapar. Es un tío agresivo e inteligente.-¡He dicho que salga!

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 No supieron cuánto tiempo había pasado desde la llamada de socorro de los agentes que transportaban a Orlando hasta que Ferrer y el resto llegaron al lugar que les habían indicado. Allí no había coche, ni panchito, ni policías… Y encima había pisado un líquido asqueroso que parecía ser vómito.

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