Historia de verano IV-B: “Guerra”

Lo que no esperaba el grupo de machos typical spanish es que se torciera una sonrisa en la boca de la líder de las feministas, que le dejara el megáfono a la compañera que tenía más cerca sin dejar de mirar un segundo al insensato que había abierto la boca, y que, sin dejar a un lado la sonrisa, le propiciara un rodillazo en sus partes bajas. A la derecha concretamente, por supuesto.

La reacción fue la esperada. El “líder” cayó de rodillas y no tuvieron que preocuparse más por él, y otro al final del grupo salió corriendo en dirección contraria con lágrimas en los ojos gritando algo que nadie logró entender pero que los presentes definieron más tarde, cuando ya todo estaba en calma, como “¡¡papááá, papááá!!”. No hubo que ejercer más violencia. Aprovechando que tenían la furgoneta-hamburguesería de Wei al lado, se armaron con todos los botes de ketchup que pudieron encontrar y rociaron a gran parte del bando enemigo haciendo que tuvieran que volver corriendo a sus casas a cambiarse, que estaban en feria y había que ir de boda, por el amor de dios.

Cuando no hubo más existencias de ketchup, apenas quedaban tres repeinados temblando, y bajando. De esos tres, a dos de ellos bastó con estropearles la masa de gomina a la que llamaban peinado. Quedaba uno en pie. Un solitario que tenía el jersey anudado al cuello descolocado, despeinado de haber rodado por el suelo en alguna que otra ocasión y manchas rojas de sus amigos caídos. En frente, un grupo de feministas cabreadas y armadas con uñas y dientes que no dudarían en saltar a su cuello de un momento a otro. Empezaron a temblarle las piernas. Hasta él debió darse cuenta de lo ridículo que era permanecer allí porque salió corriendo por patas en menos de dos segundos.

Una vez acabada esa molestia, se limpiaron los restos de ketchup de las manos en la camisa Louis Vuitton del que estaba ahora intentando huir gateando porque aún no podía ponerse en pie y se preocuparon del siguiente problema: Wei, que ya estaba recogiendo el dinero de la apuesta que había formado de manera improvisada y sobre la marcha. Se acercaron todas lentamente bajo la atenta mirada de Orlando, que ansiaba que, sólo para empezar, le hicieran lo mismo que le habían hecho al líder de los repeinados. Por lo menos.

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