Historia de Verano V-A: Johnny cogió su escopeta.

<<Vaya, hombre, hasta cuando uno está tranquilo en su casa vienen a joder los mismos de siempre>>. Y el sonido de un cartucho introduciéndose en una escopeta.

Los dos policías que estaban en pie se dieron la vuelta lentamente con la certeza de que aquello no era bueno. Y la incredulidad de que aquello también les estuviera pasando a ellos, como si de una comedia de enredos se tratase.

-Las denuncias que me he llevado por allanamiento de fincas privadas para coger sandías de los huertos y ahora resulta que es la policía la que entra en la mía sin permiso, cargándose el vallado. Pa’ fuera que es gerundio. Y todavía os doy una hostia.

-Señor, disculpe – dijo el del bigote mientras comprobó que efectivamente habían saltado por unas pequeñas tablas mal puestas a modo de valla que Orlando había pasado por debajo sin inmutarse. – Estamos persiguiendo a un peligroso delincuente…

El robusto hombre se puso la escopeta debajo de la única ceja que tenía y en un segundo disparó dando de lleno en el tronco de un árbol que parecía ser una diana de entrenamiento, volvió a meter otro cartucho y dijo sin quitarse un palillo de la boca, el cual no tenía segundos antes:

-El negro se queda conmigo. De la paliza que le habréis dado estará para morirse, que os conozco bien.

-Bueno, vale, ya nos vamos, pero que sepa que tendrá noticias nuestras.

-Con Dios… Por cierto, mis zagales me han llamado mientras bajabais por la cuesta. Os han cogido prestados el coche patrulla y los gramos de coca que estaban en la guantera. Espero que las noticias vuestras sean sólo una postal por navidad.

Orlando seguía sin saber dónde estaba, pero el no estar tumbado sobre tierra sino en un sofá lo tranquilizó. El nublado de su cabeza se despejó de golpe gritando sin saber a quién, quizás a la nada, dónde estaba el baño. Su peculiar salvador se dio cuenta de la intención del latinoamericano y lo llevó sin esfuerzo cogiéndolo por la camiseta y el pantalón con una habilidad propia de un portero de discoteca para llevarlo frente al inodoro. Tras echar lo poco que aún permanecía en su estómago se sintió mejor durante un instante hasta que el dolor de los golpes de la impresionante caída encontraron hueco en su cuerpo para hacerse presentes. Se lavó la cara echándose el agua desde lejos para no tocar su magullado rostro y salió del baño, encontrándose con un enorme vaso lleno de gazpacho y una rebanada de pan de pueblo.

-Es lo único que tengo que te pueda quitar el dolor, aunque como sigas vomitando de esa manera vas a echar hasta las asaduras.

Al cuarto de hora ya iban montados en un tractor y armados con la escopeta y una guadaña dispuestos a sacar a Wei y Lili de la cárcel.

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