María.

Me dijiste que te llamabas María, pero no que fueras diferente a todo. Y en verdad eras diferente, porque fue cuando te prometí que pasaría mi vida contigo que me abandonaste. Fue fallo mío, olvidé que estábamos en el siglo XXI. Y yo, para no cesar en mi empeño y continuar mi pertinacia en el error, te busqué. Te busqué dentro de los cigarros de Bob Marley, en sus canciones. “¿Sabes dónde está María?” A mi absurda pregunta le siguió una sonora carcajada del jamaicano, que dejó ver unos cuantos empastes de oro. Solo me preguntó si quería ir a jugar al fútbol con él, yo no respondí. Me quedé con cara de estúpido un instante para recomponerme luego, recuperando mi semblante serio y señorial, poner derecho mi bigotillo que era un hilo que surcaba mi labio superior. Tiempo más tarde, cuando ya dejé de buscar a María me contaron que aquel Bob Marley no tenía demasiado aprecio por lo convencional. De ahí su actitud.

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Un día, que paseaba frente al Carnegie Hall, me crucé con Paul Desmond. Recordé de súbito al ver sus gafas de pasta su asunto con el cuarteto de Dave Brubeck. Primero lo adulé un tanto; que él era el mejor saxo tenor de los últimos años, y que sin embargo Brubeck era un piano bastante mediocre, que él debía ser el que diera nombre al grupo y unos cuantos halagos baratos más. Pero la excepcional modestia de aquel señor se hizo patente una vez más, como aquellas noches en que se retiraba después de tocar el “Take Five”, cuando el público explotaba en olas de júbilo, con la mirada clavada en el piso del escenario, los hombros algo echados hacia delante y el pecho hundido. Pero a pesar de todo, parece que mis palabras aduladoras hicieron un poco de gracia a aquel señor tranquilo, pues aceptó reunir a sus tres compañeros cuando le pregunté por María, lo cual había sido mi objetivo verdadero dentro de aquella conversación.

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Con todos vestidos de traje negro, camisa blanca, whisky maltés y las gafas a media nariz, pasé una tarde cálida y por lo general silenciosa. Le pregunté a todos y cada uno de ellos: a Brubeck, Morello, Eugene Wright… Por supuesto Desmond.

-Hijo… Estás solo, no la busques más. Ella es diferente. Paul, dile algo al chico, vamos.

Paul Desmond dio el último sorbo al whisky, cogió la chaqueta y se marchó. El cuarteto al completo desconocía dónde te hallabas. Ni en el piano había quedado un trozo de tu vestido azul, ni en le saxofón la huella de tus labios.

Dave Brubeck Quartet

Lo último que intenté para encontrarte fue atraerte con té, ese té negro que tanto te gusta del Betty´s Tea Room. ¿Te acuerdas de Harrogate? Estuve guardando media hora de cola, no soy especial. Quizá te hayas marchado con alguien que te haga pasar a los salones de té por la entrada VIP, y es que “si por pobre me desprecias, yo te concedo razón”. Dentro del local, en una de las mesas que hace esquina, estaba Ella Fitzgerald, como todos los jueves tarde. Era complicado reservar mesa un jueves tarde en Betty´s. Me acerqué a ella, la saludé. No puso ciertamente demasiado interés en mí. Me senté solo en una de las mesas centrales de la planta baja, ya sabes, esas menos solicitadas. Esperé varias medias horas y el té negro para dos se terminó enfriando.

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Nunca supe realmente por qué me dejaste, pero algo me hace pensar que fue porque olvidé que estábamos en el siglo XXI… Malditos hipsters…

Hasta siempre, María.

P.D.: Todas las personas y/o instituciones nombradas a lo largo del «relato» tienen alguna relación con el nombre de María. Para los quisquillosos.

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