Coleccionistas de lujo (I).

El otoño ya se había marchado para dejarle sitio al invierno y los cristales comenzaban a cubrirse con una fina capa de escarcha, esta es una ciudad muy fría y las grandes nevadas son demasiado frecuentes. Aquella noche había recibido una invitación para asistir a una subasta clandestina. Soy coleccionista de objetos de lujo: alta costura, colecciones de pintura, porcelana china… En el círculo de coleccionistas me he ganado la reputación de caprichoso, pero supongo que se debe a la envidia que produce poder obtener todo lo que desees. Hay que saber pujar y sobre todo saber vender las colecciones que ya no te interesan o que sólo han sido una inversión.

Algunos meses atrás me había enterado de unas ciertas subastas ilegales en las que se subastaban cosas inimaginables. Como no podía ser de otra forma «el caprichoso» se lanzó a la busca y captura de aquel evento tan exclusivo. Me costó varios favores, algunos largos viajes en coche a sitios de los que nunca imaginé volver y unos cuantos puñados de dólares. Pero finalmente había conseguido una invitación por el módico precio de cien mil dólares americanos.

Escogí un traje camel y una camisa negra que me permitiera ocultar las manchas de sudor que delataban mi nerviosismo. Esto es como una partida de póquer a lo grande. Los zapatos bien abrillantados, un pañuelo negro en el bolsillo de la chaqueta y un repaso al número de cuenta.

 

El lugar era excepcional: una bonita mansión a las afueras de la ciudad solamente rodeada por árboles, montañas y ruidos de animales salvajes. Aparqué mi Mercedes negro mate en el amplio jardín y me dirigí a la entrada donde una bonita azafata rusa me acompañó hasta la habitación desde la que vería la subasta, de modo que no podía observar al resto de postores, algo que no me pareció extraño debido a lo clandestino del asunto.

En la habitación había un pequeño escritorio con un pulsador bañado en oro y una cómoda butaca con terciopelo rojo. Frente al escritorio que ocupaba el centro de la habitación una enorme cristalera daba a un inmenso espacio oscuro sólo iluminado por un piloto de emergencia.

Llamé a la rubia azafata que según me dijo «sería mi asistenta personal para la velada y estaba allí para satisfacer todos y cada uno de mis deseos» y le pedí un whisky escocés de diez años sin hielo. Di un sorbo a la copa y me puse a tamborilear con los dedos en la mesa. Esperando a que comenzasen las pujas.

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