Manuel B.

He perdido la fe.

Supongo que mi vocación no fue tal. Nunca la tuve y ahora lo sé. Es lo que vi desde pequeño y lo que consideré como normal, como propio. Cada domingo la ilusión en las caras, la familia con siete hermanos vestidos para la ocasión, cogidos de la mano por la calle en parejas para no perdernos. Recuerdo cómo Don Juan me insistió para que siguiera sus pasos, me enseñó los recovecos de su parroquia y las palabras que darle a los fieles en cada momento de la vida.

Desde un tiempo a esta parte mis vecinos me preguntan que si me encuentro bien, y es que ellos mismos notan mi desasosiego interior. Hace no mucho tiempo nos vendieron que esta iba a ser una nueva etapa, que lo importante era la gente de la calle y no las cúpulas oscuras y tenebrosas. Pero las palabras no son suficientes para reparar el daño causado por tan mala gestión de una institución que se deteriora día a día, con grietas cada vez más y más profundas, más y más visibles, que sin duda empañan la labor de su gente sencilla y de base como yo mismo u otra tanta gente que ha dado su vida por algo que no es más que una ilusión frágil y endeble.

De todas formas, cuando veo que los abuelos que me visitan cada domingo no traen nunca a sus nietos, que me dicen que sus hijos están a otras cosas más importantes, convierto mis párpados en diques de contención de unas lágrimas que no sé muy bien por qué salen. Supongo que será porque mi trabajo, al que le he dedicado tantos años de mi vida, es algo que acabará por perderse, como el de afilador o el de los antiguos barberos. No tiene nada que ver con que se pierda la fe, las antiguas costumbres. No. Es por esos momentos en los que un padre abrazaba a su hijo con lágrimas en los ojos, por los momentos en los que aún estando en silencio, cientos de rezos ascendían al cielo coloreados de esperanza, por aquéllos en los que las pérdidas se lloraban al unísono, haciéndolas quizá menos importantes, para volver a recobrar la ilusión a las dos semanas.

Don Juan hizo que me encargase de la peña bética de mi pueblo, pero yo he perdido la fe. No me quedan palabras de ánimo para los parroquianos que frente al televisor me miran incrédulos ante el despropósito de esta nueva temporada mientras friego jarras de Cruzcampo. Si al final estoy equivocado y Dios es efectivamente bético, aún nos quedan años de travesía por el desierto, quizá para recibir después a un nuevo mesías que esprinte y haga bicicletas como nadie. Pero lo dudo.

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