Summer always ends

Aquel verano también acabó con tormenta. La ropa se pegaba a la piel y el sudor se mezcló con las gruesas gotas de lluvia que caían sonoramente. En el pequeño pueblo de la costa italiana Anthony recogía su equipaje de manera pausada. Más con la intención de guardar esos momentos en su memoria que por la torpeza propia de su edad. Se imaginaba a sí mismo cincuenta años antes en la misma situación, esperando que Joanna llamase a su puerta y lo abrazase, deseando no perder aquella oportunidad que se le escapaba. Por más que fuese consciente de que ello el nudo que tenía en el estómago le apretaba tanto que no le dejaba siquiera abrir la boca cuando estaba frente a ella.

Terminó de cerrar la maleta y bajó para tomar el desayuno en aquella pequeña pensión. La dueña le sonrió amablemente y le deseó buena suerte en un inglés similar al que hablaban los padres de Anthony. En su anterior visita a aquel bonito pueblo el trato recibido fue notablemente distinto. Su peculiar acento americano a la hora de hablar italiano y aquel corte de pelo lo identificaron rápidamente como un soldado que había decidido pasar unas vacaciones en una pensión con unos dueños que añoraban al Duce, aunque la nueva situación de perdedores de una guerra contribuyó a que el odio que seguramente le profesaban no pasase a manifestarse violentamente, además de que nadie en su sano juicio le haría ascos a dólares estadounidenses.

Anthony se dirigió a la estación de tren. Aquella otra vez la lluvia había aplacado un poco el intenso olor a pólvora, a bosques quemados, a vidas que se reinventaban. En su momento le dijeron que aquello era el olor de la libertad, sin convencerle en absoluto. Ahora, la tierra mojada sin huellas de botas militares, las flores agradecidas por la primera lluvia tras el verano, los olores que salían de cada cocina le parecían mucho más fieles a su concepto de libertad. Sin embargo, aquella sensación de derrota que nuevamente le invadía a pensar en Joanna. Al llegar a la estación decidió que aún no estaba lo suficientemente triste como para marcharse de nuevo. Cambió la hora de su billete y arrastrando la maleta como si de una mascota se tratase, se compró un helado, se quitó cuidadosamente los zapatos y los calcetines y se sentó en la playa, a escasos metros de aquel pequeño y nuevo paseo.

Se puso a pensar en las veces que se bañó a finales de aquel verano con ella ante la estricta mirada de su hermano pequeño. En las veces en las que salió antes del agua para asombrarse porque aquella sirena con piernas podía salir del mar. Y sentarse a su lado con una sonrisa perenne y pedirle que sonriera también, que estaba de vacaciones, que la vida era bella y que había que disfrutarla. Y él se alegraba, sinceramente, pero no creía que en otro momento fuese a estar tan bien, y era esto lo que le impedía ser feliz o sonreír como lo hacía ella. Desde el momento en el que volviera a su país su vida dejaría de tener veranos. Era consciente de ello.

El día veinte de septiembre fueron juntos a la verbena del pueblo. No importaba que la guerra aún se librase en otros puntos del mundo, allí debían presentarle sus respetos a la patrona del lugar para que la uva recogida en la vendimia de un tiempo tan convulso les devolviese la alegría. Anthony jamás olvidaría aquel sencillo vestido que Joana llevaba, el vuelco que le dio el corazón cuando le dijo de manera pícara que ojalá tuviera sus ojos para encandilar a todos los muchachos del pueblo, que ella se fuese con la copa de vino aún por la mitad porque ya se hacía tarde y su madre la estaba esperando, que su despedida fuese un formal apretón de manos. Que no lo mirase a los ojos vidriosos para decirle que esperaba volver a verlo.

Al día siguiente, cuando más llovía, Anthony se montó en el tren que iba a Roma. De allí a París, de allí a Londres, de allí a Nueva York. De allí a… En los momentos en los que esperaba al tren se sobresaltaba con cada nueva voz que llegaba a la estación, pero nunca era Joanna, nunca llevaba ese vestido blanco, nunca lo llamaba a él.

Se terminó el helado y se puso de espaldas al mar. El verano, allí en Italia, en el último lugar donde lo vivió, en el único lugar donde lo esperaba reencontrar, estaba acabando.

PD: Si quieren segunda parte, pídanla antes de que acabe el verano. Me parecía la entrada ya demasiado larga y no sé si merece la pena seguir con ella. Gracias.

2 comentarios sobre “Summer always ends

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