Summer always ends (again)

Imaginaba a los transeúntes pensando en qué haría ese viejo loco y desconocido de espaldas al mar cuando aún el cielo estaba encapotado. No es que le preocupara lo más mínimo, aunque sí se preguntaba qué diría Joanna si lo viera allí, con sus zapatos sobre la arena, sonriendo después de tantos años después. Al igual que aquella vez en la estación, creía verla en cada anciana que paseaba con su nieto de la mano, en cada señora que se sentaba junto a su marido en aquel pintoresco pueblo. Al caer la noche decidió que ya sí estaba lo suficientemente triste como para irse, como para dejar de pensar en aquel vestido blanco. Y sin embargo seguía con una sonrisa en su cara, como el extranjero que no sabe qué le están contando y asiente sin cesar, como si no recordase dónde se encontraba pero quisiese agradar a los demás. Que pensasen que él era feliz.

Después de cenar y tomar un par de copas de vino le preguntó a la dueña de la pensión si conocía a Joanna. Tan sólo con escuchar el nombre la mujer ya sabía de quién se trataba. No hizo falta que describiese sus rizos dorados, su sonrisa permanente, los lunares de su cara. Con otra copa de vino regalo de la casa le sacó la historia de tanto tiempo atrás. Con la cuarta, lo acompañó hasta la casa donde vivía Joanna, conocida en todo el pueblo por haber sido la única matrona de la zona en mucho tiempo. Una vez delante de su puerta Anthony le agradeció a la dueña del hostal su amabilidad y le pidió que se retirara. Pasados quince minutos volvió al hostal sin haberse atrevido a tocar a la puerta.

Decidió que aquella historia ya había pasado para él, que si siendo joven no fue lo suficientemente valiente como para declararse ante ella, ahora no merecía la pena reunir fuerzas para ello. En definitiva, nunca es buena idea subirse a un tren que hace tiempo que pasó, o lanzarse desde uno en el que llevas tanto tiempo viajando, según se mire.

A primera hora de la mañana rehizo su maleta decidido esta vez sí a volver a su hogar. El cielo estaba despejado y un fuerte viento soplaba. Sin duda se había llevado las nubes y todos esos momentos en los que se culpó por haberse ido tan pronto de Italia. Al montarse en el tren con su sombrero encajado, la gabardina abotonada y los ojos cansados de aguantarse las lágrimas, vio llegar a Joanna con la dueña del hostal que sin duda quería alojarlo un día más. Se sentó en su asiento y miró por la ventanilla cómo aquella señora con el pelo tan blanco como aquel vestido lo miraba, sonriente, sabiendo que esta vez había sido él quien se había llevado los veranos que le quedaban.

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