Retablo de un santo flamenco.

“Cierra los ojitos o no te podrás dormir.”

Intentar que el tiempo pasase por los árboles, las paredes, por el cristal de la ventana. Que amarillease las fotografías, las páginas de los libros, los mapas del mundo. Él quería dormirse con los ojos abiertos y el alma agazapada ante las sorpresas y los tientos de la vida. No quería dormir morir, quería morir viviendo. Quizá en algún momento hubiera que saltar.

“Pero hijo, ¿has dejado algo de barro para los demás?”

No deseaba zafarse de aquella ropa toda manchada de una pasta homogénea marrón. Calado hasta los huesos, se miraba al espejo mientras mamá le decía una y otra vez, insistente, que no debía salir los días de lluvia, que se iba a poner malito y no podría ir el día siguiente a clase.

Pero a él mucho no le importaba, porque en cierto modo se sentía extasiado ya del mundo (que no hastiado). Era pequeño, y por ello el deseo de conocer inherente al ser humano lo portaba todavía impoluto, desenfadado. Porque a él, como un niño que era, no le hacían falta clases extrañas y atiborradas de otros niños para sentir (que no pensar) que este mundo nuestro había que disfrutarlo rápido, al máximo y siempre.

Le gustaba salir a mancharse de barro con un amiguito suyo, que no estaba en su clase. Era de otro colegio. Lo había conocido hace bien poco, pero como ya se había pringado de barro y lluvia, sentía que serían amigos para siempre. Y en definitiva en eso consistía la amistad, en saber reírse juntos incuso cuando estamos pringados hasta el cuello. ¿O es que eso era el amor?

“Estaba pasando por lo que probablemente solo el inglés define con una palabra precisa: un crush”

Sentía el horizonte reducido, las palabras cortadas; el mundo siempre amanecido. Él, su amor, era un sol de verano, porque a pesar de tener todos los sentidos fijados en otro objeto, notaba su presencia, cómo se hacía un hueco inminente en su realidad, en todo su mundo. Él era un sol de verano, y tomaba siempre gallardía y elegancia a esa “hora exquisita”, la que preludia al ocaso, cuando las sombras se funden con la luz en una unidad casi matemática, armoniosa, irrevocable.

“I love the word “mamihlapinatapai”. It´s from the Yagham lenguage wich is now a dead lenguage. But it was spoken in Tierra del Fuego, the very southernmost point of South America. I have never heard the word said properly, so I could be prounouncing it wrong. But the meaning is quite beautiful. It means the moment or feeling when two people both want to initiate something, but neither wants to be the one to start it. It can be perhaps two tribal leaders, both wanting to make peace, but neither wanting to be the one to being it. Or it could be two people at a party wanting to approach each other and neither quite brave enough to make the first move”

Coexistir con el pasado era como acudir a un antiguo perfume que vivía agazapado en alguna vieja bufanda. Depositada en algún rincón de los baúles del sótano, latía una esencia familiar y propia , haciéndose hueco en el ambiente, como un noble volcán dormido.

Recordar era acercarse la bufanda al rostro, acariciarla un tanto con el mentón, hurgar como un lobo en sus entrañas para salir con el hocico colmado de sangre fresca; porque todos tenemos heridas todavía sangrantes, precisamente porque las hemos desterrado a algún baúl extraño y frío, olvidando que el frío mantiene, ya sea joven o herido, pero mantiene.

Asomarse al alma a respiraciones, permitir que se abra paso entre el olor a humedad, la encerrada esencia que surge a tientas entre lo oscuro del olvido, el premio inconcebible de la memoria y sus conjuntos.

Porque lo que mata no es la memoria, sino el silencio… Como un lobo herido.

________________________________________________________________________________

Percibir siquiera una luz que no tenía naturaleza física. Sentir nada, ni sed en la distancia, ni recuerdo alguno en el estómago, ni el corazón ni el pecho. Ni música, ni añoranza alguna ni consuelo. Que el pensamiento fluyera libre, extasiado de libertad mortuoria porque ante la muerte se encontraba. Una muerte amable, zalamera, casi gitana. Porque la belleza es azul, azules eran los bordes de aquel santo retablo, en los que una sucesión de imágenes se mostraban todas yuxtapuestas, iluminadas tan solo de una sonrisa que aparecía y se ocultaba, como la del gato de Cheshire. Y nada más. Bueno, algo más sí que había: una línea de pensamiento que se había abierto de forma casi espontánea, sin conocer autor u origen alguno:

“Que no esperen una luz al final del túnel

ni un túnel siquiera.

Que no esperen que de las paredes se nos cuelguen

las más esplendorosas imágenes en la retina.

Que no esperen un premio, un reconocimiento en Alemania…

Un doctorado Honoris Causa.

Porque la vida son momentos diminutos y extraños,

momentos que no se explican y que surgen y  desaparecen…

Por doquier.

Como las gotas de rocío en la mañana.”

PD.: Es complejo presentar una serie tan prolongada en el tiempo y con tantos capítulos. Por ello se han escogido algunos si ton ni son, los mismos que habría escogido cualquier pintor flamenco. Qué fanfarronería.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s