La Internet, el Internet.

La Internet, el Internet,

el Internet. ¡Sólo el Internet!

¿Por qué me llevaste, padre,

de la ciudad?

¿Por qué me desenganchaste

de mi LAN?

Aquí las cañas de pescar fingen ser antenas de televisión, buscando algo que llevarse al estómago hambriento de basura que al calor de la estufa reposaba la comida. Ahora la basura pescada es el alimento consumido antes de las cuatro.

Las conchas de las almejas me dan falsas esperanzas de que en la orilla azul Windows 7 hay WiFi. Pero no hay más que ruido de olas y gaviotas, haciendo que lo oído al descolgar el teléfono allá por el año 2000 me parezca ahora un sonido armonioso y delicado.

Las mareas no son lo mismo si no son ciudadanas y desde Twitter, las banderas rojas si no es tarjeta y directa para ver el partido, los atunes si no empiezan con i y no con a.

Y aquel crucero que pasa de largo, con sus extranjeros a bordo cargados con estupendos artilugios, me recuerda al majestuoso edificio que, inmóvil, se erigía entre los mundanales bloques contiguos de pocos pisos, cuyos habitantes se me hacían tan lejanos e inaccesibles como estos turistas.

Por fin se acaba la bajamar, se va yendo con el viento el olor a baño atascado, y el mar se va llenando, como una barra de descargas, como un vídeo en Youtube con una conexión de 512Kb/s. Y es que las caracolas no sirven de enchufe, la arena se adhiere a ti cual spam y aquí oyes al niño que juega, sin la posibilidad de ganarle en la partida online y mandarlo a llorar a Tuenti. En la playa un señor pregona dulces no envasados, quizá más sanos que los de mi dieta habitual al no ser producidos masivamente, sí, pero sin indicarme su fecha de caducidad, ingredientes y tanto por ciento de la CDR de azúcares que constituye.

El rugido de la inmensidad que verde vocea delante de mí no me deja bajarle el volumen ni reproducir mis rugidos preferidos ni siquiera en modo aleatorio. Muevo mis dedos al pensar y en mi cabeza el cursor sigue sin avanzar, sin mostrarme un caracter, sin plasmar mis ideas que mueren antes de considerarse nacidas.

El tiempo libre está preso de dónde lo puedes perder, y aquí sin embargo se detiene, inútil, durante la tarde, para saltar directamente al ocaso donde, más tarde que en la ciudad, te golpea con la crudeza de la realidad de otro día perdido sentado frente a la playa.

En ocasiones me llevo la mano al bolsillo como queriendo responder un mensaje. Pero me golpeo la pierna sin encontrar ningún objeto rígido. Hace tanto que no me llega cobertura que he tirado una caja de botellines previamente vaciados y llenos de emoticonos y flamencas al mar. Ninguno con respuesta.

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