Que me lo cubra el seguro

Nunca hasta hoy había tenido impulsos suicidas. Pero aquí estoy, conduciendo por el centro de Madrid buscando un puente por el que tirarme. Con el taxi puesto, claro. Mejor dicho, inmolarme.

Hay ocasiones en las que la vida te da la opción de convertirte en un héroe, de que pongan tu foto en la portada de los periódicos y tu madre la coloque en el mueble del salón. Y pienso aprovecharla. Que me idolatren los niños y las mujeres admiren mi gallardía. Si es que salgo vivo.

Sin embargo, aquí sigo, maldiciendo el tráfico lento, los quitamiedos y otros tantos elementos de seguridad. Mi cliente me nota nervioso, se recoloca las gafas y baja su mirada a un periódico que claramente no lee, como si quisiera tranquilizarme fingiendo que no me observa.

Semáforo en rojo. Subo el volumen de la radio mientras golpeo el volante con los dedos al ritmo. Suena Nirvana y sonrío antes la macabra coincidencia de buscar la muerte mientras canta Kurt Cobain. Normalmente cambio la emisora según el aspecto del cliente, buscando que me deje una propina por conectar con sus gustos y estado de ánimo con un simple vistazo, algo que he ido mejorando a lo largo de los años. Pero no hoy. El trayecto desde el centro hasta el barrio residencial y exclusivo de las afueras donde me dirijo me hace pensar en que quizá no esté preparado para esta misión que se me ha presentado. En el fondo todos saben que soy una buena persona, que paro en los pasos de cebra en los que espera un peatón, que respeto a los motoristas, que no atosigo a los coches de autoescuela. Tomo la rotonda, segunda salida. Por eso desearía en este momento tener la frialdad de aquella chica que dejó a su novia en mi taxi y se marchó con un portazo y sin pagar el camino hasta su casa. Tuve que cobrarle a la pobre la carrera entera aunque con ese dinero la invitara a cervezas. O la valentía del tipo flacucho que me pidió que parara en mitad de la calle para soltarle dos hostias al matón que le pegaba de pequeño y se montó de nuevo como si nada, sin que el otro supiese dónde meterse. Stop.

El hombre del asiento de atrás hace rato que dejó de mirarme. Notó la duda que me asaltó hace un par de minutos y decidió que lo mejor era hundir su cabeza entre las páginas color salmón. Como si no quisiera que notara su presencia, como si me dirigiese a mi propia casa. Claro. A mi mansión con jardín delantero y trasero. Intermitente a la izquierda. Sí, con seguridad privada y calles cuidadas, con apellidos compuestos en cada buzón, con pista de pádel en cada tres manzanas, con niños uniformados que vuelven del colegio después de sus clases de violín. Mi pasajero nota que cambio de marchas de manera brusca, que me pego al coche de delante antes de adelantarlo a base de acelerones. “Déjeme aquí, gracias, que el médico me recomendó que andara un poco al día”, suena una vocecilla desde detrás de mi asiento. “No, hombre, no, si ya estamos llegando, no le cobro desde aquí hasta su casa”, digo sobresaltado porque parece ser consciente de la situación. Maldito sea. Me ha desconcentrado y he pasado la salida a la autovía por la que pretendía salir para lanzarme. Mala suerte, ya estamos llegando a su casa. Aunque pensándolo bien…

Acelero pasando por delante de su casa. Él me mira con la certeza de que me he vuelto loco y comienza a increparme. Que si me hará la vida imposible, que si sé con quién estoy tratando, que mejor que eso me mata. Enfilo la calle del selecto club al que mi secuestrado seguro que va todos los sábados a fumar puros. Mi cabeza ya no rige y no hago sino apretar más y más el acelerador aún estando en tercera.

Los patos huyen despavoridos ante un viejo coche blanco que se hunde en su estanque tras haber destrozado unas pequeñas vallas blancas de madera. Al menos sus calcetines ejecutivos quedan empapados.

PD: Ministro. Cabrón.

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