El mismo cuento de todas las navidades (Parte I)

Doña Hortensia no paró de trabajar aquella mañana del 24 de diciembre. Cocer gambas, limpiar mejillones, recoger el pan encargado y quitarle el polvo a la vajilla que llevaba un año guardada. Almorzó, como venía siendo costumbre, su plato favorito acompañado de un poco del marisco que serviría esa noche. No había desconectado el tocadiscos y seguían sonando éxitos de los 60. Al acabar el postre sintió que tomaba conciencia de que aquella noche era Nochebiena (y mañana Navidad) y en su estómago sonó un resorte que hizo que se encontrase mal de forma automática. “Todos los años igual, quizá éste me retire antes de la mesa”. Aunque sabía bien que no lo iba a hacer. Retirarse era como echar a sus hijos de su casa, y ninguna madre lo haría en Navidad.

Se fue a su cama dispuesta a echarse una siesta, enfadada con todo pues prefería hacerlo en el sofá, pero esperaba encontrarse mejor después de dormir un rato y no quería aguarles la fiesta, ya que eran contadas las ocasiones en las que coincidían los cuatro hijos con sus siete nietos. Mientras se quedaba dormida pensaba en si no sería mejor no levantarse de la siesta, aún le quedaban unas horas para que su amenaza del año anterior se cumpliese y faltase en las fiestas.

Tras unos veinte minutos en los que el cerebro de Hortensia se encontraba relajado, sus ojos comenzaron a moverse agitadamente bajo los párpados para abrirse de par en par. Las paredes ahora eran blanca, el armario frente a su cama era más pequeño y a su lado su esposo roncaba plácidamente. Se levantó de la cama pero su cuerpo seguía allí. Antes de que se preguntara qué pasaba, una pastorcilla etérea se presentó como el Espíritu de las Navidades Pasadas.

-Ninguna de las personas aquí la ve, oye o siente. Era usted mucho más guapa de joven, señora.

-Gracias, niña, no siempre me llaman vieja con tanto estilo.

La Hortensia del pasado se despertó con el primer ronquido del señor que estaba a su lado que sobrepasó los 50 decibelios. Dando un respingo, despertó a su marido empujándolo hacia el borde de la cama y antes de que éste reaccionara ya había puesto firme a sus hijos.

-Juan, ve a la tienda y compra cerillas y una botella de Casera. Carmen, saca los manteles del mueble del salón. Ana,barre un poco el suelo.

El pequeño Pablo se quedó expectante, decepcionado por no tener ninguna tarea ante tal clima de agitación.

-¿Y yo, mamá?

-¿Habéis acercado un poco los reyes magos al portal?

El niño salió corriendo y colocó a los reyes sobre el puente que cruzaba el río de papel de plata.

-Manolo, ¿has cortado leña para la chimenea?

-Ya sé que tengo que hacerlo, llevas tres días con lo mismo.

-¿Lo has hecho?

-Voy.

-Cuando acabes, dúchate y recoge a tu madre, así lo que tenga que criticar lo hace pronto y no en la cena.

El Espíritu de las Navidades Pasadas aprovechó un momento en el que sólo se oían el entrechocar de platos, el fuego en la cocina, los hachazos en el patio y al pequeño recolocando las figuras del belén damnificadas por su intervención en él para hablarle al espíritu de Hortensia con tono solemne:

-¿Recuerda estas navidades, señora Hortensia? Usted era feliz, no pensaba en si serían las últimas, era el verdadero pilar de su familia.

-¡Y tanto que las disfrutaba! Mis hijos me respetaban, mi marido me hacía caso (por la cuenta que le traía) y mi suegra se ponía verde de envidia por mi receta del pollo guisado. Pero ahora, hija, una está mayor, siente que los jóvenes se divierten de otra forma. Me ha pillado a pie cambiado, no es mi ritmo. A mí me gustaban los villancicos y aunque no entendiera el Adestes Fideles lo cantaba, pero el “ai wuischu a meri…” ya me lía.

-Ahora verá qué quiero decirle, señora, no adelante acontecimientos.

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