El mismo cuento de todas las navidades (Parte 2)

El escenario cambió por completo. Estaba ella en su casa actual con un pantalón negro y un jersey con brillo a juego. Del baño salió un joven fornido y de cejas depiladas con un gorrito de Papá Noel con purpurina en la cabeza apestando a una mezcla de cientos de cremas y perfumes.

-Fantasma de las Navidades Presentes, ¿dónde te habías metido hasta ahora? – dijo Hortensia con una sonrisa pícara.

-Siento defraudarla pero soy el Fantasma de las Navidades Pasadas Pero Poco, el Fantasma de las Navidades Presentes no es metrosexual sino hipster y lleva un gorrito estúpido de lana todo el año. La he traído a la Nochevieja de hace un par de años. Su hijo Pablo no pudo venir como de costumbre porque su mujer se puso de parto un mes antes.

-Sí, el nacimiento de mi nieto Manuel Kevin. ¿Cómo se pensaría que me haría ilusión ver el nombre de su abuelo mezclado con ese nombre de malote de Salvados por la Campana?

-Pero mírese, también estaba feliz, cantando con Raphael a tope.

La Hortensia del pasado pero poco ya tenía las uvas preparadas, el champán en la nevera y el jamón emplatado. El móvil estaba también en la mesa, esperando la llamada de su hijo para comunicarle la noticia que no se produciría hasta la tarde, con Hortensia ya en el hospital.

El Fantasma de las Navidades Pasadas Pero Poco le comunicó que irían también a la Nochebuena del año anterior para mostrarle la realidad más reciente.

Volvía a ser Nochebuena. La chimenea y la comida luchaban por llenar la casa con su olor. Hortensia estaba sentada presidiendo la mesa y sólo en el brindis inicial y tras saber que se encontraba mejor de aquel resfriado sus hijos le dejaron el turno de palabra en contadas ocasiones. Los nietos mayores ya no se relacionaban entre ellos a no ser que para eso usaran sus teléfonos móviles. Los pequeños no podían haber sido educados por alguien que recibiera cariño en su infancia como sus hijos, pues eran tan estirados que ni siquiera querían bombones si no eran Ferrero Rocher. Sus yernos contaban chistes manidos hasta para ella y hablaban del todoterreno que se iban a comprar, más grande, con menor consumo, y más extras cada vez que sacaban el dichoso tema. Sus hijas y nueras discutían sobre la última moda en dietas nutritivas y paparruchadas que Hortensia no llegaba a entender. El Espíritu de las Navidades Pasadas Pero Poco le dijo mostrándole una dentadura blanquísima:

-¿Tener hijos para esto?¿Qué fue de la Hortensia a quien todos escuchaban?

-¿Me vas a llevar a las Navidades Futuras? Quiero saber ya cuál es el verdadero espíritu de la Navidad, puesto que cocinar para 16 y repartir la paga extra entre 7 nietos que apenas se saben mi nombre ya sabía yo que no era antes de que viniéseis vosotros.

Sin ni siquiera un fundido a negro apareció en una casa que le era ajena. No había ninguna Hortensia real y su hijo Juan y sus dos hijos comían un plato de sopa con cara de abducidos. Su esposa alimentaba a señor mayor que el espíritu de Hortensia no llegaba a reconocer pero identificó como su padre. Un fantasma ataviado con una túnica con capucha era su nuevo interlocutor con las Navidades Futuras.

Hortensia se preguntó dónde estaba ella aunque al señalarle la muerte el colgante que siempre llevaba en el cuello de su nieta mayor entendió que había muerto. Antes de que le diera tiempo a abrir la boca el Espíritu de las Navidades Futuras le señaló un calendario con un 2065 en grande.

-Oh, no me digas que no viviré 125 años. Te has guardado bien de no hacerme un spoiler de mi vida, gracias.

Se detuvo para contemplar detenidamente a sus hijos y nietos. Estaban tristes y aburridos, pero no pareciera que la echaran de menos, simplemente aquella casa sin WiFi para sus nietos, sin cuñados con los que discutir de política antes de que alguien lo prohíba para que no llegue la sangre al río, con una persona mayor que tampoco lo disfruta porque ya no tiene la dentadura para comer turrón del duro…

Hortensia se levantó de la siesta comprendiendo que el verdadero espíritu de la navidad es hacer lo que le diera la gana. Así pues, le contó a sus hijos que, o traían una botella de anís para vaciar, sus nietos dejaban el móvil en casa, prometían que iban a comer todos los turrones, bombones y polvorones sin mirar la marca y dejaban de lado los temas de conversación para los pijos y repelentes en los que se habían convertido o se podían quedar en sus respectivas casas. Y fue lo que pasó aquella noche en la que Hortensia, después de cenar, invitó a sus amigas con las que se toma diariamente el café y entre todas vaciaron la botella de anís cantando El Tamborilero con Raphael mientras le tiraban piropos.

Y así pasó doña Hortensia la mejor Nochebuena de su vida.

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