Todos en casa

6 de enero y en la calle ya no hay ningún adorno navideño. La gente sale del trabajo y, como es viernes, se van de cervezas envueltos en grandes abrigos y bufandas. Mientras tanto, en casa, saco el roscón del horno. Mi cuñado se abre otra cerveza y se sienta en el sofá, como si la cosa no fuera con él. Mi hermana se presentó ayer en el aeropuerto. Por la noche. De sorpresa. Perfecto. Mi novia se queda con ellos preguntándoles por mis padres en su pobre español. “Cuñado, a que no sabes qué he traído. Que seguro que aquí no hay”. Bingo. A diez coronas suecas quiere poner el cartón (1.06€) el ludópata.

Como merendar un rosco relleno es una tradición exportable a otros países, no como matar toros, decidí hacer mi propio roscón. Nunca esperé que tuviera tanto éxito, pues se han ido apuntando al evento mis vecinos, compañeros de trabajo de mi pareja, sus padres con sus respectivas nuevas parejas y, este año, mi hermana, para la cual traer a mis padres era un esfuerzo excesivo pero no el último iPhone. Catorce personas y un bebé. Decir que somos demasiados sería injusto con el bebé. Toca una tarde de soportar que te cuenten cómo pasaron el año nuevo entre oro, champán, purpurina, oseas suecos y menús que se comen con tenedores con diamantes. Recibo un mensaje de Erik, el compañero de trabajo de mi novia que me ha tirado los tejos en dos ocasiones. Dice que se trae a su novio, que es pastelero y le encantaría probar mi roscón. Espera no provocarme celos. Este tío es gilipollas. Creo que la cosa tiene que llegar a su fin.

Espolvoreo azúcar sobre el gigantesco roscón y coloco la fruta escarchada, el haba, la figurita y la crema. Me engaño diciéndome que no sé dónde está el haba y le doy un par de vueltas sin mirar. Los invitados comienzan a llegar a las cinco y media. Bendita puntualidad no mediterránea. Comienzo a preparar café para 5 y chocolate para 8. Mi cuñado dice que esa cerveza negra que me cuesta hora y media de trabajo marida bien con los dulces. Anonadado me hallo.

Cuando sirvo las bebidas me dejan el roscón para que lo parta en trece trozos esperando que fueran iguales. Hago lo que puedo y una compañera de mi novia pide sacarina para su café. Al cogerlo, accidentalmente tira también de una lata de harina que la deja blanca como las aceras. Todos insisten en que se quede, que se duche y se cambie, pero ella rechaza el ofrecimiento. “Claro, estarás incómoda, te das una ducha mejor. Otro día venís, llevaos roscón”. Se marcha a su casa con su pareja, roja de vergüenza mientras la echo como sin querer. Dos menos. Y el bebé.

Comportarme siempre como un perfecto saco de boxeo me ha permitido la confianza justa para repartir el roscón para todos estos suecos inocentes. No funciona con los españoles autoinvitados, que me miran raro hasta que alguien descubrió el haba.

Hace seis meses que sufrí de estreñimiento. Erik me mira y juguetea con la fruta escarchada. ¡Pero si es que encima es feo! El roscón de reyes le gusta a su pareja aunque a él le parece demasiado amargo. Normal. Se va a cagar. Literalmente. A los cinco minutos vuelve sudando. Se excusa y dice que algo de la comida le ha debido de sentar mal. “Todos hemos comido roscón, jaja, no os quiero envenenar, al menos no te ha tocado el haba”. Dos menos.

Mis suegros (el real y el postizo) se desabrochan el primer botón de la camisa mientras miran a sus respectivas parejas con una sonrisa tonta. Las caricias entre los sexagenarios van subiendo de tono, como la sangre a sus mejillas. Esto acelera la merienda pues en seguida me preguntan si tengo champán y, tras el brindis por todos, por la navidad, por la salud y el trabajo, se marchan rápidamente, dispuestos a revivir una pasión azul que creían muerta. Cuatro menos.

Sólo faltan dos compañeros de trabajo, que reciben simultáneamente un correo del jefe requiriendo su presencia. En la empresa han recibido un ataque informático. Nivel usuario, pero un ataque inocuo que sólo les requerirá comprobar que todo está en orden. “Vaya marrón, seguro que no es nada, cuando queráis volved”. Dos menos.

Sólo quedan dos, que no se pueden ir de casa sin pasar excesivo frío y sin mandarlos a un hotel. Recuerdo el bingo que trajo mi cuñado y pienso que el hospital no es tan distinto de un hotel, aquí los recortes no han llegado. Coloco la bolsa con las bolas esparcidas por el suelo, dejando la caja en una posición poco natural en la puerta de mi habitación. Me siento en el sofá. “Cuñado, vamos a jugar a la Play ahora que se han ido todos. Entra en mi habitación que tengo allí el otro mando”. “Ve tú, que yo soy tu invitado”. Voy a mi habitación, esquivo las bolas al entrar y cojo el mando. Pienso que ha sido mala suerte, tendría que pensar cómo echarlo de mi piso. En ese momento, escucho desde el salón “Soy el mando 1, ¿vale?”. Eso sí que no. No puedes colarte en casa de alguien sin avisar, ser un auténtico gorrón y encima querer ser el mando 1. Salgo corriendo de mi habitación y caigo de espaldas. Tras el PAM, el ay, el “jajaja qué haces pringao”, el “no puedo andar”, “vamos a urgencias”, “te llevo a cuestas, cuñado”, “llamo a mis padres y Erik que se acerquen a verte cuando puedan” y, antes de salir, “coge el roscón y nos lo acabamos allí”.

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