viandisto Birdo

La mayoría de personas que viaja en este autobús está esperando un WhatsApp, yo entre ellos. Esa es nuestra esperanza a las doce y media de la noche, todo a lo que aspiramos, todo lo que nuestra intuición alcanza. Porque no intuimos las formas en la noche, los campos de olivo junto a los que pasamos, el individuo que viaja a nuestro lado. Es porque ese individuo es también… Es también como una sombra que proyecta la pantalla del móvil en los umbríos cristales tintados, para que la luz de las estrellas quede atrapada entre los pigmentos de nuestra vanidad. Y es que esos cristales solo dejan patente el egocentrismo y la envidia que vuelve una y otra vez a procesarse en nuestro interior. Porque siempre creemos que nos observan, porque siempre creemos que somos envidiados y que las burlas de otros son una especie de justificación de nuestra magnificencia. Y nada es eso. A algunos les ha gustado mucho reírse, y este ser humano y el mundo que ha dominado a base de maltrato, dan razones sin cesar para descojonarse. Y es cierto que nos observan; o mejor, es cierto que nos espían. Porque lo hacen sin permiso, agitados quizá por un atisbo de ira y con los ojos tapados con las vendas del odio. Pero claro, también nos espían porque queremos, porque necesitamos de alguna manera justificar lo interesantes y diferentes que somos. Nos gusta sabernos espiados al menos en la faceta que nos conviene: en una foto en la que nuestra cara no parece no nuestra cara, y por tanto aparecemos favorecidos. En un idílico lugar que dura no más que un instante y por el que nunca volveremos a pasar. Escribiendo una entrada bochornosa para un blog desconocido mientras nos comemos un puchero… ¿Quién cojones te crees que eres?

Ya no somos protagonistas de nuestras vidas, creo que esa figura se perdió allá por 1816, cuando a algún individuo le dio por fotografiarse. Y para nada estoy en contra de fotografiarse, es lo que único que quedará después de que cesemos, la única replica material de nosotros mismos, o de ese que camina junto a nosotros sin ser nosotros.

No somos el centro de nada ni de nadie, ni si quiera de nuestro propio ego, que se nos escapa. Que va a parar a la boca de cualquiera y se mueve como se mueve el viento, por doquiera, fuera de todo control y de talante. Cínico y resucitado como el dios cristiano, nos impone cómo debemos y cómo no debemos comportarnos. Ojalá el tiempo se hubiera parado justo en el instante en que un hombre decidió obligarnos a vivir a su manera. Ojalá nuestro ego fuera de verdad nuestro ego, y no el de ese que camina a nuestro lado sin llegar nunca a ser nosotros.

Que el autobús llegue al fin a su destino, esa debería ser nuestra esperanza. Y sonreír un poco. O comer puchero.

¿QUIÉN COJONES TE CREES QUE ERES?

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