Lo que surgió de la oscuridad, Parte 1 de 3

El Inspector Jefe de policía entró en el vestíbulo del hospital. Se detuvo un instante para mirar a su alrededor. Observó un reloj colgado en la pared que marcaba las 2:43 de la madrugada y se dirigió hacia el mostrador tras el cual se encontraba una enfermera charlando en voz baja con un policía.

– Señor Inspector Jefe, le estaba esperando –dijo éste incorporándose rápidamente–. Venga, acompáñeme.

Dicho esto comenzó a andar por un pasillo situado a la izquierda de dónde se encontraban. El Inspector Jefe lo siguió. Al igual que el vestíbulo, el pasillo se encontraba vacío. El silencio reinaba en el lugar. Por suerte, no se habían producido un gran número de urgencias nocturnas y, a esa hora, los internos estaban sumidos en un profundo sueño.

Ascendieron varias plantas por una escalera y continuaron recorriendo largos pasillos. Cada cierto tiempo se cruzaban con algún celador, enfermera o médico de guardia. Ninguno parecía saber qué estaba ocurriendo.

– Hemos llegado señor – dijo el policía deteniéndose delante de una puerta.

– Buenas noches, Inspector Jefe Rojas – saludó otro policía que hacía guardia delante de la misma.

Tras el breve saludo sacó un manojo de llaves del bolsillo y abrió. Se trataba de una puerta blanca con un pequeño cartelito a la altura de los ojos sobre el que se leía el número treinta y tres. El policía que había abierto la puerta entró en primer lugar, seguido por Rojas y por el policía que lo había recibido, quién se encargó de cerrar una vez hubieron entrado todos.

Rojas dedicó un segundo a contemplar la habitación y lo que había en ella. En el centro, contra una pared, había una camilla. Sobre ella descansaba recostado en grandes almohadones un joven que no alcanzaba la treintena de edad. A su derecha, una enfermera cerraba un pequeño botecito con sangre de un rojo intenso que habría extraído del paciente momentos antes. Al otro lado, un médico leía detenidamente el informe médico del paciente. Un poco más a la izquierda, bajo una ventana y sentado en un sillón, se encontraba el Oficial de policía Manuel López. Éste, al ver al Inspector Jefe se incorporó rápidamente y se acercó a él tendiéndole la mano.

– Buenas noches, Rojas – dijo López dirigiéndose al inspector –, le estábamos esperando. Venga aquí – le indicó la esquina opuesta de la habitación –. Presumo que ya ha estado en el lugar de… – susurró.

– Sí, de allí vengo – afirmó Rojas imitando el tono de voz de su compañero –, pero preferiría no hablar ahora de los detalles – hizo una pausa y levantó la mirada para observar al paciente. El médico hablaba con la enfermera, quien a continuación se dispuso a abandonar la habitación portando con ella el frasquito de sangre. – Hábleme de él – dijo al fin señalando con un leve movimiento de cabeza.

– Lo trajeron hace una hora. Al parecer lo encontraron en medio del laboratorio gritando, temblando y muerto de miedo. Se lo había hecho encima, había vomitado y se encontraba en un claro estado de shock. Una vez aquí, le administraron varias dosis de calmantes y lo asearon. La enfermera acaba de realizarle una extracción de sangre para analizarla. No sabemos qué pasó, si él hizo lo que se ha encontrado en los laboratorios de la universidad o si fue un mero espectador del horror que tuvo lugar allí. Creo que ya está en condiciones de iniciar una primera fase de interrogatorio. Así que cuando quiera, puede comenzar.

Rojas se acercó al paciente. Éste lo miró inquieto. Pudo comprobar que se encontraba empapado en sudor. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Las pupilas se encontraban muy dilatadas, como si hubiera consumido algún tipo de estupefaciente. Pestañeaba casi compulsivamente y en ocasiones, un espasmo recorría su rostro, dejándole dibujada una expresión terrorífica, mezcla de angustia y pavor.

– ¡Le juro que yo no hice nada de eso! ¡Tiene que creerme! – gritó de repente –. ¡Tiene que creerme! ¡Créame!

Ante el repentino ataque del paciente, el médico lo asió e intentó calmarlo.

– No se preocupe, amigo – respondió Rojas en un tono calmado que intentaba contrarrestar el estado anímico del paciente –. Le creo. Pero necesito que me cuente qué ha ocurrido.

– ¡No puedo! ¡Apareció y…! ¡Ah, dios mío, no puedo, no puedo! – exclamó nervioso. Parecía querer saltar de la camilla e iniciar una huída pero el médico lo agarraba con fuerza.

– Tranquilo. Iremos poco a poco – dijo Rojas apoyando su mano izquierda sobre el hombro derecho del paciente –. Le realizaré algunas preguntas fáciles para conocernos un poco más… – Hizo una pausa –. Mi nombre es Alejandro Rojas. ¿Puede decirme el suyo?

El paciente le miró. Sudaba. Tragó saliva y, algo más calmado, contestó:

– Soy Alberto, Alberto Román Rodríguez.

– ¿Edad?

– Veintiocho

– ¿Eres de Málaga, Alberto? – continuó preguntando Rojas calmadamente.

– Sí, pero no de Málaga capital. Soy de Ronda.

– ¿Vives ahora aquí?

– Vine a Málaga gracias a una beca que me concedió la universidad para desarrollar mi doctorado con el profesor…– Su cara se petrificó y se volvió pálida.

Comenzó a temblar con más virulencia. Rojas debía recuperarlo. No podía permitir que entrase de nuevo en shock.

– Alberto, escúchame. Céntrate en mí y en mi voz. Olvídate de todo lo demás ahora mismo. Estamos aquí, estamos a salvo. No va a pasar nada.

Alberto lo observó fijamente y poco a poco volvió a reducir su ritmo respiratorio.

– Escucha, hijo – hizo una breve pausa para atraer su atención –, sabemos lo que ha ocurrido, pero no cómo ha ocurrido. Necesitamos que nos ilumines un poco, que nos cuentes medianamente lo que sepas o lo que seas capaz de relatarnos ahora. Pero tranquilo, ¿de acuerdo? Aquí estás a salvo.

– ¿No cree que fui yo? – Preguntó Alberto asustado con un hilo de voz.

– No. Es poco probable. – Afirmó con rotundidad el Inspector. – Ahora, explícame en primer lugar qué hacías hace un par de horas en los laboratorios del centro de investigación con el profesor Menéndez González – “Que en paz descanse”, pensó.

_______________

Aproximadamente cincuenta minutos antes, una llamada telefónica inundó el silencio de la noche en la habitación que el Inspector Jefe Alejandro Rojas compartía con su mujer. Ésta se despertó antes que él y comenzó a darle suaves patadas bajo las sábanas para que se despertara y respondiese de una vez a ese teléfono infernal que parecía no parar nunca de sonar. Finalmente, tan rápido como pudo, Alejandro se incorporó y respondió:

– ¿Diga? – Dijo con apenas un hilo de voz.

– Rojas, es urgente. Necesitamos que vengas. Ya.

Quince minutos después, el coche que lo transportaba aparcaba en el Bulevar Louis Pasteur, frente a un edificio blanco que albergaba los Servicios Centrales de Investigación de la Universidad de Málaga. Justo cuando el dígito del minutero del reloj del coche dejó de ser un cuatro para convertirse en un cinco, la policía que conducía se dirigió a él:

– Hemos llegado, Inspector Jefe. Es ahí, en ese edificio. Rodríguez le está esperando en la puerta.

Eran las 2:05, mala hora para andar dando paseos nocturnos. Era hora de descansar en la cama junto a Victoria. Rojas comenzó a andar hacia la entrada del SCAI, donde, tal y como le había dicho la policía que lo condujo hasta allí, Ana Rodríguez le esperaba firme aunque algo pálida. Aún no sabía qué había ocurrido pero sospechaba que no tardaría demasiado en descubrirlo.

Tras saludarse mínimamente, Rodríguez le instó con un gesto a ponerse un traje protector especial. No era el procedimiento habitual pero supuso que, tratándose de un centro de investigación, se habría producido algún accidente biológico. Al entrar al vestíbulo se encontraron con un equipo forense, equipado con la misma indumentaria, que medía niveles de radiación, tomaba muestras o delimitaba posibles pistas. Inmediatamente después, Rodríguez lo condujo hasta la segunda planta y sin mediar más palabra, le indicó la puerta por la que podía pasar. Rojas accedió a la estancia y tras él, Rodríguez.

Estaban en mitad de lo que habría sido un laboratorio tiempo atrás, pero que ahora era algo indescriptible:

Un leve humo blanco inundaba la estancia. Había sangre por todas partes. Demasiada sangre. Como si hubiera estallado una bomba repleta de ella y la hubiera esparcido en todas direcciones. Lo que en su momento habrían sido mesas y bancos de trabajo, ahora no eran más que un conjunto de escombros bañados por una mezcla de fluidos corporales y sustancias químicas. Además, había material de laboratorio, equipamiento técnico y cristales esparcidos por todas partes.

Rojas nunca había visto algo tan extraño, terrorífico y desconcertante. Cuando dio una vuelta por la habitación, Rodríguez se acercó a él para indicarle algo en lo que no había reparado. Con gestos le indicó que mirase hacia arriba y así lo hizo Rojas.

Allí, pegado al techo, entre las lámparas de tubos fluorescentes que colgaban, había una especie de masa pegada, algo que parecían ser restos orgánicos por su forma y textura. Era una masa informe y asquerosa que goteaba sangre.

– Según el registro, aquí trabajaban a esta hora el Profesor Menéndez González con su alumno – comenzó a decir Rodríguez –. El alumno ha sido trasladado al hospital en completo estado de shock. Eso de ahí – dijo señalando el techo –, es el Profesor. O al menos lo que queda de él.

Continuará…

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