Lo que surgió de la oscuridad, Parte 2 de 3

Alberto aún respiraba entrecortadamente, pero parecía algo más relajado y dispuesto a narrar lo que había ocurrido en el laboratorio. Rojas miró discretamente su reloj. Eran las 3:01.

– Hace aproximadamente cuatro meses, inicié mi doctorado sobre el uso de isótopos radiactivos como fuente de energía para dotar a partículas de velocidad igual o cercana a la de la luz. El objetivo era ese: acelerar partículas a 300.000 km/s, la velocidad de la luz, e intentar tele-transportarlas en el espacio y el tiempo. Gracias a una beca de la Universidad de Málaga, pude acceder a sus laboratorios bajo la dirección del Profesor Menéndez González, uno de los mejores físicos nucleares de todo el país con una altísima experiencia en el campo de la investigación. Fue un gran honor para mí trabajar a su lado. – Hizo una pausa. Aún era muy pronto como para olvidar lo que había vivido. Un par de lágrimas brotaron de sus ojos y cayeron por sus mejillas, dejando tras de sí un rastro de sal –. Es que no sé qué diablos ha ocurrido, de verdad ¡¿Cómo ha podido pasar eso?! – Volvió a elevar el tono de voz y a agitarse. El médico y Alejandro intentaron calmarlo.

– Tranquilo Alberto, no te atormentes. Lo estabas haciendo muy bien. Continúa. – Le animó el Inspector.

– Perdón, es que… – tragó saliva, hizo una pausa y retomó su relato –. Llevábamos dos meses preparándonos para esta noche. Habíamos conseguido el material necesario e íbamos a iniciar nuestra primera fase del experimento. Para que pueda entenderlo, digamos que teníamos un generador que producía energía mediante fusión nuclear a pequeña escala, y un cañón de partículas que serían proyectadas con dicha energía a través de un circuito cerrado hasta un receptor situado diez metros más allá, al otro lado del laboratorio. Era peligroso pero lo teníamos todo controlado. El experimento debía hacerse de noche debido al gasto energético que requeríamos y a la posibilidad de que desestabilizáramos la red de consumo eléctrico y afectáramos al normal desarrollo de las demás actividades del centro.

<< Tardamos algo más de tres horas en montarlo y prepararlo todo. Un poco antes de la una y media de la madrugada, iniciamos el experimento. Gran error. Pero cómo íbamos a saber que ocurriría lo que ocurrió. Cómo íbamos a saber que habíamos cometido un fallo tan descomunal en los cálculos. – Guardó silencio de nuevo. Miró sus manos que temblaban ligeramente y cerró los puños con fuerza para poder seguir hablando. – Todo fue bien los tres primeros minutos, mientras el generador comenzaba su trabajo. Después comenzó la proyección de partículas, y ahí, en algún momento, el aparato se desestabilizó. Se produjo algún tipo de fuga, el receptor falló y las partículas comenzaron a proyectarse contra la pared. La temperatura comenzó a elevarse rápidamente. El generador ardía literalmente. Parecía una bomba a punto de estallar. Las luces comenzaron a parpadear hasta que finalmente se apagaron por completo. Sólo funcionaban las luces de emergencia dispuestas sobre las puertas del laboratorio. Se había producido una caída de tensión y todo el barrio se había quedado sin luz, incluidas las farolas de la calle.

El profesor Menéndez estaba muy nervioso. Se vio incapaz de detener el proceso. No había forma de parar el generador. Nos estábamos exponiendo a una radiación muy intensa. No sabíamos qué hacer.

Fue entonces, cuando de la nada, frente a la pared sobre la que se proyectaban las partículas, comenzó a surgir una luz. Un círculo de luz que aumentó y aumentó hasta alcanzar el metro y medio de diámetro. Tanto el profesor como yo estábamos petrificados. Éramos incapaces de explicar ese fenómeno. Sólo observábamos el círculo de luz con los ojos abiertos como platos, muertos de miedo. Pensábamos que se produciría una gran explosión, pero no. Sucedió algo inesperado.

Justo cuando el círculo de luz alcanzó su mayor diámetro, desapareció, sumiendo la habitación en la más profunda oscuridad. Ni siquiera iluminaban ya las luces de emergencia. Ni siquiera entraba luz de la calle. De hecho ni siquiera éramos capaces de ver dónde se encontraba la ventana. Sabía que seguíamos allí porque me moví y palpé una de las mesas del laboratorio. Me separé unos metros del profesor y posiblemente eso fue lo que me salvó.

Permanecimos allí en la oscuridad absoluta aproximadamente diez segundos, hasta que sentimos que algo se movía. Había algo allí con nosotros.Algo había surgido de la oscuridad.

Lo último que hizo el profesor antes de morir fue susurrar mi nombre. Y luego gritar, gritar mucho. Yo me había quedado agazapado en el suelo, sin saber hacia dónde mirar. No sabía qué coño estaba pasando. Los crujidos eran horribles, se escuchaban chirridos y gritos de dolor.

Y entonces lo vi >>.

A esa altura del relato todos estaban en un silencio tenso y expectante. Tanto el médico como López y Rojas esperaron a que Alberto quisiese continuar. Había llegado el momento más difícil y Alberto luchaba en su interior, contra sí mismo, contra sus creencias y contra la evidencia. Secó de su rostro una mezcla de sudor y lágrimas y continuó:

– A pesar de la oscuridad lo vi. No sé bien qué era. No tenía forma conocida. Era una masa oscura y brillante. Parecía que tenía cientos de ojos, bocas y tentáculos. Había cubierto casi toda la habitación. Había elevado y aplastado al profesor contra el techo, y lo estaba consumiendo poco a poco. Parecía como si estuviera exponiendo su cuerpo a un horno al rojo vivo. Su cuerpo se fundía pero no ardía. No había humo. Poco después el profesor dejó de gritar. Ya no le quedaba cara o garganta con la que emitir sonido alguno. Y yo, me desmayé. – Alberto guardó silencio. Si era cierto que había presenciado algo así, su cordura se habría visto gravemente afectada. Todos le miraban con una mezcla de sorpresa e incredulidad, aunque lo que Rojas y el resto de policías habían encontrado en el centro de investigación era una prueba evidente que corroboraba su historia, o al menos parte de ella –. Sé que no era una visión, no era algo en mi mente. Si ha estado allí – dijo mirando a Rojas directamente –, seguro que ha visto lo que queda del profesor con sus propios ojos. No dejó ni sus huesos.

__________

Quince minutos después, el Inspector Jefe Rojas y el Oficial de policía López tomaban en silencio una bebida caliente en una de las salas de descanso habilitadas para los trabajadores del hospital. Había cerca de ellos una pareja de médicos de guardia, hombre y mujer, que dormitaban en sillones aparentemente cómodos.

– No sé qué decirle, Rojas – susurró López finalmente –. Todo es muy inverosímil.

– Lo sé, tienes razón – afirmó el Inspector distraídamente mientras daba vueltas a una cucharilla en el interior de su vaso–, pero usted ha visto igual que yo lo que ha quedado allí. Coincide con la descripción de los sucesos…

En ese momento, entró la enfermera que le había efectuado el análisis de sangre a Alberto, acompañada de otro médico.

– Ya hemos realizado el análisis completo de su sangre – comenzó a explicar el doctor –. Su sistema inmunológico se ha visto seriamente dañado, víctima de una grave infección. Parece como si su interior estuviera desarrollando una lucha encarnizada contra algún patógeno externo. Vamos a proceder a sedarlo, a intentar estabilizarlo y a realizarle más pruebas. Si necesitan algo, estaremos en la habitación treinta y tres. ¿Alguna pregunta? – Hizo una pausa, los miró fijamente a ambos, y ante la ausencia de cuestiones le hizo una señal a la enfermera y se marcharon.

Tanto López como Rojas parecían estar en trance. Todo era muy extraño. Finalmente Rojas habló:

– Dime en qué piensas.

López guardó silencio. Balbuceó. Se detuvo. Se llevó las manos a los ojos y los cerró con fuerza.

– No, es una locura – dijo al fin.

– Dímelo – ordenó tajante Rojas.

– Bueno, no sé, quizás sea una tontería, pero… ¿por qué Alberto no acabó igual que el profesor? Si es verdad lo que ha contado, ¿qué pasó con esa criatura? ¿Dónde está? Y si… ¿y si está en su interior?

– Si crees en algo, reza por que no sea así.

__________

Media hora más tarde abandonaron el hospital dejando a Alberto bajo custodia policial. Iban a descansar algunas horas y a volver al trabajo. A las ocho de la mañana tendrían que estar en comisaría para cumplimentar el informe pertinente y continuar dirigiendo las labores de investigación. Después de lo que había visto y oído, Rojas no sabía si sería capaz de pegar ojo.

A las 4:15 abrió la puerta de su domicilio. Su mujer y sus dos hijas dormían. Entró en su habitación y observó a Victoria, su mujer. Se acercó a ella y la besó en la mejilla antes de comenzar a desvestirse para tomar una ducha relajante.

Cuando abrió la puerta del baño, cargado con una toalla y ropa interior limpia, escuchó algo. Quizás alguna de sus hijas se había levantado por alguna razón, pero decidió asegurarse.

Anduvo despacio por el largo pasillo que conducía hacia el salón y al llegar vio algo que le heló la sangre. La puerta de entrada estaba entreabierta. Había cerrado con llave tras entrar y sus hijas no alcanzaban la cerradura, por lo que sólo quedaba una opción: alguien o algo había entrado en su casa.

Corrió hacia la puerta, la abrió, miró fuera, y al no ver nada, entró y cerró. En su mente sólo había una idea: “proteger a su familia”. Pensó en sacar a sus hijas de la cama, llevarlas con su mujer y dejarlas a todas juntas en un lugar seguro.

Entró en primer lugar en la habitación de su hija menor, Sofía, de cuatro años. Estaba oscuro. Apenas llegaba a percibir su silueta pero parecía dormir profundamente. Se arrodilló ante ella para despertarla con cariño y de repente, lo que parecía su hija se convirtió en un hombre de cara arrugada y de profundas facciones. El extraño le agarró fuertemente del cuello con una velocidad que no le dejó tiempo de reacción y lo inmovilizó.

– Ya está aquí… usted lo ha visto… usted lo sabe… – susurró el intruso –, ellos abrieron la puerta a su mundo y lo dejaron entrar… – parecía respirar con dificultad y hablaba a un ritmo extremadamente lento. Su voz sonaba entrecortada y su aliento podrido provocaba arcadas –. Todos corréis un grave peligro…

Rojas no podía moverse o articular palabra. Tenía demasiadas preguntas en la cabeza. El extraño de cara arrugada acercó su boca a la oreja del Inspector y a un ritmo aún más lento que el habitual, le dedicó unas últimas palabras:

– No deberías haber abandonado al huésped…

Dicho esto el extraño lo soltó, saltó ágilmente de la cama y salió corriendo. Rojas permaneció aturdido en el suelo. La mano del hombre de cara arrugada se había apretado demasiado alrededor de su cuello. Cuando pudo levantarse, corrió hacia la puerta principal y se cercioró de que el intruso había huido. Por suerte, pudo comprobar inmediatamente después que su hija menor dormía junto a Sara, la mayor, en la habitación de ésta.

Una vez hubo mandado a su mujer y sus hijas a casa de su cuñada, lejos de allí, para ponerlas a salvo, se vistió de nuevo, se colocó su abrigo y antes de salir cogió la pistola, que no solía llevar encima.

Mientras bajaba a la calle a por su coche llamó a López, el Oficial de Policía. Por su voz pudo deducir que no había tenido ningún incidente al llegar a casa y que incluso había conseguido conciliar el sueño.

– Al hospital. Ya. – Dijo Rojas rotundamente, sin opción a réplica.

Veinte minutos después, López y Rojas se encontraron de nuevo en el vestíbulo. El Oficial no hizo ninguna pregunta a su superior, sino que lo siguió cuando éste comenzó a andar camino de la habitación 33.

Continuará…

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