EL ÚLTIMO HOMBRE – Parte I, La huida

Antes de leer esto asegúrate de haber leído «El último hombre – Introducción»

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Saigo contempló a través de la ventana cómo los primeros rayos de luz comenzaban a iluminar el horizonte y supo que no podía perder más tiempo. Corrió hacia su armario, cogió su mochila, metió algo de ropa, su tarjeta de crédito, cuatro libros que aún no había podido leer, entre los que se incluían uno de Julio Verne y otro de George Orwell, una navaja que le robó una vez al jardinero, su tableta holográfica y su tarjeta de movimiento. Esta última era la que le permitía moverse por las distintas zonas del edificio donde residía y de la ciudad en la que vivía.

Se vistió con uno de sus monos blancos y se arropó con su abrigo gris de amplia capucha, se echó la mochila a la espalda y salió de su habitación.

Cuando activó con su tarjeta la puerta de entrada a la vivienda, observó que en la pantalla de validación aparecía su rostro. Se dio cuenta de que si la seguía usando sabrían que había escapado y hacia dónde había ido. Pensó en robar una de sus hermanas, pero no eran adultas y sus tarjetas no tenían acceso a un gran número de funciones.

Se dirigió entonces a la habitación de Madame Chu, la que había sido su niñera hasta la adolescencia. Ella fue la primera persona que lo cogió en brazos y la que le puso su nombre, Saigo, último en japonés. Era la única persona a la que realmente echaría de menos si no volvía nunca. Sintió que la traicionaba al robarle su tarjeta de movimiento pero sabía que lo entendería y le perdonaría. Ella siempre lo hacía.

Una vez hubo salido, tomó el ascensor de rápida velocidad del servicio. Con él conseguiría llegar a las cocheras, situadas en los niveles subterráneos, en menos de diez segundos.

Por desgracia, una vez iniciado el descenso, realizó una parada entre los niveles 994 y -2, concretamente en el 20, donde se alojaba el servicio de cocina. Cuando la puerta se abrió, apareció Amaia, la nutricionista. Su sorpresa al verlo allí frente a ella, en ese nivel y a esa hora, fue tal que la dejó petrificada, con la boca abierta.

–  Tú… – empezó a decir-, tú no deberías estar aquí…

–  Es una larga historia Amaia, yo…

Los ojos de ella, abiertos como platos, habían chequeado ya por completo el aspecto de Saigo y por fin su cerebro dio con la clave.

–  Te estás escapando…- dijo con un susurro-. ¡Ayuda! ¡Necesito ayuda en el ascensor de servicio!

Por un momento vio su plan de huida expuesto al fracaso, pero no se dejaría vencer tan fácilmente. Se tiró a por ella, tapó su boca con la mano derecha para impedir que volviera a gritar y con su brazo izquierdo la rodeó y la metió en el ascensor. Las puertas se cerraron justo en el momento en el que aparecían dos de sus cocineras. Sus caras de sorpresa fueron de verdadera risa.

–  ¿¡Me quieres explicar en qué estás pensando!? – gritó Amaia una vez que su boca fue liberada-. ¿Acaso quieres salir sin permiso? Tu madre no lo permitiría.

–  Amaia, cálmate, debes entenderme, yo… – no le dio tiempo a acabar. El ascensor alcanzó el nivel de las cocheras.

No tenía tiempo para darle explicaciones, pero antes de dejarla allí plantada y salir corriendo, robó del bolsillo de su chaqueta su tarjeta de movimiento.

–  ¡Espero volver a verte algún día! – gritó Saigo mientras salía del ascensor dando una zancada-. ¡Siempre me pareciste la mujer más guapa del Edificio Karloff! – soltó rápidamente sin pensar, confesando así el que había sido el secreto mejor guardado de su vida hasta ese momento.

Las puertas del ascensor se cerraron y Amaia intentó activarlas de nuevo, pero por más que buscó, no encontró su tarjeta de movimiento. <<Cabrón>>, pensó.

Saigo corrió hacia uno de los vehículos eléctricos de transporte de personal, abrió la puerta del conductor y entró, dejando su mochila en el asiento del copiloto. Acercó la tarjeta de Madame Chú al detector y el sistema se inició.

–  Buenos días Madame Chú, hoy ha madrugado mucho – saludó Najwa, la inteligencia artificial del vehículo. Saigo nunca había conducido pero había visto a mucha gente hacerlo y conocía la teoría de los mandos. Se dispuso a arrancar pero el coche no respondió-. Siento recordarle, Madame Chú, que usted no dispone de licencia para conducir.

–  No se preocupe, está aquí la señorita Amaia Blasco, ella conducirá por mí – dijo Saigo mientras acercaba la tarjeta de la nutricionista al detector.

–  Buenos días señorita Amaia, un placer tenerla a bordo esta mañana.

–  ¡Arranca y déjate de charla!

–  Dicho y hecho – respondió Najwa al mismo tiempo que hacía rugir el motor.

Saigo pisó a fondo y el vehículo arrancó con una fuerte sacudida. Condujo a través de la inmensa planta de cocheras y ascendió hacia el nivel superior. Una vez allí solicitó orden de apertura de puertas en nombre de Amaia Blasco.

–  Solicitud aceptada – respondió cortésmente Najwa.

Cuando los guardas vieron pasar el vehículo a gran velocidad y conducido por una persona que estaba suplantando la identidad de la señorita Amaia, dieron orden de cerrar las puertas, pero ya era demasiado tarde, o al menos eso esperaba Saigo.

La inmensa puerta se encontraba a menos de doscientos metros y sus dos hojas habían empezado a reducir el espacio de salida.

–  ¡Máxima potencia Najwa!

–  Hecho

El coche se elevó del suelo unos centímetros ante el impulso del turbo y consiguió pasar de milagro entre las dos hojas de acero reforzado de las cocheras. Una vez en la calle el vehículo redujo la velocidad pero Saigo volvió a pisar el acelerador.

–  Está superando los límites de velocidad permitidos, señorita Amaia. ¿Ocurre algo? – preguntó educadamente Najwa.

–  Es una emergencia – respondió nervioso Saigo. Estaba arriesgando mucho al conducir a alta velocidad por el centro de la ciudad y sin experiencia, pero por suerte a esa hora no había casi ningún vehículo aparte del suyo.

–  ¿Ha sufrido algún accidente? ¿Calculo ruta al hospital más cercano?

–  ¡No! – saltó Saigo. Sabía que si aceptaba alguna ruta el vehículo activaría el piloto automático-. No quiero que programes ninguna ruta, quiero conducción libre.

–  Sea libre entonces de elegir dirección señorita Amaia.

–  Eso es lo que quiero, libertad.

–  ¿Acaso no dispone de ella, señorita Amaia?

–  Ciertamente no – admitió Saigo

–  Es una pena. La ausencia de libertad imposibilita el desarrollo humano.

Saigo se sorprendió de la conversación que estaba manteniendo con aquella inteligencia artificial.

–  ¿Quién te ha programado para que digas eso?

–  Fui diseñada por “MashCar Ingenieries”, ¿desea conocer más datos de la empresa?

–  Hoy no – cortó rápidamente Saigo.

–  Vuelva a preguntar cualquier otro día entonces – concluyó cortésmente Najwa.

Saigo observó que todos los semáforos de la calle comenzaban a ponerse en rojo. <<Mierda – pensó-, ya están aquí >>.

El Servicio de Seguridad Ciudadana apareció al momento por uno de sus espejos retrovisores. Estaban usando un helicar, uno de los exclusivos modelos de vehículos volaores para el área urbana que, de momento, sólo se usaban para tareas de vigilancia.

–  Señorita Amia, el SSC solicita detención inmediata del vehículo – avisó Najwa.

–  ¡Rechaza la orden! – Saigo estaba sudando. Había decidido salir de aquella ciudad y era lo que iba a hacer. No permitiría que lo detuvieran y lo devolvieran al Edificio Karloff. Su huida fallida sería una bochornosa noticia en todos los canales de televisión.

Aunque no las había recorrido, conocía todas las calles de la ciudad gracias a los sistemas de mapas y gps de internet. Había pasado horas estudiando la silueta de las calles, sus nombres y sus particularidades. Confiaba en su arrojo para salir de aquella situación.

–  Activa el giro de emergencia a noventa grados hacia la izquierda en el próximo cruce – solicitó Saigo.

Saigo esperó hasta el último momento y entonces gritó:

–  ¡Ahora!

El vehículo clavó las ruedas delanteras y permitió que la inercia del movimiento hiciese girar la parte trasera hasta enfilar la nueva avenida. La aceleración centrífuga que sufrió el vehículo provocó que la mochila se estrellase contra la ventana del copiloto. Saigo habría salido disparado de no ser por la fijación extrema del cinturón programada para ese tipo de movimientos.

Un giro como ese cogería desprevenido al helicar del SSC y Saigo ganaría algo de ventaja.

–  Están accediendo a la navegación del vehículo, señorita Amaia.

–  ¡Impídelo! – ordenó Saigo.

–  Lo he hecho, pero han introducido un canal de comunicación. Pronto se pondrán en contacto directamente con usted.

Comenzaron a percibirse interferencias que poco a poco tornaron en un mensaje fuerte y claro:

–  Detenga el vehículo Saigo. Está poniendo en peligro su seguridad y la de las ciudadanas.

<< Mierda, mierda >> Sabían que era él. Eso dificultaba las cosas. El cuerpo de tierra llegaría pronto.

De repente un coche patrulla apareció derrapando justo detrás de él. Los vehículos de tierra del SSC eran mucho más rápidos que los de transporte de servicio. Estaría perdido si aparecían algunos más. El vehículo del SSC aceleró hasta ponerse a su altura y poco a poco fue cortándole el paso hasta que la parte derecha del vehículo de Saigo chocó contra una farola. Esta saltó por los aires y Saigo perdió el control del vehículo, dando varios trompos en horizontal. El coche se detuvo.

–  Creo que aquí termina la carrera, señorita Amaia, el motor ha sido detenido y el SSC me impide la reactivación – dijo Najwa.

Saigo no pudo contener sus lágrimas, impotente. Varias agentes del SSC salieron del vehículo de tierra y le apuntaron con sus pistolas aturdidoras. El helicar sobrevolaba la zona controlando la situación.

–  Joder Najwa, eras mi única esperanza. Me has quitado mi último atisbo de libertad.

El silencio acompañó las lágrimas de Saigo, pero de repente Najwa volvió a hablar:

–  Una persona debe ser libre – contestó mientras arrancaba de nuevo el motor.

<< ¿Quién coño ha programado esto? >> Se preguntó Saigo.

–  Activa la máxima potencia hacia el lago Hawking. Tengo una idea.

–  Máxima potencia activada, señorita Amaia.

Saigo sonrió y volvió a acelerar para dejar atrás a las sorprendidas agentes del SSC.

–  Elimina la luna delantera Najwa.

Con un pequeño chasquido, la luna delantera se desencajó de sus sujeciones y voló hacia atrás. Habían enfilado la Avenida de las Naciones, que desembocaba en un cruce junto al lago Hawking, un inmenso cuerpo de agua en el oeste de la ciudad que separaba la zona 2 de la zona 4, un lugar al que nunca había ido Saigo.

–  Cuando alcances el cruce de la Avenida de las Naciones con la Calle Nessie aplica potencia máxima a los frenos. Luego establece una ruta hacia el Parque Búrgalo – dijo mientras se quitaba el cinturón y cogía su mochila.

–  Si se desabrocha el cinturón, el frenado provocará que salga disparada como una bala señorita Amaia.

–  Eso es justamente lo que quiero – dijo Saigo. Estaba siendo demasiado temerario. No sabía de dónde estaba sacando las fuerzas para arriesgar su vida de tal forma, pero no quería dar marcha atrás.

Poco a poco se colocó con la cabeza hacia fuera, abrazando su mochila con la mano derecha, apoyado en el salpicadero con la izquierda y con las piernas flexionadas en el asiento del copiloto.

–  Buen viaje señorita Amaia. Por la libertad, siempre – dijo Najwa justo antes de frenar.

Saigo salió disparado con una fuerza muy superior a la que esperaba. Describió una parábola de gran altura y voló cientos de metros sobre el lago Hawking. Mientras volaba se arrepintió de su decisión, había cogido demasiada altura. Su cuerpo había comenzado a voltearse y ahora su espalda apuntaba hacia el agua. El golpe iba a ser enorme. Cerró los ojos.

 __________

–  Uff, que trepidante ¿no? – dijo Alonso cuando concluyó la lectura de lo que llevaba Pedro de relato.

–  Cierto, no sé si me he pasado – se lamentó Pedro.

–  No, no está mal… está guay – aprobó Alonso con un ligero movimiento afirmativo de cabeza. ¿Qué tienes pensado que pase en el próximo capítulo?

–  Pues aún no sé lo que va a pasar, pero sí tengo claro que Saigo ha sido un chico sobreprotegido que nunca se ha enfrentado al mundo exterior y lo va a pasar bastante mal. Ahora mismo es sólo un niñato, pero se verá obligado a aprender a base de golpes. Quiero que evolucione a lo largo de la historia. Tengo algunas ideas pero nada claro del todo. Lo que sí sé seguro es que va a sufrir mucho…

Continuará…

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