EL ÚLTIMO HOMBRE – Parte IV, Desolación

–  ¿Y ahora qué? – preguntó Rubén tras dar un sorbo a su café bombón. Pedro, Marcos y Alonso compartían mesa con él en la terraza de “La marisma”, un apacible café cercano al paseo marítimo.

–  ¿Qué de qué? – Preguntó Pedro haciéndose el sueco.

–  Pues qué va a ser, tu historia, “el último hombre” – contestó Rubén-. Has llegado a un punto de inflexión, tu personaje ha vivido un incidente fuerte y la historia ha alcanzado una nueva escala. Ahora, ¿qué es lo que va a pasar?

–  Pues no lo sé la verdad. Creo que se me está yendo de las manos – confesó Pedro con aire distraído mientras se centraba en doblar una y otra vez el sobrecito de azúcar vacío.

–  ¿Sabes hasta dónde quieres llegar? ¿Cuántas partes va a tener esta historia? – Intervino Marcos.

–  Pues no lo había pensado mucho. Empecé a escribir y publicar directamente.

–  Tio – intervino Alonso-, lo malo de publicar muchas partes es que poco a poco la gente empieza a seguir menos lo que escribes, y si alguien nuevo entra al blog quizás no se anime a leer un relato que ya va por su trigésimo cuarto capítulo.

–  A no ser que seas un friki como Rubén – bromeó Marcos, quien acto seguido recibió una patada bajo la mesa por parte del susodicho.

–  Yo creo – continuó Alonso-, que una fórmula que siempre funciona es un relato no excesivamente largo, que tengas completamente acabado y que puedas dividir en tres, cuatro o cinco partes, publicándolo como “parte 1 de 4” o “parte 3 de 4”, así la gente sabrá que hay un final y que la historia está cerrada.

–  A no ser que dejes un final abierto de mierda como hiciste la última vez – le increpó Marcos-, que ni era final ni era nada. Valiente truño.

–  Joder Marcos, no te pases – dijo Rubén defendiendo a Pedro-, era original.

–  ¡Original mis cojones! – se quejó Marcos-. El final de “Perdidos” a su lado era una maravilla.

–  Pues a mí me gustó el final de “Perdidos” – se atrevió a decir Rubén.

–  Claro, porque en tu cabeza en vez de cerebro tienes serrín.

–  ¿Pero quién coño ha invitado a este tio? – bromeó Pedro refiriéndose a Marcos-, ¡Camarero! ¡Llévenselo de aquí! – dijo haciendo como que llamaba a alguien mientras señalaba a su amigo-. En fin, volviendo al tema, tenía pensado contar como Saigo continuaba su camino por el túnel de alcantarillado, alcanzando finalmente un tren de reparto de mercancías subterráneo, en el que se colaba para salir de la ciudad.

–  Sí pero, ¿se va a ir así sin más? – preguntó Antonio-. Joder, que acaban de matar a su novia.

–  No es su novia – le corrigió Rubén-. Además ella le utilizó y él la odia por eso, aunque sí es cierto que verla morir así lo ha tenido que dejar muy tocado.

–  Lo cierto es que no quiero contar una serie de sucesos sin más – aclaró Pedro-. No quiero escribir una historia vacía y para evitarlo creo que debería dedicar algo de tiempo a hablar de lo que la muerte de Alice le supuso y de cómo se siente después de ello. Ha sido algo traumático…

 

Saigo abrió los ojos. Se había dormido abrazado al cuerpo frío de Alice. Ya no era capaz de derramar ni una sola lágrima más. Había llorado demasiado. Se sentía más sólo que nunca, expuesto a una situación que no era capaz de afrontar. Ahora se daba cuenta de lo débil que era. Se maldijo por haber huido, por haber sido un irresponsable. ¿Podría dar marcha atrás y recuperar su vida normal como si nada de aquello hubiera sucedido?

A pesar de no haber pasado más de cuarenta y ocho horas desde que escapase del edificio Karloff le parecía como si hubieran sido semanas o incluso meses. Había sido obligado a aprender una lección de la peor forma posible. Aún era sólo un niño. Un niño estúpido, engreído e insensato.

<< ¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah!!!>> Gritó todo lo fuerte que pudo para sofocar su rabia y su dolor. Gritó y maldijo hasta que su garganta no pudo más y se quedó contemplando el rostro de Alice, aún en sus brazos. Había bajado con delicadeza sus párpados y ahora añoraba el brillo verde de sus ojos. Sus labios, otrora rojos y cálidos, habían perdido todo el color y el calor que una vez tuvieran, pero los besó una última vez antes de dejarla suavemente sobre el suelo frío.

Ante él tenía la posibilidad de huir e irse lejos como tanto había deseado pero, ¿qué pasaría si lo hacía? ¿Qué pasaría con los cuerpos de Madame Fat y Alice? ¿Debía denunciar sus asesinatos? No, no tendría sentido. Nadie le creería si no había más testigos que la capitana Matt, cuya posición y jerarquía harían prevalecer su versión de los hechos por encima de la de él. En un juicio Saigo acabaría siendo vapuleado, considerado un criminal y juzgado como tal. Pero si se marchaba el resultado sería el mismo. Su huida sería considerada como la confesión de su crimen. Se convertiría en asesino y fugitivo.

Se imaginó en su cabeza las declaraciones de la Capitana Matt ante la justicia: “Éste joven desalmado no es más que el fiel reflejo de la crueldad masculina que ha lacrado nuestra existencia durante tantos años. Huyó del hogar familiar donde era querido y protegido, guiado por sus instintos más salvajes y animales, y se aprovechó de la debilidad de una anciana, matándola para posteriormente violar a su nieta. Cuando lo encontramos e intentamos detenerlo, logró hacerse con mi arma y amenazó con matar a la joven Alice que lloraba desconsolada. Tratamos de hacerle entrar en razón pero no quiso dialogar y ante nuestra tímida insistencia apretó el gatillo, acabando así con la vida de la joven. ¿Acaso queremos que estas conductas vuelvan a repetirse? Los hombres tuvieron su momento. Pongamos fin a una era de dominación, abuso y crueldad”. Unas palabras así serían aplaudidas por la mayoría del jurado que le condenaría a muerte o lo recluiría de por vida.

Estaba claro que si la capitana Matt le había dejado marchar no era un gesto de buena voluntad. Había empeorado enormemente la situación de Saigo. Era un animal acorralado.

Paralizado y ensimismado por el miedo, tardó en darse cuenta de que alguien había entrado en la casa. Comenzó a escuchar pasos provenientes de la planta superior. Eran varias personas. Una de ellas parecía estar dando indicaciones a las demás.

Fustigado por el peligro inminente, Saigo miró a Alice por última vez, dirigió su mirada hacia las profundidades del túnel que se abría ante él y corrió para alejarse de allí. No quería plantearse si aquello era o no lo correcto, sólo quería huir.

Continuará…

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