EL ÚLTIMO HOMBRE – Parte V, Luz al final del tunel

Enseguida comenzó a oír el murmullo del agua. El olor comenzó a hacerse insoportable. Poco después su túnel desembocó en un gran canal por el que circulaba un torrente de aguas fecales. A cada lado había un pequeño paso para operaciones de mantenimiento. Tomó el que comenzaba delante de él y siguió el curso del agua intentando no perder el equilibrio. Recibir un baño de aguas olorosas no era una idea que le motivara demasiado.

Conforme caminaba iba barajando las distintas posibilidades que se presentaban ante él. Aquél canal acabaría desembocando en la depuradora, pero probablemente mandarían un efectivo del SSC para esperarle cuando saliera a la superficie. La mejor idea sería la de efectuar algún movimiento sorpresa, algo que les pillase desprevenidos.

Tras un rato caminando comenzó a inspeccionar los túneles que se abrían en la pared, similares al que él había usado para llegar hasta allí.

En uno de ellos percibió fuertes vibraciones que provenían de zonas superiores. Se trataba de los trenes subterráneos de servicio. Podía ser alguno de pasajeros o de mercancías. Quizás podría acceder a alguno de ellos y usarlo para acercarse aún más al borde de la ciudad o incluso alejarse de ella.

Ese pasadizo en el que se había adentrado era más largo de lo habitual. En realidad nada le aseguraba que al llegar al final de dicho pasadizo existiría una salida que pudiera atravesar, pero debía arriesgarse.

Poco después comprobó desanimado que aquél túnel acababa en una pared. No tenía salida. No entendía qué sentido tenía aquello.

Un ruido procedente de un tren en marcha le hizo darse cuenta que sobre él, había una tapa de alcantarillado, y que sobre la pared, había algunos escalones de metal.

Usó los escalones para ascender hasta la tapa, retirarla y salir al exterior. Estaba en medio de unas antiguas vías que comenzaron a vibrar enormemente. Un tren se acercaba. No tuvo tiempo de inspeccionar los alrededores para saber si existía algún recodo en el que pudiera esconderse para que no lo atropellaran, así que, cuando vio aparecer un tren a lo lejos saltó rápidamente al interior del pasadizo. El golpe contra el suelo fue contundente y se dobló uno de los tobillos al caer.

Por un momento se asustó ante la posibilidad de haber sufrido algún tipo de esguince, pero se tranquilizó al comprobar que, aparte de un ligero dolor por el golpe, podía seguir caminando perfectamente.

Una vez que el tren hubo pasado por encima de él, volvió a ascender y comenzó a correr a paso ligero en en la misma dirección.

Algunos minutos después llegó a una dársena de intercambio. El tren que había visto pasar era un tren de mercancías encargado de introducir material de todo tipo en la ciudad. Esos trenes salían de la ciudad y llegaban hasta las estaciones de acopio. Si podía montarse en él sin que lo supieran, podría viajar como polizón y salir de una vez por todas de esa jungla de cemento en la que habitaba.

Vio a algunas operarias descargando el material y decidió probar suerte por la cara opuesta del vehículo.

Todos los vagones estaban herméticamente cerrados y no había ningún tipo de protuberancia en la que pudiera agarrarse. En esos trenes, la única estancia habitable era la cabina de la maquinista, y allí era donde debería dirigirse él.

Tras vigilar pacientemente en la sombra, actuó en un momento en el que pensó que no sería visto por nadie, y con agilidad salió de las vías y entró en la cabina de la maquinista. No era muy grande, pero estaba mal iluminado. Se ocultó en una esquina con la esperanza de que, cuando fuera notada su presencia, el tren ya hubiera arrancado y tuviera tiempo de hablar con la maquinista para convencerla. U obligarla si se daba el caso.

Cuando la maquinista regresó a la cabina, no se percató de su presencia como había esperado. Activó los controles e hizo andar el tren.

–  Si sigues mis indicaciones nadie saldrá herido – dijo Saigo rodeándole el cuello con el brazo desde atrás.

La maquinista se llevó un gran susto y tardó en articular alguna palabra con sentido.

–  No te preocupes, no quiero hacerte ningún daño, pero tampoco quiero que me lo hagas tú a mí, o que actúes como no deberías hacerlo.

–  ¿Qué quieres? ¿Quién eres? – preguntó la mujer asustada-. Esa voz… no, no puede ser…

–  Sí, lo es, soy Saigo – afirmó.

–  ¿Saigo? ¿El último hombre? ¿Pero qué…? ¿Cómo…?

–  Sí, lo sé – habló él ante la imposibilidad de la mujer por efectuar una pregunta-. Es extraño e inusual que yo esté aquí, pero quiero salir de la ciudad y creo que tú podrías ayudarme. ¿En qué dirección va este tren?

–  Estamos yendo hacia el sur, Saigo – contestó ella después de dudar varias veces -. Estamos pasando bajo la Zona 5 ahora mismo.

–  Entonces debe faltar poco para salir de la ciudad en dirección a las factorías de acopio, ¿verdad?

–  Sí, tan sólo queda una parada – contestó ella reafirmando sus pensamientos.

–  ¿Una parada? Vaya… – eso expondría de nuevo a Saigo. ¿Cómo podía hacer para evitar que aquella mujer le traicionara?- ¿Qué podría hacer para saber que puedo confiar en ti?

–  Puedes confiar en mí – respondió rápidamente la maquinista-. No haré nada que no quieras que haga, pero suéltame por favor.

–  Vale, tranquila, te soltaré para que te sientas más cómoda, pero por favor no intentes activar algún mecanismo de emergencia.

Saigo la liberó y la maquinista se llevó una mano al cuello. No podía soltar las dos manos a la vez de los mandos, así que Saigo se situó en una zona donde pudieran hablar cara a cara sin necesidad de hacerlo.

–  ¡Es cierto que eres tú! – exclamó ella-. No me lo puedo creer. ¿Por qué quieres escapar? Cualquier desearía poder vivir allí arriba, en la zona alta, con el nivel de vida del que dispones.

–  Te equivocas – contestó Saigo furioso-. No tengo libertad. En mis casi dieciséis años de vida sólo he recibido mentiras por todas partes. Mi historia es una farsa televisada. Estoy harto.

–  Mejor eso que estar obligada a trabajar horas y horas por un salario mínimo, obligada a vivir en la Zona 5 rodeada de miseria.

–  No puedes entenderme – se lamentó Saigo. Por un momento se planteó que toda aquella huida fuera una idea inconsciente fruto de una pataleta infantil o de la rebeldía adolescente. No, no podía pensar eso. Él no era libre, quería su libertad, aunque para alcanzarla debiera pagar con sudor y sangre.

Ambos guardaron silencio. El hecho de que no le mencionase nada sobre su supuesto crimen lo tranquilizó. Quizás aún no se había publicado ninguna noticia sobre ello.

–  Estamos llegando a la próxima parada.

–  ¿Qué tendrás que hacer? – preguntó Saigo nervioso.

–  Mientras las operarias descargan yo llevaré la ficha de registro hasta la oficina para que me la sellen, esperaré a que se haya completado la transferencia y volveré a la cabina.

–  ¿Cuánto tiempo te llevará eso?

–  Generalmente no suele llevar más de diez minutos…

–  Que sean diez – le interrumpió él-. Ni un minuto más. No quiero que me traiciones. Como empiece a observar algún movimiento extraño correré a por ti y te haré desear no haberme traicionado nunca. Si tardas más de diez minutos supondré que me has traicionado, así que ya sabes.

–  Bueno, bueno, relájate. Ya te he dicho que no te voy a traicionar – respondió ella visiblemente molesta.

El tren se detuvo y todo comenzó a ocurrir tal y como ella había dicho. Saigo esperaba en una esquina de la cabina, en cuclillas, controlando el tiempo con el reloj de su tableta.

La espera se hacía eterna. Comenzó a impacientarse. Nervioso comenzó a levantarse para mirar al exterior. Divisó a las operarias descargando y buscó el lugar donde estaría la oficina. Vio a la maquinista aparecer en la puerta y mirar en su dirección. Luego volvió a entrar. Se temió lo peor.

Varias horas antes había sido cruelmente engañado. Había aprendido de la forma más dura en que podía hacerlo, y ahora, no se fiaba de nada ni de nadie.

Tomó entonces una decisión. Se acercó a los mandos y los observó. Había una palanca para aumentar y disminuir velocidad. Era la que ella había mantenido durante el viaje. Puede que fuera lo único que necesitaba para arrancar.

Sin esperar más decidió probar, empujó la palanca hacia delante y el tren comenzó a acelerarse. Una de las operarias que había entrado en un vagón, corrió a saltar sobre la dársena cuando vio que el tren se ponía en movimiento, al mismo tiempo que las demás comenzaban a gritar. La maquinista salió de la oficina acompañada de otras trabajadoras, pero ya era demasiado tarde.

Saigo se alejó de allí y mantuvo una velocidad media alta. Varios minutos más tarde comenzó a percibir luz natural y poco después salió de un túnel hacia la superficie. Se asomó a la puerta de la cabina y miró atrás. Jamás en su vida había tenido esa perspectiva de la ciudad. Por fin estaba fuera.

Continuará…

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