Hymn

Al margen de lo tangible desea evaporarse. Mira a sus ojos y murmura. Fuerte, aprieta los molares y caninos. Deja escapar el fuego. Cruje, duele, hierve. Próximo al más dramático movimiento: el alarido final. Rememora el error que como mortal en carne sufre. Corruptor de infancias y creador de tragedia, es la hora del castigo. Espira e inspira. Yace desplomado, paralelo a la linea del mundo. Tiembla, sufre, llora. Ahora frío. Crudo arrepentimiento que ante la dura amenaza se hace fuerte; e inexistente ante la débil. Cara a cara con ella, su muñeca. Y como tal, usada. Ojos blancos en la oscuridad que arrastran tragedia a sus espaldas. Grandes perlas, reflejan un rostro senil aullando de dolor en la noche. Sangre, huesos, tendones. Contundente y afilado, atraviesa la barrera de la piel, liberando a la sangre de su esclavitud. El calor del hogar se esfuma. Humo, cenizas, muerte. No más festejos; no más máscaras en las sombras.

cabana (2)

Los bosques conocen el silencio. Los lobos reclaman justicia a la luna. Ausencia de luz, primigenia. Hasta que el último grano de arena caiga al vacío, hoy el reino de la ira triunfa en los corazones rotos. El cuerpo yacente es culpable y por ello moribundo. La presencia de la guadaña oscura es palpable en su piel, en sus ojos, no es imposible. Una última captura, brinda una mirada a su verdugo. “¡Hazlo! Haz que oiga tu lamento”.

“Cruel natura, ¿cómo permites la libre condena de almas con tales monstruos? Monstruos como ella. Monstruos como yo, perdón. Lloro. No puedo más que llorar. Y condenar al tiempo, y condenar al fuego, y condenarme a mí, y condenarla a ella.

Fui un mero intruso en sus entrañas, nunca su dueño. Soy la llama que abrasó su alma. No merezco perdón alguno. Ni negociar con la muerte siquiera. Aceptaré mi destino, asunto ahora de los dioses.

Ningún ángel puede salvarme de esta criatura de la noche. Y mi deber, como vil pastor y despreciable creador, es perecer. Tarde para el lamento, para el honor, para la compasión y para la paz. Hazme desaparecer. Hasta al verde que me rodea le hiere mi existencia.

Y ahora miro su figura.

Por esos largos cabellos de seda corre el fluido de la ira. Esos perfectos senos clavan su estandarte en mi pupila. Esas infinitas piernas que pisan mi sangre, ya no son de mi muñeca. Esa faz oscura que me apuñala, ya no es lo que era.

Dios mío, ¿qué he hecho?

¿Esta es mi huella en el mundo?

¿Esta es mi semilla?

¿Qué hice?

Ponme fin.”

Obligatoria la espera. Necesario el lamento. Recreación, tortura, satisfacción. Ella: indomable y silenciosa. Cayó la última lágrima al rojizo río. Colmado, hundido y húmedo. Una fina capa de sangre cubre la madera donde su espalda toca. Nunca antes, golpe de gracia tan gracioso. Metal, óxido, piedra, nieve. Vieja casa rural de la montaña. El crimen, y el crimen que lo sucedió. Pedofilia y homicidio. Desorden y destrozos que la luna llena deja ver. Al fin un golpe. Crujido. Sangre. Venganza. Un corazón deja de latir. Adiós. “No hay dioses para ti, padre”.

Alguien más respira. Paredes atrás, observa el subconsciente. Sueño que habita un cuerpo. Pequeño cuerpo, cómodo entre nubes, donde afloran sus temores. Olor a cenizas y sangre, frío de la nieve nocturna que invade su organismo en trance. Algo siente. Corre sangre por sus venas. Monstruosa sangre, la que más. La semilla del mal duerme.

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