De mayor, superhéroe.

Una toalla atada al cuello, un puño hacia delante y un salto hacia algún sofá o colchón. Tomar unos rotuladores a modo de garras de Lobezno o unas gafas de sol para convertirte de inmediato en Cíclope.

Cuando somos niños soñamos con tener superpoderes o recibir una carta de Hogwarts (yo la sigo esperando con ansiedad). Queremos salvar la ciudad de aquel profesor terrorífico o simplemente estar tumbados con aquella persona, mirando las estrellas, sobre una telaraña.

Sin embargo cuando crecemos estos sueños se desvanecen como El Rondador Nocturno, pero sin humo azul violeta. Quizás estos deseos desaparezcan como resultado del terrible proceso de maduración que sufre cualquiera, hasta el más melón. Pero en la mayoría de los casos esto se debe a que ya hemos hecho realidad este sueño, simplemente no nos gustan los poderes que nos ha tocado tener. Algo así como le pasaba a Pícara.

Hay quien ansía notoriedad y le ha tocado ser otra mujer u hombre invisible, que camina por la calle sin ser percibido. Quien busca tener el talento de Tony Stark pero que pasa su vida estando a la sombra de otros, como un Robin tras la capa de un Batman.

Otros, debido a la situación que se vive en su país, tienen que emigrar dejando atrás a aquellos que quieren, estirando su sueldo como Mr. Fantástico para poder enviar algo a casa.

Hay Wonderwomen luchando por tener los mismos derechos que cualquier antihéroe de medio pelo. Y hay otros que luchan por la libertad, como Bestia, por la libertad de expresar su sexualidad sin temor.

Es una pena que por culpa de tantos Señores Pingüino, Magnetos y Duendes Verdes, todos los sueños de la infancia se pierdan, que ya nadie quiera ser inmortal como Dead Pool. Que aquella toalla en los hombros haya quedado relegada a secar agua, lágrimas y sudor.

Por otro lado tenemos algunos héroes reales que intentan que recuperemos la capacidad de imaginar algo mejor, y no tienen nombres extravagantes ni llevan los calzoncillos por encima del pantalón. Tenemos Adas Colau, Albertos Garzón y Teresas Rodríguez. Quizás llegará el momento en que los antifaces sean de éstos y no de los que tienen el poder de la invulnerabilidad ante la justicia.

Hasta entonces muchos ánimos, ya llegará la hora de las tortas.

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