Todos en casa

6 de enero y en la calle ya no hay ningún adorno navideño. La gente sale del trabajo y, como es viernes, se van de cervezas envueltos en grandes abrigos y bufandas. Mientras tanto, en casa, saco el roscón del horno. Mi cuñado se abre otra cerveza y se sienta en el sofá, como si la cosa no fuera con él. Mi hermana se presentó ayer en el aeropuerto. Por la noche. De sorpresa. Perfecto. Mi novia se queda con ellos preguntándoles por mis padres en su pobre español. “Cuñado, a que no sabes qué he traído. Que seguro que aquí no hay”. Bingo. A diez coronas suecas quiere poner el cartón (1.06€) el ludópata.

Como merendar un rosco relleno es una tradición exportable a otros países, no como matar toros, decidí hacer mi propio roscón. Nunca esperé que tuviera tanto éxito, pues se han ido apuntando al evento mis vecinos, compañeros de trabajo de mi pareja, sus padres con sus respectivas nuevas parejas y, este año, mi hermana, para la cual traer a mis padres era un esfuerzo excesivo pero no el último iPhone. Catorce personas y un bebé. Decir que somos demasiados sería injusto con el bebé. Toca una tarde de soportar que te cuenten cómo pasaron el año nuevo entre oro, champán, purpurina, oseas suecos y menús que se comen con tenedores con diamantes. Recibo un mensaje de Erik, el compañero de trabajo de mi novia que me ha tirado los tejos en dos ocasiones. Dice que se trae a su novio, que es pastelero y le encantaría probar mi roscón. Espera no provocarme celos. Este tío es gilipollas. Creo que la cosa tiene que llegar a su fin.

Espolvoreo azúcar sobre el gigantesco roscón y coloco la fruta escarchada, el haba, la figurita y la crema. Me engaño diciéndome que no sé dónde está el haba y le doy un par de vueltas sin mirar. Los invitados comienzan a llegar a las cinco y media. Bendita puntualidad no mediterránea. Comienzo a preparar café para 5 y chocolate para 8. Mi cuñado dice que esa cerveza negra que me cuesta hora y media de trabajo marida bien con los dulces. Anonadado me hallo.

Cuando sirvo las bebidas me dejan el roscón para que lo parta en trece trozos esperando que fueran iguales. Hago lo que puedo y una compañera de mi novia pide sacarina para su café. Al cogerlo, accidentalmente tira también de una lata de harina que la deja blanca como las aceras. Todos insisten en que se quede, que se duche y se cambie, pero ella rechaza el ofrecimiento. “Claro, estarás incómoda, te das una ducha mejor. Otro día venís, llevaos roscón”. Se marcha a su casa con su pareja, roja de vergüenza mientras la echo como sin querer. Dos menos. Y el bebé.

Comportarme siempre como un perfecto saco de boxeo me ha permitido la confianza justa para repartir el roscón para todos estos suecos inocentes. No funciona con los españoles autoinvitados, que me miran raro hasta que alguien descubrió el haba.

Hace seis meses que sufrí de estreñimiento. Erik me mira y juguetea con la fruta escarchada. ¡Pero si es que encima es feo! El roscón de reyes le gusta a su pareja aunque a él le parece demasiado amargo. Normal. Se va a cagar. Literalmente. A los cinco minutos vuelve sudando. Se excusa y dice que algo de la comida le ha debido de sentar mal. “Todos hemos comido roscón, jaja, no os quiero envenenar, al menos no te ha tocado el haba”. Dos menos.

Mis suegros (el real y el postizo) se desabrochan el primer botón de la camisa mientras miran a sus respectivas parejas con una sonrisa tonta. Las caricias entre los sexagenarios van subiendo de tono, como la sangre a sus mejillas. Esto acelera la merienda pues en seguida me preguntan si tengo champán y, tras el brindis por todos, por la navidad, por la salud y el trabajo, se marchan rápidamente, dispuestos a revivir una pasión azul que creían muerta. Cuatro menos.

Sólo faltan dos compañeros de trabajo, que reciben simultáneamente un correo del jefe requiriendo su presencia. En la empresa han recibido un ataque informático. Nivel usuario, pero un ataque inocuo que sólo les requerirá comprobar que todo está en orden. “Vaya marrón, seguro que no es nada, cuando queráis volved”. Dos menos.

Sólo quedan dos, que no se pueden ir de casa sin pasar excesivo frío y sin mandarlos a un hotel. Recuerdo el bingo que trajo mi cuñado y pienso que el hospital no es tan distinto de un hotel, aquí los recortes no han llegado. Coloco la bolsa con las bolas esparcidas por el suelo, dejando la caja en una posición poco natural en la puerta de mi habitación. Me siento en el sofá. “Cuñado, vamos a jugar a la Play ahora que se han ido todos. Entra en mi habitación que tengo allí el otro mando”. “Ve tú, que yo soy tu invitado”. Voy a mi habitación, esquivo las bolas al entrar y cojo el mando. Pienso que ha sido mala suerte, tendría que pensar cómo echarlo de mi piso. En ese momento, escucho desde el salón “Soy el mando 1, ¿vale?”. Eso sí que no. No puedes colarte en casa de alguien sin avisar, ser un auténtico gorrón y encima querer ser el mando 1. Salgo corriendo de mi habitación y caigo de espaldas. Tras el PAM, el ay, el “jajaja qué haces pringao”, el “no puedo andar”, “vamos a urgencias”, “te llevo a cuestas, cuñado”, “llamo a mis padres y Erik que se acerquen a verte cuando puedan” y, antes de salir, “coge el roscón y nos lo acabamos allí”.

El mismo cuento de todas las navidades (Parte 2)

El escenario cambió por completo. Estaba ella en su casa actual con un pantalón negro y un jersey con brillo a juego. Del baño salió un joven fornido y de cejas depiladas con un gorrito de Papá Noel con purpurina en la cabeza apestando a una mezcla de cientos de cremas y perfumes.

-Fantasma de las Navidades Presentes, ¿dónde te habías metido hasta ahora? – dijo Hortensia con una sonrisa pícara.

-Siento defraudarla pero soy el Fantasma de las Navidades Pasadas Pero Poco, el Fantasma de las Navidades Presentes no es metrosexual sino hipster y lleva un gorrito estúpido de lana todo el año. La he traído a la Nochevieja de hace un par de años. Su hijo Pablo no pudo venir como de costumbre porque su mujer se puso de parto un mes antes.

-Sí, el nacimiento de mi nieto Manuel Kevin. ¿Cómo se pensaría que me haría ilusión ver el nombre de su abuelo mezclado con ese nombre de malote de Salvados por la Campana?

-Pero mírese, también estaba feliz, cantando con Raphael a tope.

La Hortensia del pasado pero poco ya tenía las uvas preparadas, el champán en la nevera y el jamón emplatado. El móvil estaba también en la mesa, esperando la llamada de su hijo para comunicarle la noticia que no se produciría hasta la tarde, con Hortensia ya en el hospital.

El Fantasma de las Navidades Pasadas Pero Poco le comunicó que irían también a la Nochebuena del año anterior para mostrarle la realidad más reciente.

Volvía a ser Nochebuena. La chimenea y la comida luchaban por llenar la casa con su olor. Hortensia estaba sentada presidiendo la mesa y sólo en el brindis inicial y tras saber que se encontraba mejor de aquel resfriado sus hijos le dejaron el turno de palabra en contadas ocasiones. Los nietos mayores ya no se relacionaban entre ellos a no ser que para eso usaran sus teléfonos móviles. Los pequeños no podían haber sido educados por alguien que recibiera cariño en su infancia como sus hijos, pues eran tan estirados que ni siquiera querían bombones si no eran Ferrero Rocher. Sus yernos contaban chistes manidos hasta para ella y hablaban del todoterreno que se iban a comprar, más grande, con menor consumo, y más extras cada vez que sacaban el dichoso tema. Sus hijas y nueras discutían sobre la última moda en dietas nutritivas y paparruchadas que Hortensia no llegaba a entender. El Espíritu de las Navidades Pasadas Pero Poco le dijo mostrándole una dentadura blanquísima:

-¿Tener hijos para esto?¿Qué fue de la Hortensia a quien todos escuchaban?

-¿Me vas a llevar a las Navidades Futuras? Quiero saber ya cuál es el verdadero espíritu de la Navidad, puesto que cocinar para 16 y repartir la paga extra entre 7 nietos que apenas se saben mi nombre ya sabía yo que no era antes de que viniéseis vosotros.

Sin ni siquiera un fundido a negro apareció en una casa que le era ajena. No había ninguna Hortensia real y su hijo Juan y sus dos hijos comían un plato de sopa con cara de abducidos. Su esposa alimentaba a señor mayor que el espíritu de Hortensia no llegaba a reconocer pero identificó como su padre. Un fantasma ataviado con una túnica con capucha era su nuevo interlocutor con las Navidades Futuras.

Hortensia se preguntó dónde estaba ella aunque al señalarle la muerte el colgante que siempre llevaba en el cuello de su nieta mayor entendió que había muerto. Antes de que le diera tiempo a abrir la boca el Espíritu de las Navidades Futuras le señaló un calendario con un 2065 en grande.

-Oh, no me digas que no viviré 125 años. Te has guardado bien de no hacerme un spoiler de mi vida, gracias.

Se detuvo para contemplar detenidamente a sus hijos y nietos. Estaban tristes y aburridos, pero no pareciera que la echaran de menos, simplemente aquella casa sin WiFi para sus nietos, sin cuñados con los que discutir de política antes de que alguien lo prohíba para que no llegue la sangre al río, con una persona mayor que tampoco lo disfruta porque ya no tiene la dentadura para comer turrón del duro…

Hortensia se levantó de la siesta comprendiendo que el verdadero espíritu de la navidad es hacer lo que le diera la gana. Así pues, le contó a sus hijos que, o traían una botella de anís para vaciar, sus nietos dejaban el móvil en casa, prometían que iban a comer todos los turrones, bombones y polvorones sin mirar la marca y dejaban de lado los temas de conversación para los pijos y repelentes en los que se habían convertido o se podían quedar en sus respectivas casas. Y fue lo que pasó aquella noche en la que Hortensia, después de cenar, invitó a sus amigas con las que se toma diariamente el café y entre todas vaciaron la botella de anís cantando El Tamborilero con Raphael mientras le tiraban piropos.

Y así pasó doña Hortensia la mejor Nochebuena de su vida.

El mismo cuento de todas las navidades (Parte I)

Doña Hortensia no paró de trabajar aquella mañana del 24 de diciembre. Cocer gambas, limpiar mejillones, recoger el pan encargado y quitarle el polvo a la vajilla que llevaba un año guardada. Almorzó, como venía siendo costumbre, su plato favorito acompañado de un poco del marisco que serviría esa noche. No había desconectado el tocadiscos y seguían sonando éxitos de los 60. Al acabar el postre sintió que tomaba conciencia de que aquella noche era Nochebiena (y mañana Navidad) y en su estómago sonó un resorte que hizo que se encontrase mal de forma automática. “Todos los años igual, quizá éste me retire antes de la mesa”. Aunque sabía bien que no lo iba a hacer. Retirarse era como echar a sus hijos de su casa, y ninguna madre lo haría en Navidad.

Se fue a su cama dispuesta a echarse una siesta, enfadada con todo pues prefería hacerlo en el sofá, pero esperaba encontrarse mejor después de dormir un rato y no quería aguarles la fiesta, ya que eran contadas las ocasiones en las que coincidían los cuatro hijos con sus siete nietos. Mientras se quedaba dormida pensaba en si no sería mejor no levantarse de la siesta, aún le quedaban unas horas para que su amenaza del año anterior se cumpliese y faltase en las fiestas.

Tras unos veinte minutos en los que el cerebro de Hortensia se encontraba relajado, sus ojos comenzaron a moverse agitadamente bajo los párpados para abrirse de par en par. Las paredes ahora eran blanca, el armario frente a su cama era más pequeño y a su lado su esposo roncaba plácidamente. Se levantó de la cama pero su cuerpo seguía allí. Antes de que se preguntara qué pasaba, una pastorcilla etérea se presentó como el Espíritu de las Navidades Pasadas.

-Ninguna de las personas aquí la ve, oye o siente. Era usted mucho más guapa de joven, señora.

-Gracias, niña, no siempre me llaman vieja con tanto estilo.

La Hortensia del pasado se despertó con el primer ronquido del señor que estaba a su lado que sobrepasó los 50 decibelios. Dando un respingo, despertó a su marido empujándolo hacia el borde de la cama y antes de que éste reaccionara ya había puesto firme a sus hijos.

-Juan, ve a la tienda y compra cerillas y una botella de Casera. Carmen, saca los manteles del mueble del salón. Ana,barre un poco el suelo.

El pequeño Pablo se quedó expectante, decepcionado por no tener ninguna tarea ante tal clima de agitación.

-¿Y yo, mamá?

-¿Habéis acercado un poco los reyes magos al portal?

El niño salió corriendo y colocó a los reyes sobre el puente que cruzaba el río de papel de plata.

-Manolo, ¿has cortado leña para la chimenea?

-Ya sé que tengo que hacerlo, llevas tres días con lo mismo.

-¿Lo has hecho?

-Voy.

-Cuando acabes, dúchate y recoge a tu madre, así lo que tenga que criticar lo hace pronto y no en la cena.

El Espíritu de las Navidades Pasadas aprovechó un momento en el que sólo se oían el entrechocar de platos, el fuego en la cocina, los hachazos en el patio y al pequeño recolocando las figuras del belén damnificadas por su intervención en él para hablarle al espíritu de Hortensia con tono solemne:

-¿Recuerda estas navidades, señora Hortensia? Usted era feliz, no pensaba en si serían las últimas, era el verdadero pilar de su familia.

-¡Y tanto que las disfrutaba! Mis hijos me respetaban, mi marido me hacía caso (por la cuenta que le traía) y mi suegra se ponía verde de envidia por mi receta del pollo guisado. Pero ahora, hija, una está mayor, siente que los jóvenes se divierten de otra forma. Me ha pillado a pie cambiado, no es mi ritmo. A mí me gustaban los villancicos y aunque no entendiera el Adestes Fideles lo cantaba, pero el “ai wuischu a meri…” ya me lía.

-Ahora verá qué quiero decirle, señora, no adelante acontecimientos.

Capítulo XVII: La vuelta de Jack. O Simon.

Una enorme columna de humo se había alzado sobre el aparcamiento de El Corte Inglés en el que se había desarrollado la guerra. Una luz resplandeciente había iluminado el cielo más que todas las luces de navidad del mundo durante unos segundos. El canto de la FUNDY había invocado a unas fuerzas ocultas que acabaron con la guerra de manera inmediata. Mario se limpió la cara y comprobó que cientos de cuerpos permanecían tumbados. Aún con su camisa manchada de sangre y la preocupación de ser el único que había sobrevivido al Ain’t no mountain high enough cantado a coro buscó rápidamente con la mirada a Chris, el sr. ?, a Sara… No los vio. Sin embargo todos los que creía cadáveres o víctimas de una guerra sin sentido (epíteto al canto) se levantaban como después de una siesta reparadora. Sus vecinos mostraban en la cara el desconcierto propio de quien no sabe qué ha pasado. Los soldados de la FNCE parecían también restablecerse, sin embargo, sus rostros expresaban una perplejidad aún mayor.

Como cuando la chica que te gusta te sonríe, cuando aún queda un último helado en el congelador o cuando encuentras unas monedas en la máquina de café, una sonrisa sincera se dibujó en cada dependiente de El Corte Inglés. Los espíritus consumistas que los poseían se habían evaporado, seguramente formando aquella columna de humo de minutos antes. Volvían a ser humanos, de los normales, de los que quitan la maldita fruta escarchada del roscón, de los que no esperan nada en reyes aún habiéndose portado bien. Mario recorrió todo el aparcamiento entre ex-zombies que habían vuelto a la vida.

El corazón se le encogió cuando vio que su mujer aún permanecía en el suelo. Se arrodilló junto a ella y se tranquilizó al comprobar que respiraba con normalidad. Hacía tiempo que no la veía tan guapa. El hechizo o conjuro o vete a saber qué efecto del cántico iniciado por el enigmático sr. “?” le había afectado a ella también quitándole el absurdo maquillaje festivo con purpurina y brillo más propio de una comparsa que de una mujer normal. Pensó en hacer lo más romántico que había hecho durante mucho tiempo y la besó en los labios fríos de la Blancanieves que hacía unas horas se había aliado con el bando enemigo. Ella despertó aún confundida. Se incorporó de un salto y le explicó que no lo quería. Así de simple. Si estaba con él era por los buenos ingresos que mensualmente y con extraños conceptos le hacían. No le gustaban esas escapadas nocturnas, alevosas propias de un fontanero secreto que eran la fuente de esos ingresos. Pero Mario no podía revelar su oficio, y si algo había aprendido aquella navidad era que la gente está como una cabra. Así que la dejó marchar, esperando que aquel hechizo hiciera que su mujer viviese con alguien a quien realmente quisiera. La sorpresa de Mario fue mayúscula cuando tomó de la mano a Gallardón, que se había convertido en un rey Baltasar con betún hasta las cejas, y ambos se montaron en su dragón para repartir caramelos para todos los niños de Madrid, ricos y pobres, nasciturus y nacidos. Hay ciertas cosas que lamentablemente no es capaz de cambiar el conjuro más poderoso.

Mario siguió deambulando por el campo de batalla hasta que se encontró con los miembros más notables de la FUNDY. Habían capturado a Bush, quien repetía una y otra vez en su acento murciano de Texas que ahora era buena persona, que vivan los pinchitos morunos y que prometía que no iba a iniciar más guerras. Decidieron por unanimidad que todo era mentira. Pero aún coleaban los efectos de la triunfante verdadera navidad, los árboles y belenes no habían sido desmontados y ellos tenían que predicar con el ejemplo. Así que llevaron a Georgito a Estepa, donde lo aceptaron como duendecillo en una fábrica de mantecados, bajo la estricta vigilancia del duende jefe de producción. Porque todo el mundo sabe que los mantecados y polvorones los hacen duendes mágicos. ¿No?

Por su parte, Chris se benefició el amor de la teniente Sara Martínez y se la llevó a la pensión Los Granados a hacer cosas de espíritus. De paso detuvieron a los dueños de la pensión por colaborar con Gallardón almacenando los condones retirados de toda la geografía española en un grave atentado contra la libertad sexual recogida en la Constitución.

La FUNDY había regalado a Mario unos calcetines y un buen par de zapatos para sustituir aquel escurridizo zapato que le dejó el pie mojado durante demasiado tiempo. Él y el señor “?” se fueron en el coche del fontanero secreto y viajaron durante largo rato sin cruzar palabra, pues ninguno entendía al otro. Mario decidió que el sr. “?” se llamaría Jack, o Simon, daba igual.

Capítulo XVI: «La guerra nunca cambia.»

Chris no pudo llegar hasta Bush sin que lo acusaran de chavista. Aquel ejército no era moco de pavo. Decidió retirarse blandiendo el bastón de caramelo forjado en las entrañas de alguna confitería de pueblo. Decían que los de ciudad eran más ligeros, pero no eran tan contundentes contra las armaduras enemigas. Una vez se hubo retirado, la batalla pareció paralizarse. Ambos bandos estuvieron evaluando la situación, llorando las bajas y autoconvenciéndose como vencedores.
La FNCE había perdido un eslabón muy importante (Cortylandia), pero aquella cadena todavía sabía golpear (y en las cachas no veas cómo dolia…). Bush no paraba de darle vueltas a la cabeza… Había invadido Irak sin que nadie pusiera pega alguna, se había cargado las Torres Gemelas sin que nadie le culpara… ¿Que por qué iba Bush a tirar las Torres Gemelas? Cada vez que las miraba, se le venía a la mente su problemilla de enanismo fálic… Ains.
Algo tenía que ocurrírsele para levantar el ánimo de las tropas y, en concreto, el ánimo de los dependientes del Corte Inglés. Pensó en ofrecerles trajes de chaqueta nuevos, para que así se sintieran más poderosos. Y a las dependientas, sí, esas que tienen los labios operados y las cejas tatuadas en un afán de perpetuidad, ofrecerles unos pantalones de pinza monísimos para señora, es decir, de esos que van marcado… Ains.
Pero no. La solución no pasaba por aquello.
Entonces algo se le ocurrió. Fue directamente a hablar con el comandante del Escuadrón de Dependientes de Jerez de la Frontera. No sabía hablar muy bien el español, pero tenía la palabra necesaria. Los componentes del escuadrón estaban evaluando los daños cuando Bush se les acercó. Entre ellos se elevó una exclamación de sorpresa: allí estaba al mandamás, y es que los jerezanos tienen una predeterminación racial que los obliga a hacer la pelota a los que mandan, sobre todo si se trata de jafazos con traje, correctamente peinados y un buen fajo… Todos se acercaron a darle la mano y las mujeres a zamparle un par de besos, y Bush un poco extrañado. Uno de los dependientes (no les gusta ser llamados trabajadores), con ánimo de quedar por encima de todos los otros, gritó: «¡Viva la República!» Inmediatamente el que tenía al lado, le dio un codazo en las costillas. «¡Qué este es americano, de la fiesta del té!» Sin entenderlo muy bien, el dependiente con afán de protagonismo se calló, resintiéndose. Entonces Bush, de la mano del silencio que le había otorgado, dijo algo dubitativo: «Cante.» Todos quedaron algo atónitos. No esperaban la maestría demagógica de cierto traductor a lengua de signos sudafricano, pero aquello fue algo escueto. Sin embargo uno de los componentes del escuadrón jerezano, el que se encargaba del sector de la informática y por tanto el más avispado, comprendió y exclamó en tono jovial: «¡Cante!» Y como una ola, tu amor llegó a mi vida… Todos empezaron a comprender. Había que cantar villancicos, de esos que incitan a comprar jamón del bueno, el del Club del Gôurmet. De los que incitaban a regalarle la moto de plástico a tu ahijado. Y los jerezanos alzaron sus voces a aquel cielo de guerra, un cielo que se desplomaba cargado de sangre y gritos. Entre compases pachangueros, el cante fue cundiendo entre toda la FNCE, que se venía arriba.
Tanto es así, que las letrillas llegaron a los oídos de la FUNDY, que veían que sus oponentes tomaban oxígeno y se reavivaban como el fuego. Tenían que hacer algo para contrarrestar. «¡Cantemos! ¡Demostremos quien manda aquí!» Todos miraron a Chris, que con su nombre de nigga volvía con el rostro oscurecido por la sangre azul. Que con su nombre de nigga, no podía dejar que le vacilaran.
Y en algo así como en un desafío a la Haka maorí, en un duelo entre los ultras de dos equipos o en cierto acto acontecido en Granada ( Los Tricolores de la Estrella Roja vs Los del Águila), la guerra de la sangre y de los golpes con armas extrañamente navideñas, se convirtió en una batalla de voces, donde la violencia pasaba por la garganta… A ver quién destruía más la moral del otro.
Y claro, un nota llamado Chris da mucho swing a un grupo, aunque dentro del mismo haya otros llamados Mario y Sara… Madre mía… Y menos mal que no era Kiko… Total, que todos formaron al más puro estilo Gospel Choir y con las panderetas cortantes y las zambombas explosivas empezaron a contrarrestar la fuerza de los villancicos consumistas.

Aquella afinación era casi perfecta, tanto que espantó a los dragones. Gallardón cayó al suelo desde una altura muy considerable, pero consiguió salvar la vida gracias al colchón de poliespán que se había formado. Ramos por su parte, insultó un par de veces al arbitro, pero cuando vio que nadie le prestaba atención, decidió marcharse a operarse o algo; nunca nadie ha vuelto a saber de él. Ana Botella seguía sin enterarse. Realmente había ido a la batalla porque se lo había dicho Aznar. «Ande ve, que seguro que caes en gracia a algún votante nuevo.» Pero de verdad que no sabía de qué iba todo aquello. Pobre…
Aquella afinación era casi perfecta. Ante eso, poco podían hacer los dependientes del Corte Inglés, que poco a poco fueron apagando las voces, viendo que en aquella batalla no había color. Los más altaneros no podían soportar ver los villancicos de su Jerez y olé por los suelos, y empezaron a marcharse, ante la sorpresa de Bush. ¿Cómo podía estar perdiendo al apoyo internacional? Aunque en cierto modo lo comprendía… «Ain´t no mountain high enough» Era imposible detener aquella idea. También él tuvo que marcharse.
Aquella afinación era casi perfecta y la guerra había terminado.

PD: Siento las críticas, la excesiva extensión y el cuestionamiento a la navidad… Yo nunca lo haría, han sido estos…

Capítulo XV: El final de todas las cosas

De repente, Mario notó un cosquilleo en el costado al que apenas concedió importancia. La batalla estaba ahora equilibrada y la FUNDY cargaba contra la línea enemiga una y otra vez, hasta arriba de moral, pletórica y decidida a concluir cuanto antes la escaramuza. Tras un rato, nuestro héroe noto como la camiseta se le pegaba demasiado a la piel, adheriéndose a él como un villancico en una gran superficie se adhiere a nuestro cerebro para el resto del día. Estaba sangrando abundantemente. No tenía ni idea de cómo había surgido esa herida pero tuvo un instante de divertida lucidez al comparar el momento que estaba viviendo con aquel en el que perdió un zapato en medio del bosque mientras era perseguido por George Bush. Qué insignificante le parecía aquello ahora. ‘Un simple pie mojado y frío’, pensó riéndo hacia sí, lo que le hizo olvidarse del dolor y continuar peleando.

Algo había tapado el sol durante un segundo. Un agudísimo chillido se extendió por la llanura, obligando a los de uno y otro bando a taparse los oídos debido al dolor en los tímpanos. Cuando pudieron mirar hacia arriba, la esperanza que quedaba en sus corazones se esfumó. Gallardón montaba un dragón escupe-poliespán flanqueado por otros dos reptiles alados con sus respectivos jinetes: Ana Botella y Sergio Ramos. La alcaldesa de Madrid pintaba a todos los contendientes de negro y les ponía una corona mientras reía locamente sin saber bien porqué, pues recordemos que pintaba a TODOS los guerreros, ya que no distinguía un bando de otro la pobre. Sergio Ramos chillaba Morry Chrisma a todos los guiris que luchaban para la FUNDY, aquello hacía que huyeran desesperados. La desbandada era absoluta. El poliespán se les metía por el cuello de la camisa, entre el calcetín y el zapato e incluso dentro del pantalón.

La batalla estaba perdida por completo, pero Chris no se rendía. Golpeando con un bastón de caramelo auténtico se abrió paso entre las líneas enemigas, que no daban crédito a lo que veían. Mario se quedó perplejo ante la escena y dejó de correr buscando refugio, parado en la llanura. Admiraba el coraje de Chris pero no podía hacer lo mismo, no era capaz y de hecho no sabía que hacía en medio de aquella orgía de sangre y vísceras (no confundir con orgía sangrienta y visceral). El Señor ‘?’ se percató del error de Mario y le gritó «NAMBARAD, MARIO, NAMBARAD», en un perfecto élfico, ya que cualquier enemigo podría alcanzarle en esa posición.

Los pocos fieles a la verdadera navidad que quedaban en pie ayudaban a Chris en su internada sin demasiada fortuna, cayendo al suelo, atragantados por polvorones sabor coco. En ese momento Mario vio que aquel extraño espíritu de la navidad que luchaba como si estuviera poseído Silvester Stallone buscaba a alguien. Alguien que estaba en el centro del batallón de las FNCE. Chris quería acabar con George Bush.

Mario se tocó el costado malherido y notó la sangre fluir entre sus dedos. Justo en ese momento, el Señor ‘?’ había llegado a su posición e intentaba convencerle de que volviera, de que todo estaba perdido. ‘No’, pensó Mario, recordando lo que era capaz de hacer su mujer cuando se trataba de torturar a alguien. No iba a dejar que Chris sufriera ese cruel destino. Miró a su amigo de extraño dialecto y le dijo: NO. El Señor ‘?’ pareció no entender muy bien la reacción de Mario, que se zafó de los brazos de su compañero mientras se dirigía hacia las líneas enemigas. Empezó a caminar con determinación, luego a trotar, después corrió, y corrió, y corrió, y corrió hasta saltar con un grito sobre un dependiente del Corte Inglés al que le lanzó una afilada hoja de reclamaciones.

El Señor ‘?’ echó la vista atrás, algo confudido, mientras miraba a los que ya se refugiaban en los límites de la llanura y vio miedo. Después miró a Mario y Chris. Sonrió. Volvió a observar a todos los que habían huido, esta vez con lágrimas en los ojos y comenzó a hablarles en perfecto castellano:

«Seguid en posición. Hacedles frente.

Hijos de las mesas camillas y los regalos con buena fe, mis hermanos.

Veo en vuestros ojos, el mismo miedo que encogería mi propio corazón.

Pudiera llegar el día en que el valor de los mantecados decayera, olvidáramos cómo tocar una pandereta e hiciéramos remixes de villancicos con Pitbull, pero hoy no es ese día.

En que una hora de ofertas y tarjetas regalo rubricaran la consumación de la verdadera navidad… pero hoy NO es ese día.

En este día, ¡lucharemos!

Por todo aquello que vuestro corazón ama de esta antigua fiesta: os llamo a luchar, ¡HOMBRES DE LA FUNDY!»