Escéptico-man

Como un Carrusel Deportivo, pero en términos católicos. «Y ahora nos vamos a León, donde espera Ana, cuéntanos Ana». Y una señora mayor irrumpe en antena. El oyente escucha una voz quebrada que reza por su hija, que no tiene trabajo, sus hijos, que no se hablan, y un nieto suyo, que tiene trabajo pero quiere dejarlo. La anciana rompe a llorar y la presentadora promete que todo se solucionará gracias a la Virgen María. «Estamos ya en Valencia, Javier, muy buenas tardes, cuéntanos». Un joven pide por la desaparición de las sectas, para que la Iglesia Católica prevalezca sobre ellas. También obtiene consuelo. Sólo falta escuchar «¡Gol en Balaídos!» para acabar la ronda informativa.

Además de encontrar cierta similitud, esta puramente radiofónica, con los programas de información deportiva en directo, mi mente consigue conectar la mecánica de este espacio de la emisora Radio María con algo que ya he visto antes. Estos programas que sólo sirven para que el presentador haga el ridículo de forma flagrante, y que al final, son más carne de zapping que otra cosa. Sí, me refiero a los programas de tarot y videncia. 

Se trata del engaño, la estafa, el aprovechamiento de personas desesperadas, educadas en un pensamiento de por sí corrupto, arcaico y autodestructivo. Es rastrero, vil y de la peor condición humana. No hay consuelo en esas llamadas, hay ignorancia y autocompasión, alimentadas por una voz al otro lado del teléfono que sabe lo que hace, sabe a qué esta jugando. No me inspiran ni una pizca de lástima estos traficantes de lágrimas, al contrario, me producen repugnancia.

Decía un sabio profesor que podemos odiar al programa «Sálvame» pero hemos de entender a los que lo ven. A pesar de ello, no dejo de pensar que la filosofía que se nos inculca (casi se nos impone) desde los organismos que siguen esta doctrina, conlleva al aborregamiento y el regreso al pasado más desastroso para la vida en sociedad. No voy a culpar a Ana y Javier por llamar a Radio María, pero me niego a que en las generaciones venideras, cuando un médico salve una vida humana, se le sigan dando las gracias a Dios.

Que nadie se me enfade, solo intento provocar reflexiones. Y desahogarme un poquito también. Bendiciones y buenas noches.

Corre que te pillo

Estaba borracho como una cuba, no voy a negarlo. Había sido una tarde perfecta en el hipódromo, por lo que decidí ponerme hasta arriba de licores varios, extasiado por la magnitud de mis ganancias. No es que me hubiera convertido en millonario, pero sí es cierto que me había solucionado muchos problemas con una dosis de fortuna demasiado improbable para ser real. A esas horas de la noche, con Chicago como único testigo, decidí que era la hora de volver a casa y tomarse lo que algunos llaman como el descanso del guerrero.

De repente, adiviné una figura oscura abalanzarse sobre mí y mi reacción tuvo que ser tan patética que mi persecutor soltó una espontánea carcajada. Caí al suelo del susto y él aprovechó para sacar su pistola, con la seguridad de que yo no tenía los reflejos necesarios para escapar de aquella situación. Pero bien es sabido que la muerte, o al menos el olor que se desprende de su cercanía, reaviva cualquier sentido del ser humano. Y con esta exquisita ironía me desperté de mi alcoholizado letargo y le arrojé la piedra más cercana que encontré, golpeándole justo en el rostro. Entonces sí me levanté y corrí en pos de mi vida.

Mi mente dibujó el camino que debía seguir. Primero doblar a la izquierda. Escuché su maldición, lejana, y luego un disparo. Un disparo que probablemente sacudiera el aire de plena rabia, pero que hizo que mis tripas se encogieran. Corrí más deprisa (aunque creía que no podría). Ahora a la derecha. A ese callejón. Oía sus pasos. Joder, yo estaba borracho. A la derecha de nuevo. Estaba cerca. ¿Y si él sabía a dónde yo iba? ¿En qué estoy pensando? Si voy a mi casa me matará allí, tengo que despistarlo.

Otro disparo. Volví mi cabeza y lo vi desaparecer al entrar en una avenida. Mierda, en aquella calle tendría espacio de sobra para alcanzarme. Al callejón de nuevo. Un escondite, un escondite, un escondite. Las palabras retumbaban en mi cabeza tal y como lo hacían mis pies contra el suelo.

Al salir del callejón observé un puente. Allí abajo estaría seguro. Di un rodeo. Tenía ganas de vomitar. Lo escuchaba cerca. Me giré. Aún no tenía disparo. Vamos, vamos, vamos.

Me deslicé bajo la penumbra del puente, que parecía poder protegerme de todo mal. Sus pasos se frenaron. Me había perdido y ahora me buscaba. Por mi cabeza pasaron varios nombres, me concentré en intentar respirar lo menos posible. No hacer ni un ruido. Sus pasos se alejaban. ¡Sí, se está yendo!¡Se va!

Justo entonces me entró hipo.

Todo el espacio del mundo

Había muerto. Los veía desde arriba y también se veía a ella misma, tumbada sobre la cama del hospital, inmóvil. Eran las 5 de la mañana y su marido y su hijo dormitaban como podían en los incómodos sofás del cuartucho blanco e impoluto, sin saber, evidentemente, que Yolanda perdía la vida justo en ese instante. Fue una elevación, y de repente ocupaba todo el espacio, y cuando digo espacio no me refiero solo al espacio de la habitación donde su ‘yo’ material yacía, sino a todo el espacio que seamos capaces de imaginar dentro de nuestros límites físicos y terrenales. Quería marcharse cuanto antes, pero una fuerza que no alcanzaba a comprender la impulsó hasta su familia, y abrazó a su hijo. Al menos hizo el intento de abrazarlo con unos brazos que no existían, con un cuerpo etéreo, sin forma toda ella, suspendida en el desasosiego de no sentir… pero tenía que irse.

Marquitos abrió los ojos, como si supiera lo que pasaba, y se sobresaltó al ver a su madre en la cama, sin duda por la impresión de la situación en la que se encontraba su progenitora o tal vez porque en el duermevela Marquitos imaginaba que estaba en casa, en un hogar cómodo y confortable que se desvaneció cuando la realidad lo golpeó mortalmente. Se irguió, inquieto, lo cual despertó a su padre, quien observó la falta de pulsaciones de Yolanda. En un minuto, el cuarto estaba lleno de enfermeros y enfermeras, luchando por salvar la vida de aquella mujer, que aún seguía en la habitación, riendo divertida ante la inutilidad de los actos de aquellos pobres demonios. Sin embargo, un súbito escalofrío recorrió su ser de forma casi imperceptible. Sintió un cosquilleo, luego los dedos hormigueando y se le ruborizaron las mejillas, al instante se vio las manos, estaba regresando a su cuerpo y una tremenda descarga la hizo estremecer… Sentía latir un corazón.

Es curioso que en estos momentos cualquier resultado derive en un mismo final: el llanto. Tanto padre como hijo descargaron toda la tensión que acababan de vivir a través de un torrente de lágrimas, lo mismo que habría pasado si Yolanda estuviera muerta, con el deber cumplido de a quien le ha llegado la hora y parte presta hacia su destino. Pero no fue así. Estaba viva. Sentía a su pecho subiendo y bajando, un mechón de pelo le tapaba el ojo izquierdo y la sensación era extraña. Ya no ocupaba todo el espacio, solo aquel que reclamaba su cuerpo… aunque no era como antes: Yolanda no sentía las piernas. “No siento las piernas”, musitó casi pidiendo perdón por lo que estaba sucediendo. Se pedía perdón a ella. Era terrible. Pudo haber escapado de toda esta mierda y se quedó para descubrir el lado más rastrero y sucio de la vida. Se quiso morir y recordó que no se dan segundas oportunidades.

“No siento las piernas”, dijo, ahora en voz alta para asegurarse de ser oída. Casi le entra la risa al acordarse de Rambo.