Insúlteme, por favor.

Buenos días tengan ustedes, les dejo aquí para su disfrute la cadena definitiva para colgar en su muro de Facebook, en la puerta de su casa o junto a la hoja parroquial de su iglesia, si así lo considera. Espero que lo compartan y no les sea de su agrado, por el bien de la convivencia de la raza humana con cuenta en cualquier red social:

“Hola. ¿Piensa ud. que soy gilipollas? Venga, no se corte, conteste. A diario nos quejamos del gobierno, del tráfico, del vecino cuelga-cuadros o del hombre del tiempo. Sin embargo, el gobierno sigue usando el poder en el beneficio de los suyos, los coches saliendo de las rotondas desde el carril interior, su vecino taladrando y los meteorólogos fallando.

Sus críticas nunca llegan al destinatario pues la mayoría de las veces son murmullos. Mñemñemñe. Por eso le propongo, en exclusiva y por tiempo limitado, que me hagan las críticas hacia mi persona que les parezcan conveniente. Pueden optar a hacerlo públicamente o por privado, con argumentos o insultos injustificados.

La única forma de corregir esas cosas que no nos hemos dado cuenta de que hacemos y obviamente están mal, como el manspreading o el laísmo, es a base de educación. Pero no sólo servirá para aprender qué molesta de mí, también para que usted se desahogue en la tranquilidad de su hogar y, al menos por una vez, suelte la mierda que a diario traga. Ya sea que no soporta mi tono de voz, que le debo dinero (juro no recordarlo) o, como me dijo un desconocido por la calle, que soy feo. Comuníquemelo, usted se sentirá aliviado y yo tendré un punto de vista adicional sobre mí.

Si alguien me tiene como amigo en Facebook por compromiso, por favor, elimíneme de su lista de amigos sin ningún reparo. Sólo me tomaré mal los comentarios positivos y los que pregunten por qué lo hago. Es obvio y necesario.

En el caso de arrepentirme de esta decisión al pensar en qué percibirá de mí una empresa para la que pudiera querer trabajar si me buscase en Facebook haciendo uso de invasivos expertos en recursos humanos y se encontrase una larga lista de insultos, borraría mi cuenta, haciéndome más productivo y por tanto mejor preparado para dicho puesto de empleo. Y si hunden mi moral, me haré cantautor de los que triunfan contando lo mal que les trató la vida. Todo ventajas.

Muchas gracias. Un saludo.

Empiezo yo: “

Por favor, cierre la puerta al salir.

-Bueno, y la última pregunta, algo más personal. ¿Cuál considera que es su mayor defecto?

-Pues, sin lugar a dudas, soy un completo maniático del control. Verá usted, no puedo dejar de pensar en que usamos mal infinidad de objetos, haciendo que, a la larga, haya que sustituirlos por su mal funcionamiento.

-Es una manía un poco rara, ¿puede contarnos algo más? Ha estado usted un poco encorsetado en toda la entrevista, puede explayarse tranquilo ahora.

-Claro. Le pongo un ejemplo. Las puertas de los armarios. Muchas veces se dejan abiertas y con el tiempo se van descolgando, ya no cierran bien, su comportamiento natural ha sido enviciado debido a nuestra dejadez. No puedo con ello, me estresa enormemente. Lo primero que hago al llegar a casa es quitarme la corbata y plancharla cuidadosamente. Me ponen muy nervioso mis compañeros de trabajo cuyas corbatas fueron un día anudadas y para el día a día simplemente se las aflojan o aprietan. Esas pobres telas dedicadas que muestran ya sus arrugas y dobleces, que requerirían ser llevadas a un profesional para recuperar su agradable tacto. De verdad, no lo entiendo.

Y al final, llega un día en el que tenemos que enchufar el cargador de cierta manera para que nuestro dispositivo lo reconozca, tenemos que abrir un libro con especial cuidado para que no se vuele aquella hoja suelta, desdoblando las páginas que, irresponsablemente, un día doblamos para saber por dónde íbamos o amoldando nuestra misma manera de caminar para disminuir las molestias que perduran de aquella lesión mal curada.

-¿Cree usted que esa neura afecta a su vida personal o laboral?

-En la vida personal por supuesto que sí. Las discusiones con mi esposa por esta manía al principio eran constantes, luego se ha acostumbrado a soportarme. Pasa igual con lo mismo e incluso el mayor me ha comentado que él también ha adquirido esa costumbre. Pero es simple: Mantener el cuidado y la atención que cada objeto requiere para que su comportamiento no se envicie, para que arreglar las consecuencias no cuesten más que mantenerlos en un buen estado. También se ve en mi puesto de trabajo. Ahora resulta que con la crisis se comprueba que todo está mal, que el funcionamiento del sistema está enviciado, pero mientras era usado nadie le prestaba atención a que se estuviera haciendo correctamente. Ahora los cajones no encajan, la batería no dura lo que debiera y la ventana no se corre fácilmente. Pues que hubieran prestado atención.

-Oiga, ¿está usted justificando la corrupción? ¿Nos culpa a los ciudadanos de ella por no haber estado encima de los políticos como usted? ¿Los corruptos han sido enviciados y no eran unos caraduras antes de llegar al poder?

-Yo no he dicho nada de eso. La entrevista ha acabado. Por favor, cierre la puerta al salir.

Que me lo cubra el seguro

Nunca hasta hoy había tenido impulsos suicidas. Pero aquí estoy, conduciendo por el centro de Madrid buscando un puente por el que tirarme. Con el taxi puesto, claro. Mejor dicho, inmolarme.

Hay ocasiones en las que la vida te da la opción de convertirte en un héroe, de que pongan tu foto en la portada de los periódicos y tu madre la coloque en el mueble del salón. Y pienso aprovecharla. Que me idolatren los niños y las mujeres admiren mi gallardía. Si es que salgo vivo.

Sin embargo, aquí sigo, maldiciendo el tráfico lento, los quitamiedos y otros tantos elementos de seguridad. Mi cliente me nota nervioso, se recoloca las gafas y baja su mirada a un periódico que claramente no lee, como si quisiera tranquilizarme fingiendo que no me observa.

Semáforo en rojo. Subo el volumen de la radio mientras golpeo el volante con los dedos al ritmo. Suena Nirvana y sonrío antes la macabra coincidencia de buscar la muerte mientras canta Kurt Cobain. Normalmente cambio la emisora según el aspecto del cliente, buscando que me deje una propina por conectar con sus gustos y estado de ánimo con un simple vistazo, algo que he ido mejorando a lo largo de los años. Pero no hoy. El trayecto desde el centro hasta el barrio residencial y exclusivo de las afueras donde me dirijo me hace pensar en que quizá no esté preparado para esta misión que se me ha presentado. En el fondo todos saben que soy una buena persona, que paro en los pasos de cebra en los que espera un peatón, que respeto a los motoristas, que no atosigo a los coches de autoescuela. Tomo la rotonda, segunda salida. Por eso desearía en este momento tener la frialdad de aquella chica que dejó a su novia en mi taxi y se marchó con un portazo y sin pagar el camino hasta su casa. Tuve que cobrarle a la pobre la carrera entera aunque con ese dinero la invitara a cervezas. O la valentía del tipo flacucho que me pidió que parara en mitad de la calle para soltarle dos hostias al matón que le pegaba de pequeño y se montó de nuevo como si nada, sin que el otro supiese dónde meterse. Stop.

El hombre del asiento de atrás hace rato que dejó de mirarme. Notó la duda que me asaltó hace un par de minutos y decidió que lo mejor era hundir su cabeza entre las páginas color salmón. Como si no quisiera que notara su presencia, como si me dirigiese a mi propia casa. Claro. A mi mansión con jardín delantero y trasero. Intermitente a la izquierda. Sí, con seguridad privada y calles cuidadas, con apellidos compuestos en cada buzón, con pista de pádel en cada tres manzanas, con niños uniformados que vuelven del colegio después de sus clases de violín. Mi pasajero nota que cambio de marchas de manera brusca, que me pego al coche de delante antes de adelantarlo a base de acelerones. “Déjeme aquí, gracias, que el médico me recomendó que andara un poco al día”, suena una vocecilla desde detrás de mi asiento. “No, hombre, no, si ya estamos llegando, no le cobro desde aquí hasta su casa”, digo sobresaltado porque parece ser consciente de la situación. Maldito sea. Me ha desconcentrado y he pasado la salida a la autovía por la que pretendía salir para lanzarme. Mala suerte, ya estamos llegando a su casa. Aunque pensándolo bien…

Acelero pasando por delante de su casa. Él me mira con la certeza de que me he vuelto loco y comienza a increparme. Que si me hará la vida imposible, que si sé con quién estoy tratando, que mejor que eso me mata. Enfilo la calle del selecto club al que mi secuestrado seguro que va todos los sábados a fumar puros. Mi cabeza ya no rige y no hago sino apretar más y más el acelerador aún estando en tercera.

Los patos huyen despavoridos ante un viejo coche blanco que se hunde en su estanque tras haber destrozado unas pequeñas vallas blancas de madera. Al menos sus calcetines ejecutivos quedan empapados.

PD: Ministro. Cabrón.

Summer always ends (again)

Imaginaba a los transeúntes pensando en qué haría ese viejo loco y desconocido de espaldas al mar cuando aún el cielo estaba encapotado. No es que le preocupara lo más mínimo, aunque sí se preguntaba qué diría Joanna si lo viera allí, con sus zapatos sobre la arena, sonriendo después de tantos años después. Al igual que aquella vez en la estación, creía verla en cada anciana que paseaba con su nieto de la mano, en cada señora que se sentaba junto a su marido en aquel pintoresco pueblo. Al caer la noche decidió que ya sí estaba lo suficientemente triste como para irse, como para dejar de pensar en aquel vestido blanco. Y sin embargo seguía con una sonrisa en su cara, como el extranjero que no sabe qué le están contando y asiente sin cesar, como si no recordase dónde se encontraba pero quisiese agradar a los demás. Que pensasen que él era feliz.

Después de cenar y tomar un par de copas de vino le preguntó a la dueña de la pensión si conocía a Joanna. Tan sólo con escuchar el nombre la mujer ya sabía de quién se trataba. No hizo falta que describiese sus rizos dorados, su sonrisa permanente, los lunares de su cara. Con otra copa de vino regalo de la casa le sacó la historia de tanto tiempo atrás. Con la cuarta, lo acompañó hasta la casa donde vivía Joanna, conocida en todo el pueblo por haber sido la única matrona de la zona en mucho tiempo. Una vez delante de su puerta Anthony le agradeció a la dueña del hostal su amabilidad y le pidió que se retirara. Pasados quince minutos volvió al hostal sin haberse atrevido a tocar a la puerta.

Decidió que aquella historia ya había pasado para él, que si siendo joven no fue lo suficientemente valiente como para declararse ante ella, ahora no merecía la pena reunir fuerzas para ello. En definitiva, nunca es buena idea subirse a un tren que hace tiempo que pasó, o lanzarse desde uno en el que llevas tanto tiempo viajando, según se mire.

A primera hora de la mañana rehizo su maleta decidido esta vez sí a volver a su hogar. El cielo estaba despejado y un fuerte viento soplaba. Sin duda se había llevado las nubes y todos esos momentos en los que se culpó por haberse ido tan pronto de Italia. Al montarse en el tren con su sombrero encajado, la gabardina abotonada y los ojos cansados de aguantarse las lágrimas, vio llegar a Joanna con la dueña del hostal que sin duda quería alojarlo un día más. Se sentó en su asiento y miró por la ventanilla cómo aquella señora con el pelo tan blanco como aquel vestido lo miraba, sonriente, sabiendo que esta vez había sido él quien se había llevado los veranos que le quedaban.

Summer always ends

Aquel verano también acabó con tormenta. La ropa se pegaba a la piel y el sudor se mezcló con las gruesas gotas de lluvia que caían sonoramente. En el pequeño pueblo de la costa italiana Anthony recogía su equipaje de manera pausada. Más con la intención de guardar esos momentos en su memoria que por la torpeza propia de su edad. Se imaginaba a sí mismo cincuenta años antes en la misma situación, esperando que Joanna llamase a su puerta y lo abrazase, deseando no perder aquella oportunidad que se le escapaba. Por más que fuese consciente de que ello el nudo que tenía en el estómago le apretaba tanto que no le dejaba siquiera abrir la boca cuando estaba frente a ella.

Terminó de cerrar la maleta y bajó para tomar el desayuno en aquella pequeña pensión. La dueña le sonrió amablemente y le deseó buena suerte en un inglés similar al que hablaban los padres de Anthony. En su anterior visita a aquel bonito pueblo el trato recibido fue notablemente distinto. Su peculiar acento americano a la hora de hablar italiano y aquel corte de pelo lo identificaron rápidamente como un soldado que había decidido pasar unas vacaciones en una pensión con unos dueños que añoraban al Duce, aunque la nueva situación de perdedores de una guerra contribuyó a que el odio que seguramente le profesaban no pasase a manifestarse violentamente, además de que nadie en su sano juicio le haría ascos a dólares estadounidenses.

Anthony se dirigió a la estación de tren. Aquella otra vez la lluvia había aplacado un poco el intenso olor a pólvora, a bosques quemados, a vidas que se reinventaban. En su momento le dijeron que aquello era el olor de la libertad, sin convencerle en absoluto. Ahora, la tierra mojada sin huellas de botas militares, las flores agradecidas por la primera lluvia tras el verano, los olores que salían de cada cocina le parecían mucho más fieles a su concepto de libertad. Sin embargo, aquella sensación de derrota que nuevamente le invadía a pensar en Joanna. Al llegar a la estación decidió que aún no estaba lo suficientemente triste como para marcharse de nuevo. Cambió la hora de su billete y arrastrando la maleta como si de una mascota se tratase, se compró un helado, se quitó cuidadosamente los zapatos y los calcetines y se sentó en la playa, a escasos metros de aquel pequeño y nuevo paseo.

Se puso a pensar en las veces que se bañó a finales de aquel verano con ella ante la estricta mirada de su hermano pequeño. En las veces en las que salió antes del agua para asombrarse porque aquella sirena con piernas podía salir del mar. Y sentarse a su lado con una sonrisa perenne y pedirle que sonriera también, que estaba de vacaciones, que la vida era bella y que había que disfrutarla. Y él se alegraba, sinceramente, pero no creía que en otro momento fuese a estar tan bien, y era esto lo que le impedía ser feliz o sonreír como lo hacía ella. Desde el momento en el que volviera a su país su vida dejaría de tener veranos. Era consciente de ello.

El día veinte de septiembre fueron juntos a la verbena del pueblo. No importaba que la guerra aún se librase en otros puntos del mundo, allí debían presentarle sus respetos a la patrona del lugar para que la uva recogida en la vendimia de un tiempo tan convulso les devolviese la alegría. Anthony jamás olvidaría aquel sencillo vestido que Joana llevaba, el vuelco que le dio el corazón cuando le dijo de manera pícara que ojalá tuviera sus ojos para encandilar a todos los muchachos del pueblo, que ella se fuese con la copa de vino aún por la mitad porque ya se hacía tarde y su madre la estaba esperando, que su despedida fuese un formal apretón de manos. Que no lo mirase a los ojos vidriosos para decirle que esperaba volver a verlo.

Al día siguiente, cuando más llovía, Anthony se montó en el tren que iba a Roma. De allí a París, de allí a Londres, de allí a Nueva York. De allí a… En los momentos en los que esperaba al tren se sobresaltaba con cada nueva voz que llegaba a la estación, pero nunca era Joanna, nunca llevaba ese vestido blanco, nunca lo llamaba a él.

Se terminó el helado y se puso de espaldas al mar. El verano, allí en Italia, en el último lugar donde lo vivió, en el único lugar donde lo esperaba reencontrar, estaba acabando.

PD: Si quieren segunda parte, pídanla antes de que acabe el verano. Me parecía la entrada ya demasiado larga y no sé si merece la pena seguir con ella. Gracias.

Manuel B.

He perdido la fe.

Supongo que mi vocación no fue tal. Nunca la tuve y ahora lo sé. Es lo que vi desde pequeño y lo que consideré como normal, como propio. Cada domingo la ilusión en las caras, la familia con siete hermanos vestidos para la ocasión, cogidos de la mano por la calle en parejas para no perdernos. Recuerdo cómo Don Juan me insistió para que siguiera sus pasos, me enseñó los recovecos de su parroquia y las palabras que darle a los fieles en cada momento de la vida.

Desde un tiempo a esta parte mis vecinos me preguntan que si me encuentro bien, y es que ellos mismos notan mi desasosiego interior. Hace no mucho tiempo nos vendieron que esta iba a ser una nueva etapa, que lo importante era la gente de la calle y no las cúpulas oscuras y tenebrosas. Pero las palabras no son suficientes para reparar el daño causado por tan mala gestión de una institución que se deteriora día a día, con grietas cada vez más y más profundas, más y más visibles, que sin duda empañan la labor de su gente sencilla y de base como yo mismo u otra tanta gente que ha dado su vida por algo que no es más que una ilusión frágil y endeble.

De todas formas, cuando veo que los abuelos que me visitan cada domingo no traen nunca a sus nietos, que me dicen que sus hijos están a otras cosas más importantes, convierto mis párpados en diques de contención de unas lágrimas que no sé muy bien por qué salen. Supongo que será porque mi trabajo, al que le he dedicado tantos años de mi vida, es algo que acabará por perderse, como el de afilador o el de los antiguos barberos. No tiene nada que ver con que se pierda la fe, las antiguas costumbres. No. Es por esos momentos en los que un padre abrazaba a su hijo con lágrimas en los ojos, por los momentos en los que aún estando en silencio, cientos de rezos ascendían al cielo coloreados de esperanza, por aquéllos en los que las pérdidas se lloraban al unísono, haciéndolas quizá menos importantes, para volver a recobrar la ilusión a las dos semanas.

Don Juan hizo que me encargase de la peña bética de mi pueblo, pero yo he perdido la fe. No me quedan palabras de ánimo para los parroquianos que frente al televisor me miran incrédulos ante el despropósito de esta nueva temporada mientras friego jarras de Cruzcampo. Si al final estoy equivocado y Dios es efectivamente bético, aún nos quedan años de travesía por el desierto, quizá para recibir después a un nuevo mesías que esprinte y haga bicicletas como nadie. Pero lo dudo.