De mayor, superhéroe.

Una toalla atada al cuello, un puño hacia delante y un salto hacia algún sofá o colchón. Tomar unos rotuladores a modo de garras de Lobezno o unas gafas de sol para convertirte de inmediato en Cíclope.

Cuando somos niños soñamos con tener superpoderes o recibir una carta de Hogwarts (yo la sigo esperando con ansiedad). Queremos salvar la ciudad de aquel profesor terrorífico o simplemente estar tumbados con aquella persona, mirando las estrellas, sobre una telaraña.

Sin embargo cuando crecemos estos sueños se desvanecen como El Rondador Nocturno, pero sin humo azul violeta. Quizás estos deseos desaparezcan como resultado del terrible proceso de maduración que sufre cualquiera, hasta el más melón. Pero en la mayoría de los casos esto se debe a que ya hemos hecho realidad este sueño, simplemente no nos gustan los poderes que nos ha tocado tener. Algo así como le pasaba a Pícara.

Hay quien ansía notoriedad y le ha tocado ser otra mujer u hombre invisible, que camina por la calle sin ser percibido. Quien busca tener el talento de Tony Stark pero que pasa su vida estando a la sombra de otros, como un Robin tras la capa de un Batman.

Otros, debido a la situación que se vive en su país, tienen que emigrar dejando atrás a aquellos que quieren, estirando su sueldo como Mr. Fantástico para poder enviar algo a casa.

Hay Wonderwomen luchando por tener los mismos derechos que cualquier antihéroe de medio pelo. Y hay otros que luchan por la libertad, como Bestia, por la libertad de expresar su sexualidad sin temor.

Es una pena que por culpa de tantos Señores Pingüino, Magnetos y Duendes Verdes, todos los sueños de la infancia se pierdan, que ya nadie quiera ser inmortal como Dead Pool. Que aquella toalla en los hombros haya quedado relegada a secar agua, lágrimas y sudor.

Por otro lado tenemos algunos héroes reales que intentan que recuperemos la capacidad de imaginar algo mejor, y no tienen nombres extravagantes ni llevan los calzoncillos por encima del pantalón. Tenemos Adas Colau, Albertos Garzón y Teresas Rodríguez. Quizás llegará el momento en que los antifaces sean de éstos y no de los que tienen el poder de la invulnerabilidad ante la justicia.

Hasta entonces muchos ánimos, ya llegará la hora de las tortas.

Corazón en barbecho

Si bien llevo años escribiendo poesía, mi aventura con la música es más bien reciente (nunca he tenido un buen oído y he necesitado varios intentos hasta «aprender» a tocar la guitarra).

Ya conociendo cuatro acordes e inspirado por las actuaciones en acústico de Kutxi Romero surgió esta canción adaptando un romance y varios versos sueltos que tenía en mi libreta.

Me habría gustado publicar un audio o un vídeo pero mi voz ahuyentaría hasta a los bots que pululan por la web.

Sin más os dejo este poema/canción, espero que os guste:

CORAZÓN EN BARBECHO

Que la luna no se asuste
cuando el sol entre de lleno,
que las abejas dormidas
no despierten de su sueño.
Un nuevo día esta entrando
y yo aún me estoy vistiendo:
Voy a encubrirme de launa
que no me entre el llanto dentro.

Me desplomo cuando pongo
mi corazón en barbecho
esperando otra ocasión.

Decepciono cuando escojo
ser el mismo gilipollas
que ya no atiende a razón.

Se hace tarde en la montaña
y vuelvo a echarte de menos.
Retirado de batallas
lucharé con mil guerreros
cubierto por la coraza
forjada con el esfuerzo
de aquel que no sabe nada
y todo está aprendiendo.

Me desplomo cuando pongo
mi corazón en barbecho
esperando otra ocasión.

Decepciono cuando escojo
ser el mismo gilipollas
que ya no atiende a razón.

lupi

Bombín y cigarrito

Aquí os dejo algo que le escribí al maestro Sabina allá por el 2012 en otro blog:

Maestro de maestros,

Mortal entre los dioses,

Izquierda de los centros,

Paleta de mil colores.

.

De Úbeda hasta Granada,

Al extranjero emigró,

Con la lengua adulterada,

Por dos cubatas de ron.

.

Pájaro en Portugal, capitán de su calle,

A la Magdalena quiso cantar,

No hay nadie con su talle

Ni que lo pueda igualar.

.

Cantante que soñó ser poeta,

Mamarracho loco de remate,

Torero de salón y servilleta,

Se enroca si le dan jaque mate.

.

El bombín es su sello,

La poesía su lenguaje,

Por nadie se juega el cuello,

Por cualquiera se rasga el traje.

.

Joaquín Sabina canta lo que piensa,

Dice lo que quiere,

En el bulevar de la extensa

Minoría que solo por amar muere.

Hello, world!

Dicen que es de buena educación saludar y presentarse y, bueno, intentaré empezar con buen pie y ser educado.

Soy Fran, aunque mi familia me llama Francisco Javier, unos amigos Bolívar, otros Bob… vamos, que podéis llamarme como os salga de… (¡uy! perdón, iba a ser educado). Soy graduado en Ingeniería Informática y estoy estudiando un máster de lo mismo. Estoy aquí gracias a @griger, compañero de clase, quien hace unos días me habló de este blog del cual me sorprendí (para bien).

Siempre he sido defensor de que una persona con una carrera técnica no tiene por qué despreciar las letras. Y descubrir un blog donde escriben autores de carreras técnicas es una grata sorpresa.

Cuando se me invitó para escribir aquí no me lo pensé dos veces. No soy nuevo en esto de los blogs. Ya tuve uno hace unos años, que me ayudó para desahogarme en días difíciles, y sé que la clave está en escribir cuando apetezca, no por obligación. Pero os prometo algún que otro poema, aunque posiblemente no sean nuevos, pues hace un tiempo que mis musas huyeron y no soy capaz de escribir más que versos sueltos.

Y nada, me despido deseándome a mi mismo suerte por aquí y que me lean, aunque sea, cuatro gatos.

PD: Si me queréis seguir en Twitter, soy @fblupi (SPAM! SPAM!)

Tortura con transbordo

Sentado en el bus con camisa color moca,

me pregunté dónde estuvo escondido antes,

no sé si él o los vaches sacaron mi corazón por la boca,

quise hablar, a mis cuerdas vocales le faltaron consonantes.

.

Día a día me debatía en un tira y afloja,

como un combate para romanos,

entre mi pesimismo y sus ojos color salsa de soja,

pestañeo morse, nuestros ojos, lengua de signos sin manos.

.

Como la cama que desaparece bajo el cuerpo,

él se marchó dejándome como la loca de Perales,

sabía que volver a verlo era cuestión de tiempo,

pero mi Niagara interior intentaba desbordar mis lagrimales.

.

Me convertí en investigadora privada sin sombrero,

ni cigarro, ni sueldo, tampoco gabardina,

todo el mundo lo conocía como a un extranjero,

pero cada pista era para mi dolor una aspirina.

.

El día del encuentro llegó en un café,

cada mirada se convirtió en una palabra,

y cada caricia era un milagro para mi fe,

pero sin explicaciones desapareció, abracadabra.

.

Ahora lo busco, donde antes lo sentía sin verlo,

ahora ya no cojo la línea nueve, hago transbordo,

a él jamás podre tenerlo,

pero quién sabe si esta buscadora ciega, encuentre un buscador sordo.

Para Claudia con todo mi respeto. Espero que sea algo que valga la pena y que de ello no sólo tenga la larga espera.

La Palabra de Dios

Manuela se encontraba sentada en su cocina, junto a la mesa, ataviada con su ya clásico y desgastado delantal, otrora brillante verde herbáceo, pero que ahora, y tras múltiples años de lavados y demasiado uso, lucía de un tono más bien parduzco. Cuchillo en mano trabajaba sin descanso picando un abultado conjunto de judías verdes que descansaba sobre la mesa, junto a una bolsa de supermercado que se iba progresivamente llenando con los deshechos de su trabajo. Sobre su falda soportaba un recipiente rectangular donde iba depositando aquellas partes que le servirían para cocinar un buen estofado. Trabajaba con la celeridad propia de un chef con un caro juego de cuchillos japoneses, mientras canturreaba una canción que había escuchado alguna que otra vez en la radio.

El timbre la sacó de su ensimismamiento. Soltando un suspiro dejó el recipiente sobre la mesa y trabajosamente se levantó para acercarse hasta la puerta de entrada. Giró la enorme llave tres veces hacia la derecha, descorrió los dos cerrojos metálicos de exageradas dimensiones y abrió la puerta dejando paso a un rayo de luz que iluminó parte de su ensombrecido salón.

Allí, ante ella, un chaval joven, al que no conocía de nada, la saludó con un “Buenos días señora”, acompañado de una amplia sonrisa que flaqueó al ver el enorme cuchillo que ella portaba.

– Oh, me has pillado picando judías – dijo ella restándole importancia al percatarse de la mirada del joven. – ¿Qué quieres? – Preguntó sin rodeos.

El muchacho recuperó la compostura e inició su discurso con el mismo tono forzado de su saludo inicial:

– Déjeme que me presente, me llamo Victoriano Pérez Mejías y he venido hasta este pueblo como representante del grupo de difusión de la palabra de Dios “Grupo Jienense de Difusión de la palabra de Dios para los pueblos de Jaén y del mundo”. He viajado hasta aquí, Guarromán, en calidad de comunicador y portador de la palabra escrita de Dios.

Manuela lo miró con detenimiento mientras soltaba aquella perorata memorizada. Vestía una camisa blanca de manga corta abrochada hasta el último botón y una corbata negra que terminaba de aprisionar el cuello del joven Victoriano. Tras sus pequeñas gafas sin montura, se escondían unos huidizos y pequeños ojos oscuros que contrastaban con su enorme boca de permanente sonrisa. Su cabello negro, repeinado hacia la derecha, se había alborotado mínimamente a causa de su periplo desde la capital. Completaba su vestimenta un pantalón largo tan oscuro como su corbata, de corte recto y sin arruga alguna, que ocultaba casi completamente dos zapatos igualmente negros y notablemente desgastados.

– ¿Qué vienes, a leerme la biblia? – Preguntó ella.

– Sí, bueno… – respondió él intimidado por el tono de la señora, – es una de mis funciones.

– Pues pasa hijo, pasa – respondió ella a la vez que se echaba a un lado para que el joven entrara y se protegiera del sol abrasador que a aquella hora ya rondaba su punto más elevado en el cielo. – Ya que te has dado el paseo, qué menos que escucharte un poco.

Lo condujo a la cocina y colocó una silla en un lado de la mesa, junto a la que ella había ocupado, indicándole con la cabeza que se sentara.

– ¿Cerveza? ¿Un zumito? ¿Limonada?

– No, gracias señora – respondió él en su línea de exagerada corrección.

– Un vasico de agua por lo menos, ¿no? – Insistió ella poniéndole un vaso y una jarra de agua por delante antes de que el joven tuviese siquiera tiempo de rechazarlo amablemente. Por último puso sobre la mesa un paquete de galletas y se sentó dispuesta a continuar con su tarea. – Tú cuéntame mientras yo sigo con lo mío.

Victoriano se acomodó en la silla y se mojó los labios.

– ¿Cree usted en Dios? – preguntó finalmente.

– Eh… bueno… – balbuceó al dar la respuesta-, sí, sí, claro…

– A pesar de ser creyente creo que no ha respondido con la suficiente seguridad – valoró el muchacho-. Es normal, es más habitual de lo que cree. En la sociedad de hoy en día, a pesar de predominar una educación cristiana, se está produciendo un alejamiento generalizado y progresivo de las bases ideológicas y culturales sentadas por la Iglesia católica. Es nuestra obligación, como miembros de la Iglesia, el intentar que aquellas almas descarriadas vuelvan a encontrar el camino y vivan bajo el amparo de la fe.

– Osú, qué bien hablas hijo mío – comentó Manuela sin levantar la vista de sus habichuelas.

– Hoy en día, podríamos decir que incluso la política está promoviendo comportamientos o actividades que ponen en entredicho el bienestar de la sociedad y que se salen de lo que podríamos considerar normal y adecuado. La religión católica se está dejando en un segundo plano en muchos aspectos, cuando sin ningún tipo de duda debería siempre prevalecer como guía espiritual capaz de darnos las herramientas necesarias para actuar acorde al mandato divino en cualquier nivel o escala social y dentro de cualquier actividad del tipo que sea. Es más, somos muchos los que defendemos que el representante estatal de la Iglesia Católica debería ocupar un puesto preponderante en los altos órganos de gobierno como medio de que la vida de los ciudadanos quede siempre regida bajo un ideal capaz de acatar las premisas establecidas por Dios.

– Por dió, qué discurso – dijo Manuela mientras cogía una nueva judía-. Bebe agua hijo, que te vas a secar – Victoriano bebió agradecido y tomó el aire que parecía no haber inspirado durante su discurso-. Dime Victoriano, ¿qué edad tienes?

– Tengo veintiuno, señora – respondió el joven.

– ¡Un chaval! – Exclamó agitando la mano que portaba el cuchillo. Se percató del sobresalto del joven al mover cerca de él el puntiagudo utensilio y lo retiró disimuladamente para redirigirlo a la piel de la judía que tenía en la mano.

– La juventud no me limita para realizar mi cometido, si me permite que se lo diga.

– Nadie ha dicho lo contrario – comentó Manuela.

Victoriano la miró unos segundos y volvió a la carga:

– Me gustaría tratar con usted algunos temas de actualidad, para conocer su opinión.

– Te escucho.

– ¿Qué opina usted de la legalidad de las relaciones entre personas del mismo sexo?

– Pues muy bien, si se quieren y disfrutan juntos, que hagan lo que quieran – respondió Manuela en tono festivo.

– ¿No cree que se está promoviendo, tanto con la política como en televisión, este tipo de comportamiento antinatural? ¿No cree que perjudica a la sociedad en su conjunto? – Insistió él, preocupado por la permisividad de su respuesta.

– A mí no me hacen ningún daño. ¿Y a ti? – Atacó Manuela-. ¿Se te ha acercado un mariquita a pegarte porque no te gusta que se acueste con su novio?

– No, a ver… – respondió incómodo-. No es que hagan daño material o personal, sino más bien que la permisividad que se tiene hacia ellos daña la naturaleza del ser humano e indirectamente a la sociedad. Los más jóvenes podrían verlo como algo natural, y ya le digo yo que no hay nada natural en que dos personas del mismo sexo tengan relaciones amorosas. Biológicamente, el hombre y la mujer fueron creados…

– Mira, para el carro Victorino – le cortó Manuela algo alterada y agitando el cuchillo de nuevo demasiado cerca del muchacho-, antes de que me cuentes esas maravillosas reflexiones de un joven adoctrinado desde la cuna prefiero que me leas un ratico la Biblia, que no me acuerdo de qué iba.

Victoriano se sintió ofendido pero se repuso inmediatamente y accedió a realizar la lectura de algún pasaje bíblico, ya que eso también formaba parte de su labor divulgadora. Mientras Manuela seguía pelando habichuelas él abrió la Biblia que había traído con él y tras buscar durante unos segundos encontró un fragmento que consideró adecuado.

– Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet.

– Osú, qué bien lees hijole interrumpió Manuela-. Qué entonación y qué voz más bonita. Sigue así que me gusta-. Victoriano la miró y continuó obediente.

– Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada. Aconteció que ejerciendo Zacarías…

La lectura se prolongó durante largo rato. Manuela se sentía tranquila, pelando judías con el soniquete de aquel joven como música de fondo.

– …¿qué haremos? Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer… – el sonido del timbre le interrumpió. Victoriano levantó la vista y miró a Manuela esperando que esta reaccionase a la llamada.

– Sigue hijo sigue, que me gusta escucharte – dijo Manuela dirigiéndose hacia la puerta.

– Y el que tiene qué comer, haga lo mismo – continuó Victoriano desde la cocina.

Manuela se dirigió hacia la puerta y abrió.

– ¡Hija, ¿qué haces aquí?! – Exclamó sorprendida al ver a su hija María en la puerta.

– ¿Cómo que qué hago aquí? – preguntó acalorada María entrando en la casa y soltando un par de pesados bultos que llevaba consigo-. Te dije que hoy vendría a comer contigo -, dijo dándole un beso-. Y quita el cuchillo por dios que me vas a…- se detuvo al oír una voz de fondo-. ¿Quién está en la cocina? – Preguntó extrañada.

– Nada hija, un chaval de Jaén que ha venido de visita al pueblo.

María se mantuvo un segundo en silencio y prestó atención.

– …y orando, el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal…

– ¿Te está leyendo la Biblia? – Exclamó María sorprendida-. ¡Si tú no crees en nada de eso!

– Ay calla – le instó su madre-. Que el pobre tiene la cabeza comía y le han hecho venir hasta aquí con el calorcico que hace hoy. Déjalo que me lea, que me estaba haciendo compañía…

María puso los ojos en blanco negando con la cabeza. Conocía de sobra a su madre y ya estaba acostumbrada a ella y a sus rarezas.

– Anda, ayúdame a subir las bolsas, que te he traído unas toallas nuevas – le pidió María a su madre señalando las bolsas y secándose con el dorso de la mano unas gotas de sudor que habían comenzado a recorrer su frente -. ¡Y suelta el cuchillo por Dios bendito!

– Ay espérate, que me quedaban tres judías por pelar. Siéntate un momento en la cocina conmigo y ahora subimos eso.

María la siguió resignada a la cocina donde Victoriano seguía inmerso en la lectura del Evangelio de San Lucas.

– …hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de…

– Victoriano, perdona – le interrumpió Manuela-. Te presento a mi hija, María.

Victoriano se levantó de la silla de forma respetuosa y le tendió la mano repitiendo su nombre a modo de presentación.

Los tres se sentaron a la mesa y Manuela sacó de la nevera un salchichón que cortó en rodajas y sirvió a modo de aperitivo.

– Está buenísimo, señora – agradeció Victoriano visiblemente hambriento, conteniéndose para no atacar salvajemente el plato de salchichón.

– Espera que voy a cortar también un poco de queso – dijo Manuela sonriendo a la vez que sacaba de la nevera una porción de queso curado.

– Mamá, yo voy a subir mientras las toallas – anunció María levantándose de la silla-. ¿Dónde te las pongo?

– A ver, enséñamelas hija, y según cómo sean te digo dónde colocarlas – accedió Manuela siguiéndola en dirección a las bolsas.

María empezó a mostrarle los distintos tonos y tamaños que había comprado y Manuela le dio indicaciones gesticulando con el cuchillo.

– ¡No, si ya verás tú… que al final me vas a cortar! – le regañó María.

– Ay hija, no seas coñazo y súbeme eso para arriba.

– ¿Coñazo yo? Vamos, tienes a uno ahí leyéndote la Biblia y el coñazo soy yo.

– Osú hija, ya se te ha pegao la mala follá granaína

Con la discusión no se percataron de los ruidos y aspavientos que el joven Victoriano había comenzado a emitir mientras se atragantaba con un pedazo de salchichón. Asustado y sin poder respirar se incorporó como pudo y se acercó hasta la puerta de la cocina. Las dos mujeres aún tardaron unos segundos en darse cuenta de que la vida del joven peligraba. Con la cara roja y el cuello tenso, incapaz de articular palabra, imploraba ayuda con la mirada.

– ¡¿Pero qué le pasa a este?! – se asustó María-. Ay mamá, que se ahoga, ¡que se ha atragantao con algo! – adivinó finalmente al ver como se comportaba.

Victoriano se tambaleó y su cuerpo inició una caída sin freno dirección al suelo.

– ¡Que se cae! – gritó Manuela intentando asirle.

No pudieron sujetarle debidamente y las desequilibró, provocando que finalmente los tres cayeran golpeándose contra el frío mármol. María había caído de culo a un lado y Manuela, la peor parada, había caído con Victoriano encima. El muchacho, que aún convulsionaba levemente, parecía no estar dispuesto a moverse, así que finalmente tuvo que ser la hija de la aplastada la que lo empujara a un lado para liberar a su madre.

El sonido del cuchillo deslizándose a través de la carne fue evidente. Ambas miraron horrorizadas el arma ensangrentada que aún sujetaba Manuela con fuerza para a continuación dirigir la mirada hacia Victoriano, quién además de yacer con la mirada perdida y la cara morada, tenía una mancha roja en la camisa blanca que se expandía de forma descontrolada.

– ¡Mamá! ¡Lo has matao!

– ¡¿Cómo que lo he matao yo?! ¡Si ya se estaba muriendo él solo! – respondió Manuela histérica.

– ¡Se suponía que tenías que ayudarle, no que rematarlo! ¡Mira que te dije que dejaras el puto cuchillo tranquilo!

– ¡Y dale con el cuchillo! ¡Ala, que le den al cuchillo! – Exclamó Manuela tirándolo a un lado.

– ¡¿Y si no se ha muerto todavía?! – Gritó María arrodillándose junto a Victoriano para intentar encontrar algún signo que indicara que aún seguía con vida.

– ¿Pero tú has visto la cara de muerto que tiene el chiquillo?

– ¡Llama al 112 o algo!

– Ay sí… – Manuela desapareció en busca del teléfono y volvió al salón marcando los dígitos del número de emergencias-. Espera… – se detuvo antes de pulsar el botón de llamada-. Que lo he matao yo… ¡que me van a detener!

– ¡Ah, ¿ahora sí lo has matao tú?! – María la miró exasperada-. Trae para acá el teléfono.

– Que no, hija – se negó Manuela alejándolo de las manos de su hija.

María se detuvo, inspiró grave y profusamente y repitió de forma más pausada:

– Mamá, dame el teléfono.

– Que no hija, que me van a meter en la cárcel y no quiero morirme en una jaula.

– ¡Mamá, dámelo! – gritó María abalanzándose a por ella.

Sin pensarlo Manuela estrelló el teléfono con todas sus fuerzas contra la pared.

– ¡¿Qué coño haces!? ¡¿Estás loca?! – berreó María.

– ¡Cállate ya por dios! ¡Que acabo de matar a un hombre! – sollozó Manuela.

– ¿Un hombre? ¡Yo diría un niño! – puntualizó María haciendo que su madre se sintiera aún peor y rompiese a llorar hasta desplomarse en el suelo. María se arrodilló y abrazó a su madre que lloraba desconsoladamente.

Cuando Manuela se hubo calmado, su hija insistió amablemente en que debían llamar a emergencias, a lo que ella se negó.

– No hija, he matao a un hombre – comenzó a hablar con frialdad-. No quiero acabar en la cárcel. Y no lo conocía de nada, así que si lo hacemos bien, este podría ser un crimen perfecto.

– ¡¿Pero qué me estás contando, mamá?! – exclamó asustada su hija.

– Tranquila, María. – La frialdad que se había apoderado de Manuela asustaba-. Cuando se haga de noche pondrás el coche en la puerta, lo meteremos como podamos y lo llevaremos hasta el embalse de la Fernandina. Una vez allí lo tiramos con pesos para que se hunda.

Su hija la miraba pálida por la frialdad con la que le había dicho aquello y sobre todo por lo que le estaba obligando a hacer. María se quedó en el suelo con la mirada perdida intentando digerir las palabras de su madre, mientras ésta desaparecía para volver poco después con las toallas que le había traído su hija. Casi de manera automática María ayudó a su madre a colocar toallas en el suelo y juntas empujaron el cadáver de Victoriano hasta colocarlo sobre ellas. Cogieron múltiples bolsas de basura y lo envolvieron lo mejor que pudieron. Acto seguido comenzaron a limpiar las manchas de sangre del suelo. Manuela fregó el cuchillo en la cocina y se desvistió para deshacerse de su ropa manchada de sangre.

– Voy a darme una ducha – anunció.

– Vale-. Fue lo único capaz de pronunciar María, que se quedó esperando en el salón, sentada en el sofá y contemplando el bulto envuelto en bolsas de basura. Era cómplice de un asesinato.

Las horas pasaron lentamente y madre e hija esperaron impacientemente hasta la noche para continuar con su plan. Vivían en el extremo sur del pueblo, junto al campo, por lo que en principio no debían preocuparse de vecinos cotillas o miradas indiscretas.

Una vez que la oscuridad se hizo casi completa María salió a por su coche, un Ford Focus del 2000, aparcado a unos cincuenta metros de la casa. Cuando llegó a él, abrió con calma la puerta y se sentó en el interior. Sentía una presión en el estómago que la sobrecogía completamente. Tenía miedo y sus lágrimas escaparon de sus ojos para sofocar su dolor. Finalmente arrancó evitando encender las luces, sacó el coche de la fila de vehículos aparcados y cuando se hubo situado en el centro de la calle se paró en seco. Encarna se dirigía a casa de su madre.

_____________

Manuela estaba ultimando detalles mientras esperaba a su hija. Había estado buscando cadenas y objetos metálicos que sirvieran como pesas para hundir el cadáver en el fondo del pantano. Unos nudillos golpearon la puerta y de forma automática abrió esperando que fuera su hija. Cuando vio de quién se trataba el corazón le dio un vuelco. Allí bajo el marco de la puerta estaba Encarna, una vecina de sesenta y siete años – aunque aparentaba el doble-, envidiosa, cotilla y mezquina. Manuela y ella no eran precisamente buenas amigas. Habían tenido numerosos encontronazos en el pasado y ahora simplemente se toleraban. Lo que no sabía Manuela era qué diantres hacía allí, en ese preciso momento.

Encarna era una mujer menuda, de cabello teñido en tonos rubios, cabeza redonda y permanente expresión de asco. Sobre el labio superior, una hilera de vellos sin depilar conformaba un bigote del que un adolescente pre-púbico habría tenido verdadera envidia. Vestía siempre de negro desde el fallecimiento de su marido hacía veinte años y despedía un olor rancio desagradable.

– Vengo a pedirte el dinero para el viaje a Málaga de la asociación de vecinas de Guarromán – anunció Encarna sabiendo que no era bienvenida.

– ¿Qué pasa, no podíais esperar a mañana? – preguntó Manuela algo airada y nerviosa mientras intentaba cerrarle la puerta en la cara. Encarna impidió que cerrase la puerta introduciendo el pie entre ésta y el marco con un movimiento impropiamente rápido para su edad.

– ¿Qué tienes ahí, Manuela? – preguntó Encarna, cuyos ojos inyectados en sangre habían divisado un extraño bulto en mitad del salón. Como si de una hiena que había olido un cadáver se tratase, Encarna empujaba la puerta con una fuerza sobrehumana, dispuesta a abalanzarse sobre la carroña.

– Es sólo una alfombra antigua de la que iba a deshacerme – mintió Manuela abriendo la puerta derrotada por el poderosos instinto depredador de Encarna.

Encarna dio un paso hacia el interior de la casa contemplando el bulto del salón. Manuela estaba aterrada. Las piernas le temblaban y un sudor frío le recorría la espalda. Los orificios nasales de Encarna se abrieron absorbiendo todo el aire de la habitación.

– Huele raro – dijo mientras se acercaba dos pasos más hacia el cadáver analizando con sus malvados ojos cada rincón del salón.

– Mira Encarna, mañana te pago, de verdad – suplicó Manuela-. Me has pillado en mal momento.

Encarna la miró y pareció satisfecha. Con un ronco gruñido se dispuso a abandonar la casa. Pero en el último momento se giró hacia el cuerpo de Victoriano.

– Déjame ver la alfombra, siempre he querido tener una así de grande – pidió mientras se arrodillaba junto al cadáver sin esperar a que su vecina le diera permiso.

– ¡Encarna, no…! – gritó Manuela.

Pero ya era demasiado tarde. Encarna había palpado con fuerza la zona del bulto que se correspondía con la cabeza de Victoriano y notó bajo sus manos la inconfundible forma de una nariz y una cabeza humanas. Inflada por la emoción y la adrenalina rasgó con sus zarpas la bolsa y descubrió el rostro pálido de Victoriano.

– ¡Un muerto! – gritó poniéndose en pie a la vez que se santiguaba, aunque en realidad la sensación que la invadía no era de miedo o temor, sino una extraña mezcla de emoción y euforia-. ¿Quién es este Manuela? ¿Lo habéis matado? ¿Por qué lo teníais envuelto en bolsas de basura?

Manuela se había quedado de piedra. Era incapaz de reaccionar, incapaz de dar una explicación.

– ¡Asesina! – el grito de Encarna sacó a Manuela de su ensimismamiento-. Ahora mismo voy a llamar a la policía.

– ¡No, espera! – Suplicó Manuela mientras la agarraba de la falda.

De nuevo la fuerza de aquel malvado cuerpecillo la superó y no pudo evitar que saliera a la calle gritando improperios.

_____________

María había estado esperando en el interior del coche con el motor encendido. Cuando vio a Encarna saliendo de casa de su madre gritando y forcejeando el mundo se le vino abajo. Su mente se nubló y con un grito silenciado de terror, procedente de lo más profundo de su interior, pisó el acelerador. La cabeza de la atropellada golpeó fuertemente el capó con un ruido sordo. María detuvo el vehículo y encendió los faros. A unos metros por delante yacía el cuerpo sin vida de Encarna. Se bajó del coche con el corazón acelerado y se acercó a su víctima. Su madre ya estaba allí, sollozando y cerciorándose de que estuviera realmente muerta.

A duras penas, consiguieron introducir los dos cuerpos en el maletero del vehículo, envueltos en una mezcla de toallas y bolsas de basura. Realizaron todo el trayecto sin pronunciar palabra alguna. La primera parada fue en el embalse de la Fernandina, donde arrojaron el bulto correspondiente a Encarna, envuelto en una buena sarta de cadenas y diversos objetos metálicos que aseguraran su rápido hundimiento.

Para deshacerse del cuerpo de Victoriano condujeron hasta el embalse del Guadalén. Detuvieron el coche sobre la presa, sacaron su cuerpo del maletero y, sujetando una por los pies y otra por los hombros, lo balancearon y soltaron a la de tres, arrojándolo por encima de la baranda, directamente al agua.

Madre e hija se quedaron allí, en la oscuridad, contemplando el cielo iluminado de estrellas.

– Que Dios lo acoja en su seno – susurró Manuela.

– Amén.

 

Doble sinsentido

Como morir entre llamas en un zoológico,

como temer padecer miedo patológico,

como las chupas de Cuero que nunca se puso,

como el electrocardiograma que le gana a la vida el pulso.

.

Como cortar las alas a la paloma azul de la libertad de expresión,

como echar sal sin toma de tierra para la subida de tensión,

como la muñeca rusa que nunca llegaste a desnudar,

como los mudos que se rompen los dedos intentando acariciar.

.

Como las tablas de Noé que usamos para multiplicar pecados,

como usar para anclar el tiempo cuñados pesados,

como los besos mesa de camilla para pacientes con bilirrubina,

como las vidas tan putas que se ven en cada esquina.

.

Como llorar el pasado para tener lágrimas de cristal donde mirar el futuro,

como viajar a Berlín y subir las fotos a tu muro,

como la maqueta de Guernica que hemos reconstruido,

como un doble sinsentido fue lo que nunca ha sido.

Mutis por el foro

Te he leído tanto que te tengo subrayada,

he repasado tanto el guión que me sé tus réplicas,

nos hemos levantado tanto que somos tramoyistas sin ayuda,

eres tan buena actriz que paso de cínicas.

.

Al empezar te acariciaba con Nerón al arpa,

te pedí un café y tú me diste un viernes de Defoe,

que si lloras me transformo en payaso sin león ni carpa,

que quiero ser viento en tu faldita de Monroe.

.

Hiciste de Kafka transformando un capullo en mariposa,

no tengo hacha pero me tienes loco como en El Resplandor,

que con tu pincel pusiste mi vida en rosa,

y con tu cuerpo dejaste sin palabras al narrador.

.

Que andaba vagabundeando hasta que la encontré, dama,

que lo que antes era comparsa ahora es alegre coro,

hagamos un primer acto en tu cama

y con los besos mutis por el foro.

¡Feliz día mundial de la poesía!

Padre, ¿por qué me has abandonado?

Puestos a recibir bien, allí lo recibían a uno como si fuera un Cristo. Tendida la alfombra de un azul lapislázuli, desembocaba esta en el centro del gabinete. Y en el centro un diván. Qué maravilla, como una nube que sirve de acceso directo al cielo, hacía juego con la alfombra y contraste con los libros de las estanterías que rodeaban toda la habitación y la pintaban de tonos cálidos de otoño.

Como a un Cristo, en la Semana Santa andaluza, lo recibían a uno. Porque la alfombra, y el diván y los libros que eran testigos, observaban atentamente cómo el mundo se derrumbaba para las personas que allí asistían, cómo el mundo dejaba de tener tanto sentido y cómo estos se preguntaban de forma incesante por qué su padre los había abandonado así. De esa manera que tanto duele, que todo el mundo observa, pero que nadie comprende.

En mi caso, me preguntaba por qué mi María Magdalena no quería hablar del tema, y por qué mi otra María, mi madre santísima, quería hacer como si no pasara nada, como si ella me hubiera concebido por acción divina. Intenté que mi padrino, mi José el carpintero, me aconsejara, intenté dejar abierta las puertas de la seducción de mi espíritu para que él entrara y lo pusiera todo firme… Y claro, olvidé que los carpinteros no están hechos para ese tipo de cosas. Primero porque ellos se ocupan de la firmeza de otros miembros, y segundo, que para mantener estructuras en pie cuando están especialmente debilitadas o son inexpertas, lo que hace falta es un encofrador. Y vaya si lo busqué.

De hecho lo que hacía en aquel gabinete era buscar un encofrador: “Quiero un encofrador.” “Señor, esto es una clínica para tratar problemas sexuales, un sexólogo al uso.”

Un encofrador. Había que poner en pie mi ánimo, mi estima, mi hombría y mi virilidad. Había que encofrar, y mantener la firmeza para reconstruir todo.

Sin comprender nada de nada, me pusieron en el diván y me miraron, como a un Cristo, protagonista y víctima y verdugo y muerto y vivo y pendiente de resurrección.

“Caballero, el problema no es suyo solamente, este problema lo tienen las parejas, tiene usted que venir con su pareja.”

Pero qué pareja. ¿La apócrifa, la santa María Magdalena? ¿La que hace como si nada ocurriese (o corriese)? No, no. Esto lo arreglo solo, la culpa de todos me la cargo yo.

Me recibieron como a un Cristo, y me despidieron como a Él, sin prestarme mucha atención y muerta toda suerte de fe…

“El problema no es suyo, Caballero. Es de su mujer, es ella la que necesita un fontanero.»

¿Padre, por qué me has abandonado?