EL ÚLTIMO HOMBRE – Parte II, Alice

Antes de seguir asegúrate de haber leído «El Último Hombre – Parte I, la huída»

__________

Pedro cerró la cancela al salir de casa y al momento oyó el correteo de una pequeña criatura. Era el perro del vecino que, como siempre, corrió a despedirlo con sus ladridos furiosos y amenazadores. Era un chihuahua, un perro que en su opinión se asemejaba más a una rata. Lo cierto es que era un animal feo. Pequeño, de orejas desproporcionadas y enormes ojos que parecían dispuestos a saltar de sus cuencas si se les aplicaba un poco más de presión. Le costaba entender cómo alguien podía llegar a decir “¿dónde está mi cosa bonita? ¿Quién es el perrito más guapo?”. Al fin y al cabo la convivencia con una mascota generaba fuertes lazos entre dueños y amos, pero la ceguera a la que les sometía tal amor podía llegar a ser incluso alarmante.

Más allá de la subjetividad en la percepción de la belleza canina, lo que le molestaba eran sus permanentes ladridos hacia cualquier persona o animal que pasase cerca de su puerta. Era como un niño pequeño malcriado. Evidentemente, la sobreprotección administrada por su amo había provocado que un bicho como ese no fuera consciente de su diminuto tamaño y sus reducidas posibilidades contra una buena patada. Quizás, si se hubiera visto obligado a sobrevivir en la naturaleza, habría conocido sus limitaciones y habría desarrollado comportamientos más adecuados.

Con su mente sumida en tales pensamientos llegó hasta “la cueva”, dónde ya le esperaban sus tres amigos.

__________

Una extraña canción lo despertó. Su visión comenzó a aclararse. Estaba sobre una superficie suave y junto a él había una mujer. Una señora mayor de gran volumen que entre dientes entonaba una melodía que había oído antes.

–  ¡Oh! Parece que ya despiertas – exclamó la señora-. Me tenías preocupada.

A duras penas, Saigo intentó preguntar qué había pasado y dónde se encontraba.

–  No te preocupes, aquí no te encontrarán – respondió la señora adivinando sus intenciones-. Entiendo perfectamente tu situación, pequeño. Me dabas tanta pena cuando te veía en televisión…

Le aplicó un paño de agua fría sobre la frente mientras Saigo miraba a su alrededor. Estaba sobre una cama amplia, de blancas sábanas que habían perdido algo de brillo después de numerosos lavados. La estancia era pequeña y humilde. Algunos muebles destartalados ocupaban los espacios de la habitación. Un váter y un lavabo, tapados por un biombo, completaban la extraña imagen de la estancia. Nunca se había aposentado en un lugar de tan bajo nivel, pero no le importaba.

La anciana volvió a hablar.

–  Tuviste suerte. Caíste en el lago Hawking muy cerca de la barca de mi nieta Alice. Ella te reconoció y te trajo rápidamente hasta mí. Chica lista. El golpe contra la superficie del agua te dejó aturdido. Perdiste el conocimiento y sufriste alguna que otra hemorragia interna, pero no tienes que preocuparte, no corres ningún peligro, estás en buenas manos.

–  ¿Quién… eres? – preguntó Saigo esforzándose por pronunciar cada palabra, luchando contra el enorme peso que parecían haber adquirido sus labios.

–  Soy una antigua enfermera del Hospital Saint Clarence. Me llamo Madame Fat. Y no, no es por mi desbocado estómago que no para de crecer – dijo riéndose de su propio chiste con un ligero tembleque de papada-, es el diminutivo de Fátima. Y lo de Madame ya lo sabes.

–  ¿Madame? – preguntó extrañado Saigo. Nunca se había preguntado por qué llamaban “Madame” a Madame Chú, pero estaba convencido de que ahora obtendría un significado adicional.

– ¿No lo sabes? Pobre… – se lamentó Madame Fat mientras cambiaba el paño de su frente -. Te han debido censurar multitud de información. El título de “Madame” fue concedido a todas aquellas mujeres que alguna vez procrearon con un hombre. Yo soy una de las pocas que quedan.

Su realidad cobró un nuevo sentido. No sabía por qué nunca le había preguntado a Madame Chú sobre la historia de su vida. Ahora sabía al menos que alguna vez tuvo descendencia sin partenogénesis. ¿Quién habría sido el padre de sus hijos? ¿Cómo habría sido? Saigo nunca llegó a conocer a su padre en persona. Nunca había visto a un hombre vivo, tan sólo había podido admirar imágenes en libros y en internet.

–  Deberías descansar aquí una noche más. Mañana podrás retomar tu viaje.

–  ¿No informará de que estoy aquí? – preguntó Saigo algo mareado.

–  Puedes confiar en mí. Cuando llegaste te extraje esto del cuello. Seguro que no sabías ni que lo tenías – dijo mostrándole un diminuto microchip. Saigo se llevó con sorpresa la mano a la nuca y palpó una herida recién cerrada con dos puntos de sutura-. Es un geolocalizador, pero no te preocupes, he freído sus circuitos – se giró y lo arrojó al interior del váter y accionó la cisterna-. Imagino el infierno que debes haber vivido – se dirigió a la puerta de la habitación y se volvió antes de cruzarla – llámame si necesitas algo. Ahora descansa – apagó la luz, salió y cerró.

La cabeza de Saigo daba vueltas y corrió a refugiarse en el mundo del sueño para liberar su mente y dar descanso a su fatigado cuerpo.

Un suave susurro le despertó. Una luz ténue inundaba la estancia. Era la de una vela colocada sobre una mesita de noche.

–  Hola Saigo – susurró una dulce voz.

Saigo se giró sobresaltado y observó a una joven muchacha. Estaba de pie junto a él, con un ceñido camisón. Tenía una corta melena oscura, unos ojos verdes que brillaban bajo la luz de la vela y unos labios que dibujaban una sonrisa encantadora. Se sentó en el borde de la cama y le habló de nuevo.

–  Soy Alice, la nieta de Madame Fat. Yo te encontré. ¿Cómo te sientes?

–  Bien – sonrió-, te agradezco mucho que me trajeras hasta aquí.

–  No hay de qué – contestó ella acariciando suavemente el rostro de Saigo con una de sus manos. Debía ser algunos años mayor que él-. Me tenías muy preocupada. Pensé que podía haberte pasado algo más grave. Te vi volar hacia mí. Te diste un golpe tremendo.

–  Lo sé, aún me duele un poco la espalda y la cabeza.

–  Me alegro mucho de que estés mejor – dijo ella acercando su rostro al de él-, ha sido una suerte enorme encontrarte. Es un gran placer conocerte.

–  No puedo decir lo contrario – sonrió Saigo. Estaba algo nervioso por el acercamiento de la joven.

–  Me gustaría… – comenzó a decir tímidamente-, verás, yo…nunca había visto a un hombre. Me gustaría… – rió nerviosamente-, me gustaría besarte.

Saigo no supo qué responder. Nunca había besado a una chica y que se lo preguntasen tan directamente le resultaba extraño.

–  Yo… e… – balbuceó. Pero el rostro de Alice redujo la distancia que lo separaba del suyo y sus labios hicieron contacto. Se mantuvo pegado a él varios segundos y luego se separó lentamente. Sus labios eran suaves.

–  ¿Te ha gustado? – preguntó ella sonrosándose.

–  Te confieso que es la primera vez que lo hago y… sí, ha sido… ha sido…

–  ¿Placentero? – le ayudó ella riendo tímidamente.

Ella se acercó de nuevo y sus labios volvieron a unirse.

Esa noche Saigo fue arrastrado a un mundo aún desconocido para él. Se hundió de lleno en la fantasía que desencadena el contacto de dos cuerpos y se impregnó del instinto más básico, primitivo y animal del ser humano.

__________

–  Mundo desconocido, fantasía, instinto primitivo… ¡pero qué mariconada es esta! – exclamó Marcos decepcionado tras la lectura de la aventura sexual de Saigo -. Parece que te dé vergüenza decir pene, teta o culo. Hoy en día la gente está muy acostumbrada a leer escenas sexuales super explícitas.

–  Tiene razón – opinó Rubén -, mira “Cincuenta Sombras”. Hay toda una legión de mujeres a las que les encanta el tema.

–  Y bastantes hombres, ¿eh? – puntualizó Alonso.

–  Bueno… no sé… – dudó Pedro -, ¿qué queréis, que describa como alzó su camisón, rodeó su cuerpo, palpó sus curvas, recorrió la suave piel de su espalda mientras la besaba…?

–  ¡Pero tío! – le cortó Marcos – EXPLÍCITO, ¿sabes lo que significa? Comerse una teta, lamer un pezón, meterla hasta el fondo, agarrarle el culo, embestirla contra la cama…

–  ¡Vale, vale! – le frenó Pedro-. No sé, yo preferiría dejarlo así. Quizás para otra ocasión. Además, lo importante es lo que está a punto de pasar…

Continuará…