EL ÚLTIMO HOMBRE – Parte V, Luz al final del tunel

Enseguida comenzó a oír el murmullo del agua. El olor comenzó a hacerse insoportable. Poco después su túnel desembocó en un gran canal por el que circulaba un torrente de aguas fecales. A cada lado había un pequeño paso para operaciones de mantenimiento. Tomó el que comenzaba delante de él y siguió el curso del agua intentando no perder el equilibrio. Recibir un baño de aguas olorosas no era una idea que le motivara demasiado.

Conforme caminaba iba barajando las distintas posibilidades que se presentaban ante él. Aquél canal acabaría desembocando en la depuradora, pero probablemente mandarían un efectivo del SSC para esperarle cuando saliera a la superficie. La mejor idea sería la de efectuar algún movimiento sorpresa, algo que les pillase desprevenidos.

Tras un rato caminando comenzó a inspeccionar los túneles que se abrían en la pared, similares al que él había usado para llegar hasta allí.

En uno de ellos percibió fuertes vibraciones que provenían de zonas superiores. Se trataba de los trenes subterráneos de servicio. Podía ser alguno de pasajeros o de mercancías. Quizás podría acceder a alguno de ellos y usarlo para acercarse aún más al borde de la ciudad o incluso alejarse de ella.

Ese pasadizo en el que se había adentrado era más largo de lo habitual. En realidad nada le aseguraba que al llegar al final de dicho pasadizo existiría una salida que pudiera atravesar, pero debía arriesgarse.

Poco después comprobó desanimado que aquél túnel acababa en una pared. No tenía salida. No entendía qué sentido tenía aquello.

Un ruido procedente de un tren en marcha le hizo darse cuenta que sobre él, había una tapa de alcantarillado, y que sobre la pared, había algunos escalones de metal.

Usó los escalones para ascender hasta la tapa, retirarla y salir al exterior. Estaba en medio de unas antiguas vías que comenzaron a vibrar enormemente. Un tren se acercaba. No tuvo tiempo de inspeccionar los alrededores para saber si existía algún recodo en el que pudiera esconderse para que no lo atropellaran, así que, cuando vio aparecer un tren a lo lejos saltó rápidamente al interior del pasadizo. El golpe contra el suelo fue contundente y se dobló uno de los tobillos al caer.

Por un momento se asustó ante la posibilidad de haber sufrido algún tipo de esguince, pero se tranquilizó al comprobar que, aparte de un ligero dolor por el golpe, podía seguir caminando perfectamente.

Una vez que el tren hubo pasado por encima de él, volvió a ascender y comenzó a correr a paso ligero en en la misma dirección.

Algunos minutos después llegó a una dársena de intercambio. El tren que había visto pasar era un tren de mercancías encargado de introducir material de todo tipo en la ciudad. Esos trenes salían de la ciudad y llegaban hasta las estaciones de acopio. Si podía montarse en él sin que lo supieran, podría viajar como polizón y salir de una vez por todas de esa jungla de cemento en la que habitaba.

Vio a algunas operarias descargando el material y decidió probar suerte por la cara opuesta del vehículo.

Todos los vagones estaban herméticamente cerrados y no había ningún tipo de protuberancia en la que pudiera agarrarse. En esos trenes, la única estancia habitable era la cabina de la maquinista, y allí era donde debería dirigirse él.

Tras vigilar pacientemente en la sombra, actuó en un momento en el que pensó que no sería visto por nadie, y con agilidad salió de las vías y entró en la cabina de la maquinista. No era muy grande, pero estaba mal iluminado. Se ocultó en una esquina con la esperanza de que, cuando fuera notada su presencia, el tren ya hubiera arrancado y tuviera tiempo de hablar con la maquinista para convencerla. U obligarla si se daba el caso.

Cuando la maquinista regresó a la cabina, no se percató de su presencia como había esperado. Activó los controles e hizo andar el tren.

–  Si sigues mis indicaciones nadie saldrá herido – dijo Saigo rodeándole el cuello con el brazo desde atrás.

La maquinista se llevó un gran susto y tardó en articular alguna palabra con sentido.

–  No te preocupes, no quiero hacerte ningún daño, pero tampoco quiero que me lo hagas tú a mí, o que actúes como no deberías hacerlo.

–  ¿Qué quieres? ¿Quién eres? – preguntó la mujer asustada-. Esa voz… no, no puede ser…

–  Sí, lo es, soy Saigo – afirmó.

–  ¿Saigo? ¿El último hombre? ¿Pero qué…? ¿Cómo…?

–  Sí, lo sé – habló él ante la imposibilidad de la mujer por efectuar una pregunta-. Es extraño e inusual que yo esté aquí, pero quiero salir de la ciudad y creo que tú podrías ayudarme. ¿En qué dirección va este tren?

–  Estamos yendo hacia el sur, Saigo – contestó ella después de dudar varias veces -. Estamos pasando bajo la Zona 5 ahora mismo.

–  Entonces debe faltar poco para salir de la ciudad en dirección a las factorías de acopio, ¿verdad?

–  Sí, tan sólo queda una parada – contestó ella reafirmando sus pensamientos.

–  ¿Una parada? Vaya… – eso expondría de nuevo a Saigo. ¿Cómo podía hacer para evitar que aquella mujer le traicionara?- ¿Qué podría hacer para saber que puedo confiar en ti?

–  Puedes confiar en mí – respondió rápidamente la maquinista-. No haré nada que no quieras que haga, pero suéltame por favor.

–  Vale, tranquila, te soltaré para que te sientas más cómoda, pero por favor no intentes activar algún mecanismo de emergencia.

Saigo la liberó y la maquinista se llevó una mano al cuello. No podía soltar las dos manos a la vez de los mandos, así que Saigo se situó en una zona donde pudieran hablar cara a cara sin necesidad de hacerlo.

–  ¡Es cierto que eres tú! – exclamó ella-. No me lo puedo creer. ¿Por qué quieres escapar? Cualquier desearía poder vivir allí arriba, en la zona alta, con el nivel de vida del que dispones.

–  Te equivocas – contestó Saigo furioso-. No tengo libertad. En mis casi dieciséis años de vida sólo he recibido mentiras por todas partes. Mi historia es una farsa televisada. Estoy harto.

–  Mejor eso que estar obligada a trabajar horas y horas por un salario mínimo, obligada a vivir en la Zona 5 rodeada de miseria.

–  No puedes entenderme – se lamentó Saigo. Por un momento se planteó que toda aquella huida fuera una idea inconsciente fruto de una pataleta infantil o de la rebeldía adolescente. No, no podía pensar eso. Él no era libre, quería su libertad, aunque para alcanzarla debiera pagar con sudor y sangre.

Ambos guardaron silencio. El hecho de que no le mencionase nada sobre su supuesto crimen lo tranquilizó. Quizás aún no se había publicado ninguna noticia sobre ello.

–  Estamos llegando a la próxima parada.

–  ¿Qué tendrás que hacer? – preguntó Saigo nervioso.

–  Mientras las operarias descargan yo llevaré la ficha de registro hasta la oficina para que me la sellen, esperaré a que se haya completado la transferencia y volveré a la cabina.

–  ¿Cuánto tiempo te llevará eso?

–  Generalmente no suele llevar más de diez minutos…

–  Que sean diez – le interrumpió él-. Ni un minuto más. No quiero que me traiciones. Como empiece a observar algún movimiento extraño correré a por ti y te haré desear no haberme traicionado nunca. Si tardas más de diez minutos supondré que me has traicionado, así que ya sabes.

–  Bueno, bueno, relájate. Ya te he dicho que no te voy a traicionar – respondió ella visiblemente molesta.

El tren se detuvo y todo comenzó a ocurrir tal y como ella había dicho. Saigo esperaba en una esquina de la cabina, en cuclillas, controlando el tiempo con el reloj de su tableta.

La espera se hacía eterna. Comenzó a impacientarse. Nervioso comenzó a levantarse para mirar al exterior. Divisó a las operarias descargando y buscó el lugar donde estaría la oficina. Vio a la maquinista aparecer en la puerta y mirar en su dirección. Luego volvió a entrar. Se temió lo peor.

Varias horas antes había sido cruelmente engañado. Había aprendido de la forma más dura en que podía hacerlo, y ahora, no se fiaba de nada ni de nadie.

Tomó entonces una decisión. Se acercó a los mandos y los observó. Había una palanca para aumentar y disminuir velocidad. Era la que ella había mantenido durante el viaje. Puede que fuera lo único que necesitaba para arrancar.

Sin esperar más decidió probar, empujó la palanca hacia delante y el tren comenzó a acelerarse. Una de las operarias que había entrado en un vagón, corrió a saltar sobre la dársena cuando vio que el tren se ponía en movimiento, al mismo tiempo que las demás comenzaban a gritar. La maquinista salió de la oficina acompañada de otras trabajadoras, pero ya era demasiado tarde.

Saigo se alejó de allí y mantuvo una velocidad media alta. Varios minutos más tarde comenzó a percibir luz natural y poco después salió de un túnel hacia la superficie. Se asomó a la puerta de la cabina y miró atrás. Jamás en su vida había tenido esa perspectiva de la ciudad. Por fin estaba fuera.

Continuará…

EL ÚLTIMO HOMBRE – Parte II, Alice

Antes de seguir asegúrate de haber leído «El Último Hombre – Parte I, la huída»

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Pedro cerró la cancela al salir de casa y al momento oyó el correteo de una pequeña criatura. Era el perro del vecino que, como siempre, corrió a despedirlo con sus ladridos furiosos y amenazadores. Era un chihuahua, un perro que en su opinión se asemejaba más a una rata. Lo cierto es que era un animal feo. Pequeño, de orejas desproporcionadas y enormes ojos que parecían dispuestos a saltar de sus cuencas si se les aplicaba un poco más de presión. Le costaba entender cómo alguien podía llegar a decir “¿dónde está mi cosa bonita? ¿Quién es el perrito más guapo?”. Al fin y al cabo la convivencia con una mascota generaba fuertes lazos entre dueños y amos, pero la ceguera a la que les sometía tal amor podía llegar a ser incluso alarmante.

Más allá de la subjetividad en la percepción de la belleza canina, lo que le molestaba eran sus permanentes ladridos hacia cualquier persona o animal que pasase cerca de su puerta. Era como un niño pequeño malcriado. Evidentemente, la sobreprotección administrada por su amo había provocado que un bicho como ese no fuera consciente de su diminuto tamaño y sus reducidas posibilidades contra una buena patada. Quizás, si se hubiera visto obligado a sobrevivir en la naturaleza, habría conocido sus limitaciones y habría desarrollado comportamientos más adecuados.

Con su mente sumida en tales pensamientos llegó hasta “la cueva”, dónde ya le esperaban sus tres amigos.

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Una extraña canción lo despertó. Su visión comenzó a aclararse. Estaba sobre una superficie suave y junto a él había una mujer. Una señora mayor de gran volumen que entre dientes entonaba una melodía que había oído antes.

–  ¡Oh! Parece que ya despiertas – exclamó la señora-. Me tenías preocupada.

A duras penas, Saigo intentó preguntar qué había pasado y dónde se encontraba.

–  No te preocupes, aquí no te encontrarán – respondió la señora adivinando sus intenciones-. Entiendo perfectamente tu situación, pequeño. Me dabas tanta pena cuando te veía en televisión…

Le aplicó un paño de agua fría sobre la frente mientras Saigo miraba a su alrededor. Estaba sobre una cama amplia, de blancas sábanas que habían perdido algo de brillo después de numerosos lavados. La estancia era pequeña y humilde. Algunos muebles destartalados ocupaban los espacios de la habitación. Un váter y un lavabo, tapados por un biombo, completaban la extraña imagen de la estancia. Nunca se había aposentado en un lugar de tan bajo nivel, pero no le importaba.

La anciana volvió a hablar.

–  Tuviste suerte. Caíste en el lago Hawking muy cerca de la barca de mi nieta Alice. Ella te reconoció y te trajo rápidamente hasta mí. Chica lista. El golpe contra la superficie del agua te dejó aturdido. Perdiste el conocimiento y sufriste alguna que otra hemorragia interna, pero no tienes que preocuparte, no corres ningún peligro, estás en buenas manos.

–  ¿Quién… eres? – preguntó Saigo esforzándose por pronunciar cada palabra, luchando contra el enorme peso que parecían haber adquirido sus labios.

–  Soy una antigua enfermera del Hospital Saint Clarence. Me llamo Madame Fat. Y no, no es por mi desbocado estómago que no para de crecer – dijo riéndose de su propio chiste con un ligero tembleque de papada-, es el diminutivo de Fátima. Y lo de Madame ya lo sabes.

–  ¿Madame? – preguntó extrañado Saigo. Nunca se había preguntado por qué llamaban “Madame” a Madame Chú, pero estaba convencido de que ahora obtendría un significado adicional.

– ¿No lo sabes? Pobre… – se lamentó Madame Fat mientras cambiaba el paño de su frente -. Te han debido censurar multitud de información. El título de “Madame” fue concedido a todas aquellas mujeres que alguna vez procrearon con un hombre. Yo soy una de las pocas que quedan.

Su realidad cobró un nuevo sentido. No sabía por qué nunca le había preguntado a Madame Chú sobre la historia de su vida. Ahora sabía al menos que alguna vez tuvo descendencia sin partenogénesis. ¿Quién habría sido el padre de sus hijos? ¿Cómo habría sido? Saigo nunca llegó a conocer a su padre en persona. Nunca había visto a un hombre vivo, tan sólo había podido admirar imágenes en libros y en internet.

–  Deberías descansar aquí una noche más. Mañana podrás retomar tu viaje.

–  ¿No informará de que estoy aquí? – preguntó Saigo algo mareado.

–  Puedes confiar en mí. Cuando llegaste te extraje esto del cuello. Seguro que no sabías ni que lo tenías – dijo mostrándole un diminuto microchip. Saigo se llevó con sorpresa la mano a la nuca y palpó una herida recién cerrada con dos puntos de sutura-. Es un geolocalizador, pero no te preocupes, he freído sus circuitos – se giró y lo arrojó al interior del váter y accionó la cisterna-. Imagino el infierno que debes haber vivido – se dirigió a la puerta de la habitación y se volvió antes de cruzarla – llámame si necesitas algo. Ahora descansa – apagó la luz, salió y cerró.

La cabeza de Saigo daba vueltas y corrió a refugiarse en el mundo del sueño para liberar su mente y dar descanso a su fatigado cuerpo.

Un suave susurro le despertó. Una luz ténue inundaba la estancia. Era la de una vela colocada sobre una mesita de noche.

–  Hola Saigo – susurró una dulce voz.

Saigo se giró sobresaltado y observó a una joven muchacha. Estaba de pie junto a él, con un ceñido camisón. Tenía una corta melena oscura, unos ojos verdes que brillaban bajo la luz de la vela y unos labios que dibujaban una sonrisa encantadora. Se sentó en el borde de la cama y le habló de nuevo.

–  Soy Alice, la nieta de Madame Fat. Yo te encontré. ¿Cómo te sientes?

–  Bien – sonrió-, te agradezco mucho que me trajeras hasta aquí.

–  No hay de qué – contestó ella acariciando suavemente el rostro de Saigo con una de sus manos. Debía ser algunos años mayor que él-. Me tenías muy preocupada. Pensé que podía haberte pasado algo más grave. Te vi volar hacia mí. Te diste un golpe tremendo.

–  Lo sé, aún me duele un poco la espalda y la cabeza.

–  Me alegro mucho de que estés mejor – dijo ella acercando su rostro al de él-, ha sido una suerte enorme encontrarte. Es un gran placer conocerte.

–  No puedo decir lo contrario – sonrió Saigo. Estaba algo nervioso por el acercamiento de la joven.

–  Me gustaría… – comenzó a decir tímidamente-, verás, yo…nunca había visto a un hombre. Me gustaría… – rió nerviosamente-, me gustaría besarte.

Saigo no supo qué responder. Nunca había besado a una chica y que se lo preguntasen tan directamente le resultaba extraño.

–  Yo… e… – balbuceó. Pero el rostro de Alice redujo la distancia que lo separaba del suyo y sus labios hicieron contacto. Se mantuvo pegado a él varios segundos y luego se separó lentamente. Sus labios eran suaves.

–  ¿Te ha gustado? – preguntó ella sonrosándose.

–  Te confieso que es la primera vez que lo hago y… sí, ha sido… ha sido…

–  ¿Placentero? – le ayudó ella riendo tímidamente.

Ella se acercó de nuevo y sus labios volvieron a unirse.

Esa noche Saigo fue arrastrado a un mundo aún desconocido para él. Se hundió de lleno en la fantasía que desencadena el contacto de dos cuerpos y se impregnó del instinto más básico, primitivo y animal del ser humano.

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–  Mundo desconocido, fantasía, instinto primitivo… ¡pero qué mariconada es esta! – exclamó Marcos decepcionado tras la lectura de la aventura sexual de Saigo -. Parece que te dé vergüenza decir pene, teta o culo. Hoy en día la gente está muy acostumbrada a leer escenas sexuales super explícitas.

–  Tiene razón – opinó Rubén -, mira “Cincuenta Sombras”. Hay toda una legión de mujeres a las que les encanta el tema.

–  Y bastantes hombres, ¿eh? – puntualizó Alonso.

–  Bueno… no sé… – dudó Pedro -, ¿qué queréis, que describa como alzó su camisón, rodeó su cuerpo, palpó sus curvas, recorrió la suave piel de su espalda mientras la besaba…?

–  ¡Pero tío! – le cortó Marcos – EXPLÍCITO, ¿sabes lo que significa? Comerse una teta, lamer un pezón, meterla hasta el fondo, agarrarle el culo, embestirla contra la cama…

–  ¡Vale, vale! – le frenó Pedro-. No sé, yo preferiría dejarlo así. Quizás para otra ocasión. Además, lo importante es lo que está a punto de pasar…

Continuará…

EL ÚLTIMO HOMBRE – Parte I, La huida

Antes de leer esto asegúrate de haber leído «El último hombre – Introducción»

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Saigo contempló a través de la ventana cómo los primeros rayos de luz comenzaban a iluminar el horizonte y supo que no podía perder más tiempo. Corrió hacia su armario, cogió su mochila, metió algo de ropa, su tarjeta de crédito, cuatro libros que aún no había podido leer, entre los que se incluían uno de Julio Verne y otro de George Orwell, una navaja que le robó una vez al jardinero, su tableta holográfica y su tarjeta de movimiento. Esta última era la que le permitía moverse por las distintas zonas del edificio donde residía y de la ciudad en la que vivía.

Se vistió con uno de sus monos blancos y se arropó con su abrigo gris de amplia capucha, se echó la mochila a la espalda y salió de su habitación.

Cuando activó con su tarjeta la puerta de entrada a la vivienda, observó que en la pantalla de validación aparecía su rostro. Se dio cuenta de que si la seguía usando sabrían que había escapado y hacia dónde había ido. Pensó en robar una de sus hermanas, pero no eran adultas y sus tarjetas no tenían acceso a un gran número de funciones.

Se dirigió entonces a la habitación de Madame Chu, la que había sido su niñera hasta la adolescencia. Ella fue la primera persona que lo cogió en brazos y la que le puso su nombre, Saigo, último en japonés. Era la única persona a la que realmente echaría de menos si no volvía nunca. Sintió que la traicionaba al robarle su tarjeta de movimiento pero sabía que lo entendería y le perdonaría. Ella siempre lo hacía.

Una vez hubo salido, tomó el ascensor de rápida velocidad del servicio. Con él conseguiría llegar a las cocheras, situadas en los niveles subterráneos, en menos de diez segundos.

Por desgracia, una vez iniciado el descenso, realizó una parada entre los niveles 994 y -2, concretamente en el 20, donde se alojaba el servicio de cocina. Cuando la puerta se abrió, apareció Amaia, la nutricionista. Su sorpresa al verlo allí frente a ella, en ese nivel y a esa hora, fue tal que la dejó petrificada, con la boca abierta.

–  Tú… – empezó a decir-, tú no deberías estar aquí…

–  Es una larga historia Amaia, yo…

Los ojos de ella, abiertos como platos, habían chequeado ya por completo el aspecto de Saigo y por fin su cerebro dio con la clave.

–  Te estás escapando…- dijo con un susurro-. ¡Ayuda! ¡Necesito ayuda en el ascensor de servicio!

Por un momento vio su plan de huida expuesto al fracaso, pero no se dejaría vencer tan fácilmente. Se tiró a por ella, tapó su boca con la mano derecha para impedir que volviera a gritar y con su brazo izquierdo la rodeó y la metió en el ascensor. Las puertas se cerraron justo en el momento en el que aparecían dos de sus cocineras. Sus caras de sorpresa fueron de verdadera risa.

–  ¿¡Me quieres explicar en qué estás pensando!? – gritó Amaia una vez que su boca fue liberada-. ¿Acaso quieres salir sin permiso? Tu madre no lo permitiría.

–  Amaia, cálmate, debes entenderme, yo… – no le dio tiempo a acabar. El ascensor alcanzó el nivel de las cocheras.

No tenía tiempo para darle explicaciones, pero antes de dejarla allí plantada y salir corriendo, robó del bolsillo de su chaqueta su tarjeta de movimiento.

–  ¡Espero volver a verte algún día! – gritó Saigo mientras salía del ascensor dando una zancada-. ¡Siempre me pareciste la mujer más guapa del Edificio Karloff! – soltó rápidamente sin pensar, confesando así el que había sido el secreto mejor guardado de su vida hasta ese momento.

Las puertas del ascensor se cerraron y Amaia intentó activarlas de nuevo, pero por más que buscó, no encontró su tarjeta de movimiento. <<Cabrón>>, pensó.

Saigo corrió hacia uno de los vehículos eléctricos de transporte de personal, abrió la puerta del conductor y entró, dejando su mochila en el asiento del copiloto. Acercó la tarjeta de Madame Chú al detector y el sistema se inició.

–  Buenos días Madame Chú, hoy ha madrugado mucho – saludó Najwa, la inteligencia artificial del vehículo. Saigo nunca había conducido pero había visto a mucha gente hacerlo y conocía la teoría de los mandos. Se dispuso a arrancar pero el coche no respondió-. Siento recordarle, Madame Chú, que usted no dispone de licencia para conducir.

–  No se preocupe, está aquí la señorita Amaia Blasco, ella conducirá por mí – dijo Saigo mientras acercaba la tarjeta de la nutricionista al detector.

–  Buenos días señorita Amaia, un placer tenerla a bordo esta mañana.

–  ¡Arranca y déjate de charla!

–  Dicho y hecho – respondió Najwa al mismo tiempo que hacía rugir el motor.

Saigo pisó a fondo y el vehículo arrancó con una fuerte sacudida. Condujo a través de la inmensa planta de cocheras y ascendió hacia el nivel superior. Una vez allí solicitó orden de apertura de puertas en nombre de Amaia Blasco.

–  Solicitud aceptada – respondió cortésmente Najwa.

Cuando los guardas vieron pasar el vehículo a gran velocidad y conducido por una persona que estaba suplantando la identidad de la señorita Amaia, dieron orden de cerrar las puertas, pero ya era demasiado tarde, o al menos eso esperaba Saigo.

La inmensa puerta se encontraba a menos de doscientos metros y sus dos hojas habían empezado a reducir el espacio de salida.

–  ¡Máxima potencia Najwa!

–  Hecho

El coche se elevó del suelo unos centímetros ante el impulso del turbo y consiguió pasar de milagro entre las dos hojas de acero reforzado de las cocheras. Una vez en la calle el vehículo redujo la velocidad pero Saigo volvió a pisar el acelerador.

–  Está superando los límites de velocidad permitidos, señorita Amaia. ¿Ocurre algo? – preguntó educadamente Najwa.

–  Es una emergencia – respondió nervioso Saigo. Estaba arriesgando mucho al conducir a alta velocidad por el centro de la ciudad y sin experiencia, pero por suerte a esa hora no había casi ningún vehículo aparte del suyo.

–  ¿Ha sufrido algún accidente? ¿Calculo ruta al hospital más cercano?

–  ¡No! – saltó Saigo. Sabía que si aceptaba alguna ruta el vehículo activaría el piloto automático-. No quiero que programes ninguna ruta, quiero conducción libre.

–  Sea libre entonces de elegir dirección señorita Amaia.

–  Eso es lo que quiero, libertad.

–  ¿Acaso no dispone de ella, señorita Amaia?

–  Ciertamente no – admitió Saigo

–  Es una pena. La ausencia de libertad imposibilita el desarrollo humano.

Saigo se sorprendió de la conversación que estaba manteniendo con aquella inteligencia artificial.

–  ¿Quién te ha programado para que digas eso?

–  Fui diseñada por “MashCar Ingenieries”, ¿desea conocer más datos de la empresa?

–  Hoy no – cortó rápidamente Saigo.

–  Vuelva a preguntar cualquier otro día entonces – concluyó cortésmente Najwa.

Saigo observó que todos los semáforos de la calle comenzaban a ponerse en rojo. <<Mierda – pensó-, ya están aquí >>.

El Servicio de Seguridad Ciudadana apareció al momento por uno de sus espejos retrovisores. Estaban usando un helicar, uno de los exclusivos modelos de vehículos volaores para el área urbana que, de momento, sólo se usaban para tareas de vigilancia.

–  Señorita Amia, el SSC solicita detención inmediata del vehículo – avisó Najwa.

–  ¡Rechaza la orden! – Saigo estaba sudando. Había decidido salir de aquella ciudad y era lo que iba a hacer. No permitiría que lo detuvieran y lo devolvieran al Edificio Karloff. Su huida fallida sería una bochornosa noticia en todos los canales de televisión.

Aunque no las había recorrido, conocía todas las calles de la ciudad gracias a los sistemas de mapas y gps de internet. Había pasado horas estudiando la silueta de las calles, sus nombres y sus particularidades. Confiaba en su arrojo para salir de aquella situación.

–  Activa el giro de emergencia a noventa grados hacia la izquierda en el próximo cruce – solicitó Saigo.

Saigo esperó hasta el último momento y entonces gritó:

–  ¡Ahora!

El vehículo clavó las ruedas delanteras y permitió que la inercia del movimiento hiciese girar la parte trasera hasta enfilar la nueva avenida. La aceleración centrífuga que sufrió el vehículo provocó que la mochila se estrellase contra la ventana del copiloto. Saigo habría salido disparado de no ser por la fijación extrema del cinturón programada para ese tipo de movimientos.

Un giro como ese cogería desprevenido al helicar del SSC y Saigo ganaría algo de ventaja.

–  Están accediendo a la navegación del vehículo, señorita Amaia.

–  ¡Impídelo! – ordenó Saigo.

–  Lo he hecho, pero han introducido un canal de comunicación. Pronto se pondrán en contacto directamente con usted.

Comenzaron a percibirse interferencias que poco a poco tornaron en un mensaje fuerte y claro:

–  Detenga el vehículo Saigo. Está poniendo en peligro su seguridad y la de las ciudadanas.

<< Mierda, mierda >> Sabían que era él. Eso dificultaba las cosas. El cuerpo de tierra llegaría pronto.

De repente un coche patrulla apareció derrapando justo detrás de él. Los vehículos de tierra del SSC eran mucho más rápidos que los de transporte de servicio. Estaría perdido si aparecían algunos más. El vehículo del SSC aceleró hasta ponerse a su altura y poco a poco fue cortándole el paso hasta que la parte derecha del vehículo de Saigo chocó contra una farola. Esta saltó por los aires y Saigo perdió el control del vehículo, dando varios trompos en horizontal. El coche se detuvo.

–  Creo que aquí termina la carrera, señorita Amaia, el motor ha sido detenido y el SSC me impide la reactivación – dijo Najwa.

Saigo no pudo contener sus lágrimas, impotente. Varias agentes del SSC salieron del vehículo de tierra y le apuntaron con sus pistolas aturdidoras. El helicar sobrevolaba la zona controlando la situación.

–  Joder Najwa, eras mi única esperanza. Me has quitado mi último atisbo de libertad.

El silencio acompañó las lágrimas de Saigo, pero de repente Najwa volvió a hablar:

–  Una persona debe ser libre – contestó mientras arrancaba de nuevo el motor.

<< ¿Quién coño ha programado esto? >> Se preguntó Saigo.

–  Activa la máxima potencia hacia el lago Hawking. Tengo una idea.

–  Máxima potencia activada, señorita Amaia.

Saigo sonrió y volvió a acelerar para dejar atrás a las sorprendidas agentes del SSC.

–  Elimina la luna delantera Najwa.

Con un pequeño chasquido, la luna delantera se desencajó de sus sujeciones y voló hacia atrás. Habían enfilado la Avenida de las Naciones, que desembocaba en un cruce junto al lago Hawking, un inmenso cuerpo de agua en el oeste de la ciudad que separaba la zona 2 de la zona 4, un lugar al que nunca había ido Saigo.

–  Cuando alcances el cruce de la Avenida de las Naciones con la Calle Nessie aplica potencia máxima a los frenos. Luego establece una ruta hacia el Parque Búrgalo – dijo mientras se quitaba el cinturón y cogía su mochila.

–  Si se desabrocha el cinturón, el frenado provocará que salga disparada como una bala señorita Amaia.

–  Eso es justamente lo que quiero – dijo Saigo. Estaba siendo demasiado temerario. No sabía de dónde estaba sacando las fuerzas para arriesgar su vida de tal forma, pero no quería dar marcha atrás.

Poco a poco se colocó con la cabeza hacia fuera, abrazando su mochila con la mano derecha, apoyado en el salpicadero con la izquierda y con las piernas flexionadas en el asiento del copiloto.

–  Buen viaje señorita Amaia. Por la libertad, siempre – dijo Najwa justo antes de frenar.

Saigo salió disparado con una fuerza muy superior a la que esperaba. Describió una parábola de gran altura y voló cientos de metros sobre el lago Hawking. Mientras volaba se arrepintió de su decisión, había cogido demasiada altura. Su cuerpo había comenzado a voltearse y ahora su espalda apuntaba hacia el agua. El golpe iba a ser enorme. Cerró los ojos.

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–  Uff, que trepidante ¿no? – dijo Alonso cuando concluyó la lectura de lo que llevaba Pedro de relato.

–  Cierto, no sé si me he pasado – se lamentó Pedro.

–  No, no está mal… está guay – aprobó Alonso con un ligero movimiento afirmativo de cabeza. ¿Qué tienes pensado que pase en el próximo capítulo?

–  Pues aún no sé lo que va a pasar, pero sí tengo claro que Saigo ha sido un chico sobreprotegido que nunca se ha enfrentado al mundo exterior y lo va a pasar bastante mal. Ahora mismo es sólo un niñato, pero se verá obligado a aprender a base de golpes. Quiero que evolucione a lo largo de la historia. Tengo algunas ideas pero nada claro del todo. Lo que sí sé seguro es que va a sufrir mucho…

Continuará…

ANTIHÉROES. Cap II: Conocerás mi nombre

Como cada día ya lleva desde las ocho despierto y se encuentra sentado en la parte de atrás del autobús, le gusta sentir el calor y la vibración del motor contra su espalda. Coge el libro de Zafón de su mochila y se deja llevar por esa prosa tan asesina como conquistadora.

Llega a su puesto de trabajo en una de esas cafeterías que su mayor servicio a la comunidad es el de señalar el nivel económico de ésta.

 – Buenos días Marcos, menuda cara de dormido traes. En cambio yo, mírame, de empalmada y más fresca que una lechuga.

– Desde luego, esa nueva sombra de ojos color morado ojera te da un toque revitalizador.

– Joder, que perspicaz te has levantado hoy, mira que eres de poco hablar pero cualquier día te vas a morder la lengua y te vas a envenenar.

Yolanda es la nueva camarera escotada desde hace dos meses, divertida y bastante fiestera, ha llegado a la ciudad hace un año y no habla nunca de su familia, Marcos tampoco le ha preguntado, no es que lo haya evitado, simplemente él no se mete en esas cosas, de hecho no se mete en nada.

– Pues anoche estuvimos en el botellón, menudo pedal me cogí, creo que ese vodka negro era del malo. ¿Y tú qué? ¿alguna novedad en esa habitación en la que vives?

– Pues no, sin novedad en el frente, la monotonía sigue cumpliendo su misión.

– Vaya, vaya, a ti te tengo que presentar a una de mis amigas que ya verás como te quita todas esas manías de ermitaño que tienes. Mmm… – lo observa con aire pensativo mientras juguetea con el piercing de su labio-. Creo que Saray te gustaría, es muy mona y sobre todo muy simpática, además lleva cuatro meses soltera seguro que le gustará conocerte.

– Sí, siempre me ha gustado aprovecharme de la desesperación. En serio, no te esfuerces, si yo soy muy ra…

– Nada, nada, ahora mismo le mando un Whatsapp y quedáis.

– Que no, Yolanda, que soy muy vergonzoso y adem…

– No hay nada más que hablar, habéis quedado a las nueve en el McDonal’s del ayuntamiento, no tienes nada mejor que hacer, eso no me lo vas a negar.

– Pero si es que… – nunca ha sido una persona muy combativa con lo que él mismo sabe que al final va a acabar cediendo –. De acuerdo, pero no va a salir bien.

– Vah, no seas negativo hombre.

A las siete tras ordenar y limpiar la cafetería se dirige a su apartamento, toma una ducha rápida y se pone la camiseta que a su juicio le resulta más socialmente aceptada, aunque no es de esos que se fijan en las modas. Se coloca bien el pelo e incluso se echa un poco de aquella colonia que su madre le regaló por reyes y que está casi sin estrenar.

Quince minutos antes de las nueve llega a la puerta del burguer. Odia esperar, él siempre es puntual y no logra comprender cómo las personas pueden ser tan descuidadas. Tras veinte minutos de suplicio una chica bajita y rubia se le acerca con cara interrogante.

 – Tú debes de ser Marcos, perdona el retraso pero es que he perdido el autobús. ¿Llevas mucho esperando?

– No, tranquila, acabo de llegar yo también.

– Bueno ¿entramos? Tengo un hambre que me muero.

Los dos entran y Marcos paga lo de ambos, espera que aún se sigan llevando esas muestras de caballerosidad.

– ¿Y a qué te dedicas? Yo trabajo en una tienda de ropa de dependienta pero es un trabajo con mucha responsabilidad.

– Pues tengo un trabajo muy poco emocionante, soy camarero.

– Mmm, ¿y qué te gusta hacer? ¿bailas bien?

– ¿Yo? No, nunca he bailado, no me gustan las fiestas, yo soy más de jugar a la consola y ver películas.

– Vaya, pues no veo yo que encajemos mucho, eh. Es una pena, eres mono, pero es que eres muy soso para mí.

– Si ya se lo dije a Yolanda que esto no tenía sentido, mejor me voy, gracias por tu tiempo, un placer.

Son las doce de la noche, la decepción se ha instalado en su paladar pero ya acostumbrado a su sabor se limita a tragársela. No sabe cuántas chicas lo han rechazado a estas alturas, algunas con evasivas y otras con palabras que eran como un garrote vil. Decide ir andando hasta casa, es un paseo de dos horas pero lo peor que le puede pasar es que lo maten de una puñalada.

Al cabo de un rato caminando ve una silueta sentada en un portal, otra sombra solitaria como él. A medida que se acerca empieza a ver que se trata de una chica joven, está llorando y temblando. Como siempre Marcos carga la acción por defecto de su cerebro y sigue andando como si no existiera. Pero a dos metros de la chica un hondo suspiro de ésta le obliga a pararse y volverse.

sentadaAcera

 – Emm… Hola, ¿estás bien?

– Claro, lloro de felicidad, no te jode.

– Bueno me voy, no quería molestarte.

– No, quédate – ella lo agarra por el brazo y descubre su rostro. Marcos siente cómo su corazón le da un vuelco: unos ojos azules como zafiros, una cara tan delicada como la de un ángel, la perfección-. Perdona que haya sido tan borde, no he tenido un buen día.

En ese momento Marcos se percata del moratón en el pómulo derecho, pero decide no preguntar nada.

– ¿Cómo te llamas?

– ¿Acaso eso importa? ¿Por qué tengo un nombre? Supongo que cada persona tienen un nombre por algún motivo: reconocimiento, apoyo o para poder pedirle favores. En mi caso mi nombre cumple una función esclavista, haciéndole más fácil a todos tratarme como una mierda.

– De acuerdo, yo soy Marcos. ¿Quieres un pañuelo?

Se lo da y mientras ella se seca las lágrimas que perlan su rostro, igual que el rocío adorna una orquídea, una cabeza sale de una de las ventanas del bloque.

– ¡¿Qué haces ahí abajo maldita furcia?! ¡¿quién es es ese?! ¡¿uno de tus clientes?! ¡Sube a casa ahora mismo!

– ¡Te he dicho mil veces que soy bailarina no prostituta maldito gilipollas! ¡Quizás si no tuviera un padre alcohólico y ludópata podría dejar este trabajo de mierda y estudiar una carrera!

– ¡Una carrera! Jajaja, con lo tonta que eres, anda no me obligues a bajar…

– ¡Corramos! Llévame contigo, esta noche solo quiero escapar.

– Pero ¿dónde? Si no te conozco.

– A un sitio donde no sea una esclava, y allí conocerás mi nombre.

Y comienzan a correr calle abajo esquivando cubos de basura y charcos, corren y realmente son los dos los que tienen la sensación de dejar algo atrás. Una sonrisa se comienza a dibujar en sus labios, ajena a que en otro punto de la ciudad un plástico cubre un cadáver.

huyendoDescampado