Lo que surgió de la oscuridad, Parte 3 de 3.

Cuando llegaron a la planta en cuestión, observaron un gran ajetreo. Al verlos, y sabiendo por qué estaban allí, un médico les dijo rápidamente:

– ¡Lo perdemos! ¡Parada cardiorrespiratoria!

Corrieron tras él, pero otro médico, al que reconocieron como el primero que encontraron atendiendo a Alberto algunas horas antes, les detuvo.

– No paséis por favor. Hay demasiada gente ahí dentro. Esperad aquí y en seguida os informaremos.

La espera comenzó a hacerse eterna. Aunque la actividad en el interior de la habitación treinta y tres era frenética, fuera de ella, reinaba la calma. López aprovechó el momento para pedirle explicaciones a su superior acerca de su llamada telefónica y la urgencia por regresar al hospital.

– Un hombre irrumpió en mi casa al poco de llegar yo – dijo intentando mostrarse más calmado de lo que realmente estaba –, me lo encontré en la cama de mi hija y…

– Espera, espera. Tranquilo – le instó López –. Lentamente y con más detalle. ¿Cómo que en la cama de tu hija?

– Sí, perdona, tienes razón. Es que estoy algo nervioso por todo lo que ha ocurrido.

– ¿Quieren que les traiga un café? – preguntó una voz detrás de ellos.

Rojas se volvió fugazmente para declinar el ofrecimiento y cuando se dispuso a retomar el relato de los hechos, se detuvo. Por un segundo, sus tripas se le encogieron. Volvió a girarse rápidamente y clavó sus ojos en la cara del hombre que les ofrecía una bebida caliente. Iba ataviado con el típico pijama verde de personal sanitario y sonreía ampliamente. Lo reconoció al instante. Esa cara arrugada era inconfundible. Alargó una mano con la intención de agarrarlo pero el extraño de cara arrugada se apartó ágilmente y salió corriendo.

– ¡Es él! – gritó Rojas cuando empezó a perseguirlo –. ¡El hombre que entró en mi casa!

López se había quedado atónito e inmóvil, pero eso a Rojas no le importaba ahora. Debía detener a ese hijo de puta escurridizo. El hombre de cara arrugada lo llevó escaleras abajo hasta la primera planta y comenzó a recorrer laberínticos pasillos, girando a un lado y otro. Rojas lo estaba alcanzando. Si estiraba el brazo estaba casi seguro de que podría agarrarlo. Fue entonces cuando el extraño hombre giró de nuevo a la derecha y cuando Rojas encaró el nuevo pasillo comprobó que allí no había nadie. Era un pasillo corto de unos ocho metros. Sólo tenía una puerta a la derecha, pero era imposible que le hubiera dado tiempo de alcanzarla, abrirla, entrar y volver a cerrar. Al fondo del pasillo había un ventanal al que se acercó. Fuera no se veía a nadie, pero además era imposible que hubiera sido capaz de alcanzar la ventana y saltar. Para más inri, la ventana se encontraba completamente cerrada. No era posible. Había girado una esquina y se había esfumado completamente.

Rojas estaba allí parado, contemplando el exterior desde la ventana, cuando sintió que las luces parpadeaban. Parecía una bajada de tensión. De repente recordó el relato de Alberto y el miedo lo invadió. Las luces se apagaron por completo y se encendieron algunas de emergencia. En ese momento, apareció López.

– Por fin, ahí estás. ¿Quién demonios era ese tío? – preguntó malhumorado.

Rojas comenzó a aproximarse a él cuando, de repente, comenzaron a escuchar tremendos gritos de cientos de personas provenientes del piso superior. López se giró rápidamente con la intención de ir en su ayuda pero Rojas le detuvo:

– No vayas – susurró –. Lo que nos contó Alberto es cierto. El monstruo, la cosa… está aquí.

Los gritos aumentaban tanto en intensidad como en número. Eran estremecedores. Y de repente, se hizo la oscuridad. Una oscuridad absoluta. Era imposible divisar qué había a un paso de distancia. Rojas no había tenido tiempo de alcanzar a López y ahora ni siquiera era capaz de distinguir si se encontraba a unos metros de él o a cientos de ellos.

– ¿Rojas? ¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde estás? ¡No puedo verte!

Rojas guardó silencio y comenzó a percibir algo. Era como un débil susurro, una leve agitación. Algo se aproximaba a ellos. La propia oscuridad que los rodeaba se movía. De repente, los gritos parecieron cesar. El silencio se hizo tan absoluto que Rojas comenzó a oír los latidos acelerados de su corazón. Estaba muerto de miedo. Un ente gigantesco de otra dimensión inundaba los pasillos y se dirigía hacia allí.

– López, si estás ahí, huye. Ya viene… – susurró Rojas.

Fue demasiado tarde. De repente un nuevo grito desgarrador inundó la oscuridad. Era López. Lo había alcanzado.

Tal como había relatado Alberto, a pesar de estar en completa oscuridad, de repente Rojas fue capaz de ver algo. Y lo vio, tal y como había sido descrito. Mucho más aterrador de lo que se había imaginado.

Delante de él, el cuerpo de López se consumía aplastado contra el techo y rodeado de lo que parecían viscosos y largos tentáculos.

Rojas estaba paralizado, rodeado de una impenetrable oscuridad. Era imposible reaccionar ante algo tan improbable e increíble. Sólo un pensamiento inundaba su mente. Anhelaba la vida. La anhelaba con toda su alma, y sólo tenía una razón, o mejor dicho tres: Victoria, Sara y Sofía. Ellas eran su único pensamiento, su único impulso, lo único que le daba fuerzas.

Sacó su pistola y comenzó a disparar sin demasiadas expectativas. Pudo apreciar como las balas se perdían en la oscuridad. Parecían fundirse al aproximarse a aquél corpúsculo extraño. Tiró la pistola al suelo. No tenía escapatoria. El fin había llegado.

Cerró los ojos.

Pero volvió a abrirlos. Una idea había inundado su mente. Tenía una opción de vivir. Una escapatoria: la ventana. Era incapaz de verla pero sabía dónde se encontraba. Sabía que cuando apareció López en el pasillo había dado seis pasos para acercarse a él. Giró 180 grados y encaró la ventana, o al menos la dirección en la que esperaba que estuviera. El mundo pareció detenerse.

Sentía cómo “la cosa” intentaba aferrarlo y cómo lo evitaba con cada zancada que daba. Dio tres, y a la cuarta saltó todo lo fuerte que pudo. Intentó encogerse y prepararse para el impacto. Sintió como su cuerpo golpeaba fuertemente una superficie. Sintió cómo cedía y oyó cómo el cristal se hacía mil pedazos por efecto de su impulso y su peso golpeando directamente contra él. Sintió el aire frío de la noche cuando se halló fuera de los muros del hospital y comenzó a caer irremediablemente. Intentó prepararse para el impacto contra el suelo. Quiso rodar pero no tuvo mucho éxito y se golpeó fuertemente. Uno de sus tobillos se dobló y sintió una fuerte punzada de dolor. Por un momento se quedó sin aire, pero al menos ahora veía lo que le rodeaba. La oscuridad había desaparecido. Levantó la vista hacia la ventana desde la que había saltado y contempló la densa negrura que lo había inundado todo.

Trató de incorporarse pero no pudo y comenzó a arrastrarse con el objetivo de alejarse todo lo posible de allí. Cuando habían pasado apenas treinta segundos escuchó un tremendo crujido y se volvió justo a tiempo para contemplar cómo las paredes del hospital se agrietaban y toda la estructura comenzaba a derrumbarse. Contempló cómo a su vez el suelo se abría y un gran socavón se tragaba los restos del edificio. Donde antes había un centro sanitario, ahora no quedaba nada. En su lugar, un profundo agujero se extendía más allá de lo que la vista podía contemplar. ¿Se habría hundido el monstruo en las profundidades del mundo para siempre?

Un pensamiento irrumpió entonces en su mente. El extraño hombre de cara arrugada le había salvado. Le había mostrado una vía de escape. Pero aún se preguntaba quién era y cómo había desaparecido.

– Desconcertante, ¿no es cierto? – dijo una voz a su lado.

Rojas levantó la mirada y lo vio de nuevo. Allí estaba él, de pie a su izquierda y mirándolo fijamente: el extraño hombre de cara arrugada.

– ¡Tú! – Exclamó Rojas. Intentó levantarse, pero ni sus brazos ni su tobillo dañado se lo permitían.

El hombre se agachó y apoyó una de sus manos en el hombro de Rojas. Éste lo contempló en silencio. Miró directamente a sus ojos. Luego su nariz, su boca. Su cara, a pesar de arrugada, le resultaba enormemente familiar. Se quedó inmóvil, pensando dónde había visto con anterioridad ese rostro mientras el extraño hombre se levantaba y comenzaba a caminar alejándose de él.

Cuando lo perdió de vista por completo, cuando la soledad lo inundó y el frío viento de la noche acarició cada poro de su piel, cuando la luna se abrió paso entre las nubes e iluminó su rostro, cuando fue capaz de levantarse sobre sus piernas y asimilar lo ocurrido, cuando comprendió que la pesadilla había sido real y que había rozado la muerte con la punta de los dedos, entonces y sólo entonces se dio cuenta: el extraño hombre de cara arrugada era él.

¿FIN?

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Ahora que has llegado al final de esta historia, te animo a que en los comentarios propongas una teoría o des una explicación sobre lo ocurrido. ¿Qué era «la cosa»? ¿De dónde venía? ¿Cómo es posible que el hombre de cara arrugada fuera él? ¿Había viajado en el tiempo? ¿Es su «yo» envejecido de una dimensión paralela? ¿Era una visión o una ensoñación? ¿Que ha pasado con el monstruo? ¿Ha sido destruido o aún supone una amenaza para el mundo?

Es cierto que los finales abiertos dejan cierta amargura, cierta sensación de verdad contada a medias. Crean preguntas y provocan un deseo de saber más, de llegar más allá.  Aunque tienen algo bueno: dan lugar a la imaginación, la discusión y la especulación. No te lo cuentan todo para que seas tú el que responda a todas esas preguntas que surgen tras la lectura.

Mindfuck Yisus

Eso para empezar, que os veo desentrenados. Últimamente nos hemos puesto demasiado serios y esto ha de acabar. Para ello os narraré los mindfucks más grandes de mi vida.

1.-La llegada de los Reyes Magos

Yo nací sin problemas, con mi aureola y todo mi rollo, perfecto, flama de la rama… Y tan tranquilo estaba en mi pesebre tocándome mis santas gónadas, cuando veo aparecer por la puerta a tres señores con barba, capa y coronas. ¡Y encima lo primero que dicen es que los camellos les esperan en la puerta! Claro, después de eso ninguno les creímos cuando dijeron que venían de Oriente y todo el rollo, pero sí, sí, de Oriente venían porque sacaron sus DNIses orientales con su fotito y su todo. Muy bien al final, pero eso, que al principio una rayada de la leche vaya. Lo de la mirra también fue desconcertante, pero ya expliqué en otra entrada que acabé dándole uso.

Venían arregladitos los joíos :$
Venían arregladitos los joíos :$

2.-Primer polvo con la Magdalena

Bastante raro fue, para qué negarlo. Ella ya era una mujer experimentada en nuestra primera vez, y yo, hijo de una Virgen… pues en mi vida había tocado un sagrado vello púbico. Os podéis imaginar lo rápido que acabó aquella escena, tétrica por otra parte, ya que mi aureola chocaba contra la cabecera de la cama, desprendiendo chispas que comenzaron a hacer arder las sábanas.  Un caos completo. Ya con el paso del tiempo, aprendí cómo convertir la sangre en vino, cosa que antes hacía con el agua… me resultó muy útil.

3.-La Última Cena

Mi momento «WTF» por excelencia. Una cenita de colegueo con los apóstoles que acaba con: ellos bebiendo de mi sangre, yo besándoles los pies, sólo había un pan para todos, una sola copa, me fui a potar al Monte, me vino Judas, nos liamos, los romanos nos trincaron, cuando quisimos escapar se me enganchó la sandalia en un arbusto, bueno, bueno, bueno… La liada padre. Luego vino lo de la crucifixión, que marcó una nueva etapa en mi vida: nunca más pude coger arena en un puño para ver cómo se caía.