Palacio reciclable

Escribo estas líneas poco a poco, sin dejar ningún detalle, haciendo pausas mientras veo parpadear el cursor y el reloj sigue con su agonía cíclica. No me quiero dejar nada por contar, pero no lo hago por vosotros, de hecho ni siquiera creo que os importe lo que os voy a decir. Lo hago por mí, porque quiero dejar impresa la etapa más dulce de mi vida, en la que era una princesa.

Nací un martes día 12, me libre por un número de tener mala suerte el resto de mi vida, así que la historia no podía empezar mejor. No recuerdo nada de mi nacimiento como cualquiera de vosotros pero sí sé que empecé a ser consciente de mi situación social muy pronto. Mi madre murió durante el parto por circunstancias que aún hoy desconozco, así que como me dijo mi padre ahora debía de ser la reina de nuestro palacio, además era un palacio atípico, sin criados. Mi padre siempre pensó que era algo denigrante, ¿acaso no podía él mismo buscarse la comida?

Mi padre en general era un rey atípico, sabio, trabajador y vestido muy de paisano: pantalón gris, jersey marrón y en verano una camisa blanca. Evidentemente tenía más ropa pero el siempre vestía igual, le daba mucha importancia al protocolo así que me obligaba a llevar siempre mis ropas oficiales. Éstas también eran muy de paisano: pantalón a cuadros azul, rebeca de punto roja y en verano la cambiaba por una camiseta amarilla con un sol gigantesco en el centro del vientre.

Pero si algo caracterizaba al rey era su bondad con sus súbditos, jamás exigía nada, y lo que obtenía lo recibía con una sonrisa amplia, dejando al descubierto sus dientes junto al hueco que había dejado ese colmillo rebelde y desertor. Obviamente mi padre podría haberlo sustituido, pero él predicaba con el ejemplo de que el exterior era algo nimio y sin importancia. Mi padre ni siquiera recaudaba impuestos una fecha determinada, los súbditos pasaban por nuestro castillo y cuando les complacía dejaban parte de ellos y si no, pasaban de largo, sin necesidad de una estúpida reverencia que remarcara que mi padre era el rey.

Nuestras comidas de palacio eran frugales como debían de ser las comidas de una princesa, atiborrarse era una grosería y algo propio de plebeyos sin clase. En cambio nosotros nos contentábamos con un plato de sopa o un trozo de carne.

Después de comer mi padre me daba clase de aritmética, historia y literatura; no creía en los colegios privados, prefería asegurarse de que su princesa recibiese una educación propia de la realeza sin nada que la enturbiara o mancillase. Con lo cual él fue mi tutor y también mi médico, tenía amplios conocimientos de medicina y yo no estaba mala más de dos días.

Tengo bellos recuerdos: como esas noches en las que el rocío caía sobre mi pelo y los llenaba de pequeñas perlas, o cuando mi padre y yo jugábamos a encender con un chasquido las farolas de los alrededores del palacio. Yo no sabía, pero él siempre acertaba con el conjuro, supongo que si hubiese pasado más tiempo a su lado yo también habría aprendido. Pero obediente a sus leyes la vida puso fin a mi felicidad.

Un día hubo una sublevación en el reino y unos insurrectos vestidos de blanco se llevaron a mi padre del castillo con malas artes y envolviéndolo en un abrigo blanco muy extraño que no dejaba ver su brazos, mientras otros súbditos le gritaban tachándolo de loco, ¿loco?, los locos eran ellos que derrocaban al mejor rey que jamás habían tenido.

Yo ahora estoy en un orfanato escribiendo estas líneas en un ordenador de la biblioteca, veo a mi padre todos los jueves de seis a ocho, al menos está cómodo, todos sus aposentos están acolchados y limpios. Él siempre me recibe con una amplia sonrisa, dice que algún día hará entrar en razón a todos y que volveremos a reinar este país lleno de cuerdos. Mientras tanto lo espero aquí escribiendo, dejando constancia de su reinado.

Estas son la memorias de una princesa de doce años, quizás alguna vez hayáis visto mi castillo, está en un callejón, algunos lo llamáis “cartones”, yo en cambio lo llamo “el lugar más bonito del mundo”. Aunque bueno, seguramente nada de esto os importe.

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