Experiencias: Implorar.

Y al llegar al teatro, todos lo miraron con cara rara, como exigiendo una explicación, como haciéndole ver que su gusto y su conocimiento por el drama no era el suficiente para estar allí. No era el suficiente para pedir permiso y pasar por el hueco que quedaba entre las rodillas de uno y la butaca que este tenía delante y, por supuesto, no era el suficiente para aplaudir el trabajo de aquellos actores. Aquellos actores que reconstruyeron la vida del Rey Lear, incluso a sabiendas de que no serían los mejores Reyes Lear. Incluso a sabiendas de que entre el público habría alguien que sabía que no eran los mejores Reyes Lear. Sin embargo, su esperanza residía en la conciencia de que la mayoría no conocería a más Reyes Lear, de que la mayoría tenía plena fe en la capacidad del teatro. Una capacidad que respiraba, porque el teatro, como el fuego, necesitaba de oxígeno.
Una cantidad de oxígeno determinada solo por el papel interpretado, y que en aquella sala no existía. Allí era imposible respirar. ¿Cómo podía seguir adelante aquella farsa? Se preguntaba. La sala estaba inmensamente coloreada de una pringue negra que no dejaba discurrir, que no dejaba pensar libremente. Y las rodillas lo apresionaban en una cárcel ni más ni menos que de rodillas… Un cárcel de rodillas, lo que faltaba… Y la distancia entre él y su butaca tendía al infinito, y todos sabemos que en el infinito, nada existe. Nada existe para nadie, nada existe en ningún sitio. Nada coherente existía en aquella sala que lo atrapaba, que lo obligaba, y que hacía de él un auténtico ser humano, de aquellos que aparecían por televisión.
Todos le reprochaban con la mirada: «¿Qué te crees que estás haciendo?», gritaban desde el fondo de platea, y sin embargo nadie abría la boca. ¿Quién le gritaba? ¿Qué sinsentido habitaba el mundo de aquella minúscula sala de teatro? ¿Qué sinsentido habitaba aquel infinito pasillo de butacas?
El telón se abrió y él seguía luchando por llegar a su butaca, la iluminación hizo un extraño y él cerró los ojos. La respiración sincopada y las tripas bien puestas, lo llevaron al indeterminado lugar que ocupaba su butaca y que ocuparía él. Y entre bambalinas o entre los cientos de respiraciones carentes de oxígeno, que existían antes y que luego pensaban, se encendió un enorme foco que iluminó el rostro del actor que sobresalía en escena. Este, tomando una inmensa bocanada de pringue, empezó.

PD: «Al nacer, lloramos porque entramos en este basto manicomio.»

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