Capítulo Final: Humor oscuro casi negro

La mayoría de activos del personal de la policía estaba salvaguardando y vigilando las dependencias en las que se desarrollaban las fiestas del pueblo. Johnny y Orlando, con una mueca digna de aquel que ha chupado un limón, enfrentaron a seis cejijuntos armarios que decían ser hombres para salvar a una princesa asiática y su hermano. Sólo seis. Eran pocos, según le dictaba a Jonnhy su experiencia. Le parecieron miles a Orlando, al que le temblaban hasta las lentillas.

-¿Qué coño os creéis que hacéis?-inquirió uno de los enemigos, con voz grave y autoritaria. Orlando creyó de forma absurda que debía tomar la palabra.

-Venimos a por Lily.-aseguró entre lágrimas que le anegaban los ojos.-Dádnosla y nadie saldrá herido.-esto lo había escuchado en las películas.

Hasta Jonnhy empezó a reirse con ese comentario. No digamos ya los policías, que aún pensaban que aquello era una mala broma de algún subnormal del pueblo. Durante ese momento, dejaron desguarecidas sus armas y el mango de la guadaña voló hasta la sien del que había hablado y lo noqueó de un golpe. Dos desenfundaron y un tercero intentó ir a buscar ayuda.

-¡NO!-voceó Jonnhy, con la guadaña en posición amenazante.-Ni se te ocurra, soplapollas.

-Comepingas.-corrigió Orlando.

-Eso.-mientras se agachaba lentamente, colocó el filo afilado de la guadaña en la garganta del poli inconsciente.-Y ahora vais a hacer lo que él os diga, y nos vais a dejar ir. Con tranquilidad. No queremos que la fiesta acabe un funeral, ¿verdad?

Orlando seguía en shock, y recordó que tenía un arma con el que amenazar. Llevado por lo que acababa de suceder, se envalentonó y apuntó con su cañón hacia el frente. Algo le llevó a apretar el gatillo. Quizás la curiosidad sobre qué podía suceder, si era real la posibilidad de matar a alguien, de herirlo con un solo gesto. El proyectil impactó sobre el pecho de uno de los policías, derribándolo en el acto.

Jonnhy lo miró con gesto de contrariedad. “Sea pues”, oyó Orlando que susurraba antes de pasar a la acción. Sin dejar que el primer policía disparara una segunda bala desviada en dirección a su compañero sudamericano, el grandullón de la guadaña le había descargado su rabia con el puño derecho en su mentón. Uno menos. Al mismo tiempo, barría el aire con su herramienta y la colocaba, amenazante, en la garganta del poli más cercano, colocándolo delante suya a modo de escudo humano.

Orlando había visto como le disparaban dos pistolas diferentes, pero ninguna bala pasaba cerca. Luego se habían centrado en Jonnhy y ahora los dos enemigos que quedaban en pie apuntaban hacia el ‘amable’ campesino, temblando de puro miedo. “Tendré que colaborar, pensó Orlando” y volvió a disparar, esta vez con media sonrisa en los labios. Acertó en el muslo de uno de ellos, y el otro le disparó en el hombro como respuesta.

Cayó hacia atrás, impulsado por el dolor. Se golpeó la cabeza con el suelo y sintió otro bocado metálico en el costado. Quiso darse la vuelta, pero su pierna izquierda fue la diana de otra bala. Todo se nublaba y parecía alejarse de allí. Le costaba respirar y sentía el bombear de su corazón justo en la sien. Era lo único que escuchaba, aquel rítmico latido, señal de que aún no era el momento de rendirse. Trató de incorporarse sobre su pierna sana, la hoja de la guadaña había acabado con toda resistencia mientras tanto. Sólo un madero permanecía intacto, oculto tras una columna y sin cesar de disparar.

Jonnhy se agachó a su lado sin apenas una mancha de sangre. “Se la acabarán pronto las balas, al hijo de puta”, aseguró. Orlando pensó que había sido divertido, pero no querría repetirlo. Sangraba por tres orificios diferentes y sólo quería echarse a dormir. “Lily”, le susurró a su compañero. Desde el fondo de la sala, un chasquido metálico alertó a Jonnhy, que cubrió a su presa con un salto, dejando caer el mango de la guadaña sobre el pecho del pálido policía. Algo crujió, y aquel hombre ya no pudo incorporarse.

-Vamos a por tu china.-creyó que decía aquel enviado de la muerte, con su arma característica. Orlando recordó haber asentido como respuesta antes de desmayarse.

Se despertó en la cama de un hospital, vigilado por dos policías y un médico canoso. Cuando le recordaron lo que había hecho y el tiempo que iba a pasar a la sombra, Orlando pidió un abogado, lo que pareció enfurecer a todos los allí presentes. Aquel señor trajeado le explicó que, como mínimo, estaría 15 años en la cárcel. No le parecieron tantos, eso se pasaba enseguida.

Pudo ver a su compañero de aventuras al día siguiente.

-Fíjate, el ‘comepichas’ se va a poner bien.-fue su saludo.

-Es comepingas.-respondió Orlando, nervioso. Estaba frente a una máquina de matar que, sin saber por qué, consideraba su amigo.-¿Viste a Lily?

Jonnhy trató de incorporarse en su cama. El mastodonte había resultado herido, aunque no tenía ni idea de cómo había pasado. Un enorme vendaje le cubría la cabeza y eran cuatro los policías que lo vigilaban a él.

-Llegué hasta los calabozos, sí.Pero allí no había chinas.-concluyó con una triste sonrisa.-Ya la habían soltado.

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