Apología de lo mínimo.

Un mundo plano. Cuatro elefantes que giran y el caparazón de todos.

La calle, el sol o las nubes o la lluvia o el viento o esos días que nadie quiere, porque nunca se sabe qué ocurre. Las hojas del suelo, las de los árboles, las hojas amarillas, las rojas, las marrones y hasta las verdes. También esas hojas que no existen. La acera, las murallas, la policía, los pasos de cebra (no son lo mismo que los de peatones). El metro. Las paredes. Las escaleras.

Mi jefe, tu jefe, nuestro jefe. El jefe, los jefes. ¡Calla! ¡Cállate! ¡Cayáte! (en Argentina). El silencio y los silencios. Los silencios compartidos.

En casa. Callado, sin nadie.

Los fines de semana. Luces, luces. Luces, luces. Rojas, verdes (fuera mal pensados). Azules, violetas. Ruidos, ruidos, ruidos. Ruido, ¿qué me has dicho? Ruido, ¿qué has pensado? Ruido, muere solo. Ruido, incomprendido. Ruido. ¿Hola? Sí. ¿No me oyes verdad? Me encantaría tomar una cerveza. Son cinco euros. Hablamos del ruido. Hablamos, hablamos. ¿Para qué escuchar? Te susurro al oído. Nos aburrimos. Hola ruido.

En casa. Juntos. Tus ojos. Tu cuello. Tus pechos. Tu ombligo. Tus piernas. Abiertas. Tus piernas abiertas. Tus piernas cerradas. Mi espalda. Ruido, ruido, ruido. Llaman a la pared. Es el vecino. Ruido, ruido. Suspiras. Llaman a la puerta. Es el vecino…

Me llamas. Respondo.

Mi casa. Juntos. Tus ojos. Tu cuello. Tus pechos. Tu ombligo. Tus piernas. Abiertas. Tus piernas abiertas. Tus piernas cerradas. Mi espalda. Ruido, ruido, ruido. Llaman a la pared. Es el vecino. Ruido, ruido. Suspiras. Llaman a la puerta. Es el vecino…

Me llamas. Respondo. Abres tus piernas de nuevo. Me aburro. Quiero otras piernas.

En casa. Callado, sin nadie.

Aburrimiento, hastío. Un libro, para eso están. No para aburrirse, claro. Para encarcelar el silencio, para matarlo o al menos limitarlo. Las hojas, no las verdes, no las rojas ni las amarillas ni las rojas ni las marrones ni las que no existen. Tampoco esas que nunca existieron (las divinas, si se me permite la observación). No. Las hojas blancas, pero no las completamente blancas, es decir, el silencio (“Lo que mata no es la memoria, sino el silencio”). No. Las hojas blancas, pero esas hojas blancas que se dejan tocar. Esas blancas que han aprendido que la violencia también puede ser espiritual y que por ello no se debe dejar a una persona que depende de ello sin ideas. Las hojas blancas de un libro. El reflejo de uno mismo…

El parque. Un anciano, un llanto. El lago, mi espejo. El tobogán es rojo (así como debe de ser la infancia). Las palomas son grises, aunque aquella es blanca. El pico delicadamente anaranjado y sus ojos prácticamente inexistentes. Pero son negros y eso les da notoriedad. Son profundamente negros, son pozos, son la noche, son tan inmensos… La paloma de un aleteo, se oye un redoble y se marcha volando. La paloma vuela. Logra posarse junto a todas las palomas del mundo allá arriba, en la lejanía del torreón de la iglesia. No son todas las palomas del mundo; son todas las que yo veo. Son todas las palomas del mundo y están juntas.

La soledad del banco del parque se huele. Al igual que la soledad doméstica.

Las soledades son nuestras, las soledades son inhumanamente humanas. Cuando estoy solo quiero que abras tus piernas. Pero tú ya cierras tus piernas en torno a otro. La soledad es humanamente inhumana, y eso hace que todo parezca inmenso.

Un mundo plano. Cuatro elefantes que giran y el caparazón, que no es de nadie.

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