En tu torrente sanguíneo

Soy un simple glóbulo rojo. Podríais pensar que mi vida es aburrida, insulsa o incluso que no es vida. Para muchos soy una célula más, un mero transportador de oxígeno, una minúscula partícula del sistema sanguíneo. Sin embargo no pensáis que estoy dentro de vosotros, siempre, incluso cuando no pensáis en mí, y con lo cual he vivido todo lo que habéis vivido.

Estoy en tus mejillas cuando la ves y te sonrojas porque has tropezado, o cuando le dices lo guapa que está y la vergüenza se apodera de ti. Estoy en tus labios cuando la besas, o quizás estoy en los labios de ella y siento como tus dientes se clavan dulcemente, siento el calor que está en vuestros labios en ese momento. Luego paso a la punta de tus dedos cuando la acaricias, cuando bajas por su cuello y caes por su espalda, siento como su vello se eriza cuando rozas el lóbulo de su oreja, y siento toda su pasión cuando os fundís en un abrazo como si fuerais figuras de plomo que se han derretido el uno junto al otro.

También estoy en tu puño apretado cuando la ira secuestra tu razón, cuando no tienes más respuesta que un muy razonado puñetazo, cuando tu único argumento es la vena que se hincha en tu cuello y amenaza con explotar y llevarse a los que te han humillado por delante, como una kamikaze. Luego asciendo hasta tus ojos, están fijos en ellos, en la chica que te robaba el duermevela y en el que te ha quitado al desvelo más dulce que jamás habías tenido. Por último me deslizo hasta tu lengua, atascada, espasmódica, sin más vocabulario que aquellas palabras que estaban prohibidas a los 10 años.

Y  llega el sosiego. Vuelve la rutina, la paz y la normalidad. Y me sitúo en tus párpados que se cierran lentamente mientras el sol lame tu frente, tumbado en el sofá, sin ninguna preocupación, con un libro sobre tu pecho. Notas su peso y eso te reconforta, recuerdas lo último que has leído y, lentamente, comienzas a soñar.

Y de repente, sin esperármelo vuelto a tus labios, a la punta de tus dedos, a tu espalda arañada por otras manos. Vuelve la tormenta, la pasión, el amor, los sonrojos. Las pequeñas riñas y los desayunos compartidos. Y aparecen otro par de puntos de calor, los veo con tus ojos, unos ojos llenos de ternura y orgullo, son tus hijos. Tus hijos y sus glóbulos rojos, glóbulos rojos jóvenes con muchas experiencias por vivir como yo he vivido contigo. El primer golpe, el primer llanto, incluso los primeros glóbulos que se van de su cuerpo a través de su rodilla arañada por el suelo.

Y alcanzas la última calma. Recorro todo tu cuerpo, como cuando recorres con la mirada tu casa cuando te vas a mudar. Bajo hasta la planta de tus pies, endurecida por el paso de los años y por todos los pasos que has tenido que dar. Asciendo por tus piernas, ya fatigadas, castigadas, casi sin fuerzas, ya no son aquellas que te permitían correr tras tus amigos. Llego a tu abdomen, dónde tantas veces ella apoyó su cabeza mientras tu acariciabas su pelo casi metódicamente y de una forma automática. Y luego paseo por tus brazos, los que sostuvieron a tus hijos, y al final de ellos encuentro tus manos. Con ellas has trabajado, con ellas has recorrido el contorno de sus labios en la oscuridad y con ellas has ayudado a tus hijos a cruzar la calle.

Sigo subiendo, no quiero dejarme ningún rincón de mi casa por guardar en mi memoria. Paso por esa boca con la que has besado, reído, gritado e incluso enseñado. Paso por tu nariz, y recuerdo ese olor a la comida de tu abuela, el de un libro nuevo, el de aquella lluvia que te acompañó aquella noche mientras dormías, y el olor de su perfume. Y finalmente llego a tu ojos, han visto cosas tan maravillosa como el atardecer en el mirador de San Nicolás o el cabo de Finisterre, y ahora lo que veo es la fachada de mi casa, es la misma que siempre, con la misma fuerza pero desgastada por los años, tu pelo es de un blanco níveo y al rededor de tus ojos se han dibujado alguno surcos de experiencia.

Y de pronto empieza a hacer frío, así que voy hacia el corazón; el punto más caliente de mi hogar, el motor, el que ha latido deprisa cuando corrías detrás de ese tren o cuando ella estaba en la sala de parto, pero la temperatura sigue descendiendo y me impide recordar con claridad.

Finalmente todo se queda en silencio. Y no siento nada. Aún muchos pensaréis que nunca he sido capaz de sentir, al fin y al cabo soy un simple glóbulo rojo.

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